NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




lunes, diciembre 12, 2011

DOCTOR GALARZA, de Eduardo Galeano

Hace muchos años, yo era un pibe, trabajé en un banco como cadete.
Me mandaban a las sucursales más lejanas.
Una vez llegué a Cerro Chato, que como su nombre lo indica, no tiene ningún cerro, ni alto ni bajo, ni chato.
Allí, la principal referencia era la casa del Doctor Galarza.
Todo quedaba a dos cuadras, a la vuelta, hacia la derecha o hacia la izquierda de la casa del Doctor Galarza.
Y pregunté si Galarza era abogado o médico.
Ninguna de las dos cosas, me dijeron los lugareños.
El viejo Galarza, el padre de este tipo, quería tener un hijo con diploma. Cuando el niño nació y su padre vio que no era digno de confianza, le puso de nombre Doctor.
Doctor de nombre y Galarza de apellido...

OKUPANDO A GÓNGORA, de Arturo Pérez Reverte - 28.11.11

Varias veces les he hablado en esta página del barrio de las letras de Madrid, donde hace tres siglos se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como españoles de fina casta que eran, con sus fobias, envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto de nieve.
También comenté en alguna ocasión que si un barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas, monumentos y autobuses con turistas.
Pero donde está es en Madrid, a ver si me entienden.
Capital de España, o de lo que sea este puticlub de carretera.
Así que pueden imaginar la diferencia...
Una de esas diferencias ocurrió hace unos días.
Y lo más simpático no es la anécdota, sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático.
Un grupo de okupas se había instalado, mediante el procedimiento tradicional de patada a la puerta y de aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la calle.
La casa - ya hemos precisado que hablamos de Madrid - estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de escombros. Así que los okupas se instalaron tan ricamente con su parafernalia habitual, también llamada ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da saber con certeza absoluta que en España, líder mundial en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te metes por el morro en una casa ajena, es seguro que entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea compañero de carrera o colega de universidad del abogado de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte años. O más.
El caso es que esos inquilinos por la kara estaban instalados en la antaño gongorina y ahora ruinosa morada, gozando de pleno derecho las innumerables facilidades que la Justicia española en general y el Ayuntamiento de Madrid en particular prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares.
Pero siempre hay un pelo en la sopa.
En ésas, algún propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un poco seguro que fascista, racista, machista, violento, homófobo y misógino -etiquetas que en España suelen atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los calzones y ofrezca el ojete sin rechistar - debió decidir que aquella situación la solucionaba él a título personal, por el artículo catorce. Así que cuatro individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los okupas en brazos y los sacaron a la calle.
Acto reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso me apresuro a calificar - conste en acta para que no haya dudas sobre mi punto de vista ético - de terrorismo urbano.
Incluso de genocidio perroflauta.
De mi opinión debieron ser también los desalojados; pues en seguida pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco se congregaron tres docenas de presuntos representantes del 15 - M exigiendo reparación aún más indignados si cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y consagrado por el uso hispano que, entre patada a la puerta de un okupa y patada a la puerta de un propietario, el segundo es quien actúa al margen de la ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto. Por favor. A estas alturas...
Por cierto: escalofriante testimonio sobre la demencial pesadilla sufrida por los desalojados - algunos periodistas parecían compartir su asombro y justa indignación - fue el de una joven que afirmó, aún nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que había hecho el propietario de la casa era una infamia social de las que no tenían nombre, ni apellidos.
Tras cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el trauma.
Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso Fofó - que también tiene calles en España, y posiblemente en mayor número y con la placa más grande -, la policía abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros energúmenos a quienes debe proteger.
Que para eso cobra, la muy perra.

sábado, diciembre 03, 2011

VIEJO, de Las Pastillas del Abuelo

Quien diga que soy ateo, que no creo en lo perfecto
que yo siempre en todo veo algún mínimo defecto.
Está muy equivocado porque yo no creo en dios
pero soy el portavoz de un ser humano criado
en la calle, en la pobreza, tiempos de corazón sano,
poca comida en la mesa, otra cabeza y los abuelos de Lugano.

En su escala de valores el pone siempre primero,
sobre todo, la importancia de un corazón entero.
Bien parado o en la lona, hay que ser buena persona,
dice aquel que a mi me guía, noche a noche y día a día,
noche a noche y día a día.

Quien diga que soy ateo esta muy equivocado,
como ya les he contado hay alguien en quien yo creo.
Suerte de mitología humana se hace presente ante a mi,
y en eso, así como así, embellece mis mañanas.
Gracias al que nació en un conventillo, al que creció en un potrero
y si creen que exagero, conózcanlo, pero antes sáquense el sombrero..!

En su escala de valores él pone siempre primero,
sobre todo, la importancia de un corazón entero.
Bien parado o en la lona hay que ser buena persona,
dice aquel que a mi me guía, noche a noche y día a día.
A él la vida le dio todo, y él le devolvió el doble,
de movida ofrece el codo y un corazón puro y noble,
Lo juro por mi pellejo: para mí, Dios es mi viejo.
Para mí, Dios es MI VIEJO..!

viernes, noviembre 18, 2011

LA MALDICIÓN DE MALINCHE, de Gabino Palomares

Del mar los vieron llegar, mis hermanos emplumados,
eran los hombres barbados de la profecía esperada.
Se oyó la voz del monarca de que el Dios había llegado
y les abrimos la puerta por temor a lo ignorado.

Iban montados en bestias, como demonios del mal
iban con fuego en las manos y cubiertos de metal.
Sólo el valor de unos cuántos les opuso resistencia
y al mirar correr la sangre se llenaron de vergüenza.

Porque los dioses ni comen, ni gozan con lo robado
y cuando nos dimos cuenta ya todo estaba acabado.
En ese error entregamos la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos trescientos años esclavos.

Se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero
nuestra fe, nuestra cultura nuestro pan, nuestro dinero.
Y les seguimos cambiando oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza por sus espejos con brillo.

Hoy en pleno siglo XX, nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa, y los llamamos amigos.
Pero si llega cansado un indio de andar la sierra,
lo humillamos, y lo vemos como extraño por su tierra.

Tú, hipócrita que te muestras humilde ante el extranjero,
pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo.

¡Oh, Maldición de Malinche! ¡Enfermedad del presente!
¿Cuándo dejarás mi tierra? ¿Cuándo harás libre a mi gente?

lunes, noviembre 07, 2011

POEMA 53, del Libro “La Ciudad”, de Gonzalo Millán

El río invierte el curso de su corriente.
El agua de las cascadas sube.
La gente empieza a caminar retrocediendo.
Los caballos caminan hacia atrás.
Los militares deshacen lo desfilado.
Las balas salen de las carnes.
Las balas entran en los cañones.
Los oficiales enfundan sus pistolas.
La corriente se devuelve por los cables.
La corriente penetra por los enchufes.
Los torturados dejan de agitarse.
Los torturados cierran sus bocas.
Los campos de concentración se vacían.
Aparecen los desaparecidos.
Los muertos salen de sus tumbas.
Los aviones vuelan hacia atrás.
Los “rockets” suben hacia los aviones.
Allende dispara.
Las llamas se apagan.
Se saca el casco.
La Moneda se reconstituye íntegra.
Su cráneo se recompone.
Sale a un balcón.
Allende retrocede hasta Tomás Moro.
Los detenidos salen de espalda de los estadios.
11 de Septiembre.
Regresan aviones con refugiados.
Chile es un país democrático.
Argentina es un país democrático.
Las fuerzas armadas respetan la constitución.
Uruguay es un país democrático.
Los militares vuelven a sus cuarteles.
Renace Neruda.
Vuelve en una ambulancia a Isla Negra.
Le duele la próstata. Escribe.
Víctor Jara toca la guitarra. Canta.
Los discursos entran en las bocas.
El tirano abraza a Prat.
Desaparece. Prat revive.
Los cesantes son recontratados.
Los obreros desfilan cantando.
Venceremos!

martes, noviembre 01, 2011

MADRES, BURKAS Y MARUJAS, de Arturo Pérez Reverte - 31.10.11

En 1991, mientras esperaba en Dahrán la ofensiva norteamericana para liberar Kuwait, presencié un suceso curioso.
Frente al mercado Al Shula había un vehículo militar con una soldado norteamericana al volante.
En Arabia Saudí está prohibido que las mujeres conduzcan automóviles; así que una pareja de mutawas -especie de policía religiosa local- se detuvo a increpar a la conductora. Incluso uno de ellos le golpeó con una vara el brazo que, con la manga de camuflaje remangada, apoyaba en la ventanilla. Tras lo cual, la conductora -una sargento de marines de aspecto nórdico- bajó con mucha calma del coche y le rompió dos costillas al de la vara. Ésa fue la causa de que durante el resto de la guerra, a fin de evitar esa clase de incidentes, la Mutawa fuese retirada de las calles de Dahrán.
Pensé en eso el otro día, al enterarme de un nuevo asunto de chica con problemas por negarse a ir a clase sin el pañuelo islámico llamado hiyab.
Y recuerdo la irritación inicial, instintiva, que sentí hacia ella.
Mi íntimo malhumor cuando me cruzo en la calle con una mujer cubierta con velo, o cuando oigo a una joven musulmana afirmar que se cubre la cabeza en ejercicio de su libertad personal.
Cómo no se dan cuenta, me digo..!!
Cómo no les escuece igual que ácido en la cara la sumisión, tan simbólica como real, a que se someten.
Recuerdo, por ejemplo, que hace cuarenta años mi madre aún necesitaba la firma de su marido para sacar dinero del banco. Y me llevan los diablos. Tanto camino, me digo. Tanta lucha y esfuerzo de las mujeres para conseguir dignidad, y ahora una niñata y cuatro fátimas de baratillo -como las llamaría el capitán Haddock- pretenden hacernos volver atrás, imponiendo de nuevo, en la Europa del siglo XXI, la sumisión irracional al hombre y a las reglas hechas por el hombre. Reclamando tolerancia o respeto para esa infamia.
Pero no es tan simple, concluyo cuando me sereno.
Incluso aunque digan actuar con libertad, esas mujeres siguen siendo víctimas de un mundo cuyas reglas fueron impuestas por los hombres para garantizarse el control de su virginidad, su fertilidad y su fidelidad.
Después de escucharnos decir lo libres de conducta que pueden y deben ser, esa muchacha o la señora del velo van a casa y se cruzan en la escalera con el imán de su mezquita, que vive en el quinto piso, o con el chivato hipócrita que a veces incluso luce una pasa en la frente -ese moratón de pegar cabezazos en el suelo al rezar, para que todos sepan lo buen musulmán que es uno-, que vive en el segundo. Y con ellos, y con el padre, el marido o el abuelo que están en casa, esas mujeres tienen que convivir cada día, y casarse, y criar familia, y ser respetadas por una comunidad donde la religión suele estar por encima de las leyes civiles, o las inspira.
Una sociedad endogámica, especializada en marcar y marginar -cuando no encarcelar o ejecutar- a quienes discrepan o se rebelan; y cuyos más radicales clérigos, esos imanes fanáticos que recomiendan a sus fieles machacar a las mujeres para que no se desmanden, son tolerados y hasta amparados, de manera suicida, por una sociedad occidental demagoga, estúpida, desorientada, con el pretexto de unos derechos y libertades que ellos mismos niegan a sus feligreses.
Todo eso, en vez de ponerlos en la frontera en el acto, si son extranjeros, o meterlos en la cárcel, si son de aquí, cada vez que humillan o amenazan a la mujer en una prédica.
Una sociedad, la nuestra, incapaz de plantearse el verdadero nudo del problema: si una niña que durante catorce años fue a un colegio normal, entre chicos y chicas, resuelve de pronto ponerse un pañuelo en la cabeza, es que algo con ella estuvo mal hecho. Que alguna cosa no funciona en el método; falto de una firmeza, una claridad de ideas y una persuasión que no tenemos.
En todo caso, si a menudo es la mujer la que elige ser hembra sumisa en vez de sargento de marines, y con su pasividad o complicidad educa a los hijos en esclavitudes idénticas a las que ella sufrió, tampoco es justo que el Islam se lleve todas las bofetadas.
En materia de esclavitudes, sumisión y transmisión de costumbres a hijas y nietas, igual de infame es el espectáculo de esas españolísimas marujas presuntamente modernas, libres y respetables, que babean en programas de televisión aplaudiendo y diciendo te queremos y envidiamos, guapa, bonita, a fulanas que encarnan lo que, en el fondo y a menudo en la forma, a ellas les habría gustado ser, y desean para sus propias hijas: analfabetas sin otra aspiración en la vida que convertirse en putizorra de plató televisivo.
Y esos aplausos y admiración -hasta autógrafos les piden, las tontas de la pepitilla- me parecen tan indignos y envilecedores para las mujeres, tan turbios y reaccionarios, como un burka que las cubra de la cabeza a los pies.

domingo, octubre 30, 2011

ROMANCE DEL PRISIONERO, Anónimo

Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan y están los campos en flor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor.
Sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero; ¡déle Dios mal galardón!