NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




domingo, octubre 30, 2011

ROMANCE DEL PRISIONERO, Anónimo

Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan y están los campos en flor,
cuando canta la calandria y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados van a servir al amor.
Sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero; ¡déle Dios mal galardón!

EL PUEBLO VICTORIOSO, de Pablo Neruda

Está mi corazón en esta lucha.
Mi pueblo vencerá.
Todos los pueblos vencerán, uno a uno.
Estos dolores se exprimirán como pañuelos hasta estrujar tantas lágrimas vertidas en socavones del desierto, en tumbas, en escalones del martirio humano.
Pero está cerca el tiempo victorioso.
Que sirva el odio para que no tiemblen las manos del castigo, que la hora llegue a su horario en el instante puro, y el pueblo llene las calles vacías con sus frescas y firmes dimensiones.
Aquí está mi ternura para entonces.
La conocéis.
No tengo otra bandera..!

martes, octubre 11, 2011

UN MUCHACHO CON UN LIBRO, de Arturo Pérez Reverte - 3.10.11

Estoy sentado donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición humana con singular sabiduría y precisión.
Estoy allí, como digo, observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con los paseantes.
Y observo, una vez más, que la peña resulta agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables, que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se hagan fotos sonriendo felices, por la cara.
En una mesa cercana hay un muchacho que lee un libro.
Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa.
Me pregunto qué lee el muchacho. Por qué mundos andará, merced al libro que tiene en las manos.
Con la curiosidad natural entre hermanos de la costa, hago esfuerzos por ver la tapa del volumen, arriesgando descoyuntarme las cervicales. Por el grosor y formato, parece una novela. No consigo ver el título ni la portada. Lo que está claro es que al joven le interesa mucho lo que lee, pues pasa las páginas con la decisión del lector seguro de sí; y cuando levanta la vista sostiene el volumen con ese tacto familiar, confianzudo, de quien siente con un libro en las manos el mismo consuelo, o confianza, que un pistolero al sopesar un revólver con seis balas en el tambor.
Mucho se equivocan, pienso una vez más, quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de papel de las necesidades humanas.
Porque un libro no sirve sólo para leer.
Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras, para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el ejemplar leído a personas a las que quieres. Para ver amarillear sus páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando eras distinto a quien ahora eres. Para decorar -no hay cuadro ni objeto comparable en belleza- una habitación o una casa. Para amueblar una vida.
El muchacho ha cerrado el libro y me parece advertir, aunque no distingo título ni autor, una ilustración en la tapa que parece un velero antiguo.
Quizá se trate de una novela sobre el mar, concluyo.
Tal vez en este momento el muchacho no está aquí sino empeñado a cañonazos, corriendo un temporal con sólo la gavia rizada del trinquete, apretando los dientes mientras empuña el arpón. Quizá en este momento navegue hacia islas a las que nunca llegan órdenes de captura, busque a los náufragos del Raquel, recorra entre astillazos la cubierta de la Surprise, o ice la bandera del corsario alemán Emdem para el último combate en las islas Cocos. Quizá -o sin duda- ese joven lector ha descubierto ya que para adueñarse cómodamente de ésos y otros mundos, para llenar la existencia propia de experiencias ajenas y vivir mil vidas que de otro modo serían imposibles, basta con abrir las tapas de un libro.
Al fin, el muchacho cierra su volumen, lo guarda en la mochila y se marcha.
Lo sigo con la vista, deseándole silenciosamente suerte en zafarranchos, temporales y arribadas.
Que tengas buen viento y buena caza, chaval. Le deseo.
Que la vida te depare valor en combates y abordajes, dignidad en las derrotas, serenidad en los naufragios, amigos leales y hermosas mujeres a bordo o esperándote en los puertos.
Y mientras se aleja me parece verlo caminar balanceándose ligeramente, tranquilo, alerta, afirmando los pies con seguridad a cada paso.
Como si en ese momento cruzara su particular línea de sombra pisando la cubierta inestable de un barco, y en el libro que lleva en la mochila hubiese aprendido cómo hacerlo.

viernes, septiembre 02, 2011

LA PALLIRI, de Manuel J. Castilla

Qué trabajo más simple que tiene la palliri..!
Sentada sobre el cáliz de su propia pollera
elige con los ojos unos trozos de roca,
que despedaza a golpes de martillo en la tierra.
Un silencio nocturno le trepa por las trenzas,
y oscurece la arcilla de sus manos morenas.

Qué inútil que sería decir que en sus miradas
hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;
que pudo ser pastora de las nubes,
y se quedó en minera,
que pudo hilar sus sueños por las cumbres
viendo bailar la rueca.

La palliri no canta,
ni tampoco hila sueños.
La mirada en la tierra,
y en la cabeza el cielo,
de mañana y de tarde
busca sólo el silencio,
y cuando está a su lado
lo quiebra contra el suelo.

Y no sabe que a ratos, entre sus brazos recios,
se duerme el martillo como un niño de hierro.

*Palliri: mujer que selecciona los minerales.

LA POMEÑA, de Manuel J. Castilla y Gustavo Cuchi Leguizamón

Eulogia Tapia en La Poma
al aire da su ternura,
si pasa sobre la arena
y va pisando la luna.

El trigo que va cortando
madura por su cintura,
mirando flores de alfalfa
sus ojos negros se azulan.

El sauce de tu casa
te está llorando,
porque te roban, Eulogia,
carnavaleando.

La cara se le enharina,
la sombra se le enarena,
cantando y desencantando
se le entreveran las penas.

Viene en un caballo blanco,
la caja en sus manos tiembla,
y cuando se hunde en la noche
es una dalia morena.

martes, agosto 30, 2011

PENUMBRAS, de Sandro y Anderle

La noche se perdió en tu pelo,
la luna se aferró a tu piel,
y el mar se sintió celoso,
y quiso en tus ojos, estar él también...

Tu boca, sensual, peligrosa,
tus manos la dulzura son.
Tu aliento, fatal fuego lento
que quema mis ansias y mi corazón.

Ternura que sin prisa apuras,
caricias que brinda el amor.
Caprichos muy despacio dichos
entre la penumbra de un suave interior.

Te quiero, y ya nada me importa.
la vida lo ha dictado así.
Si quieres, yo te doy el mundo,
pero no me pidas que no te ame así.

IMAGINE, de John Lennon

Imagine there's no heaven,
it's easy if you try
No hell below us,
above us only sky
Imagine all the people living for today

Imagine there's no countries,
It isn't hard to do.
Nothing to kill or die for,
and no religion too
Imagine all the people living life in peace

You may say I'm a dreamer,
but I'm not the only one,
I hope some day you'll join us
And the world will be as one

Imagine no possessions,
I wonder if you can.
No need for greed or hunger
a brotherhood of man
Imagine all the people sharing all the world

You may say,,I'm a dreamer
but I' m not the only one,
I hope some day you'll join us,
and the world will live as one.