NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




martes, agosto 02, 2011

MÚSICOS EN LA SOPA, de Arturo Pérez Reverte - 1.8.2011

Me gustan los músicos callejeros, dentro de lo razonable.
No pocos recuerdos de ciudades y personas están unidos a la melodía que sonaba en un momento determinado en algún lugar de mi memoria.
Algunos de tales momentos son muy hermosos, como el de una noche en la que paseaba por detrás del Panteón, en Roma; y allí mismo, en las sombras, sentada en el peto de piedra de uno de los fosos con restos arqueológicos, encontré a una joven que ejecutaba con violonchelo una música bellísima y triste.
Otros recuerdos de esa clase son más vulgares o folklóricos, y hay de todo: simpáticos fulanos, improvisadores oportunistas, caraduras sin la menor idea de música, orgullosos mariachis, virtuosos melancólicos a los que nunca te resistes a dejar algo en el platillo, y gente así.
Tampoco faltan pelmazos que dan la barrila justo cuando menos apetece.
Nunca olvidaré a un grupo de jazz formado por ex bolcheviques o gente de por allí cerca, que por cierto tocaban bastante bien, pero a los que maldije durante toda una mañana, pues lo hacían bajo la ventana de un hotel donde yo intentaba conciliar el sueño tras una noche agitada.
Y en el apartado caraduras, de los que mi registro de músicos callejeros tampoco anda mal nutrido, el premio Reverte Malegra Verte se lo lleva un fulano que estando yo sentado entre algunos turistas en una terraza de la calle Larios de Málaga se arrimó con una guitarra.
El pavo era de aspecto agitanado, muy flaco y chupadillo, con tatuajes; llevaba un peine en un bolsillo de atrás de los vaqueros y a la guitarra le faltaban dos cuerdas.
Llegó, tomó postura, pegó cuatro sartenazos a la guitarra, dijo lolailo, ele y arsa, pasó la mano, se pasó el peine y se fue, tan campante, con lo que los guiris acojonados, y yo a punto de estamparle un beso en los morros -no lo hice porque me habría interpretado mal-, le dimos. El hijoputa.
Los músicos que entran en los restaurantes me gustan menos.
Por lo general estás pensando en tus cosas mientras masticas, o lees un libro entre plato y plato, o hablas de trabajo o de asuntos personales con otra persona; y no siempre agrada que alguien, por muy buen músico que sea, venga a tocarte la guitarra junto a la oreja, o a cantar Cuando salí de Cuba a grito pelado.
Mi viejo amigo Montaigne, al que sigo acudiendo -con los años, cada vez más- en busca de consuelo analgésico, me recuerda a menudo que el griego Alcibíades, hombre entendido en preparar banquetes, excluía siempre de éstos a los músicos «para que no turbaran la dulzura de la conversación», y que, por ese mismo motivo, Platón calificaba de «costumbre propia de plebeyos -gentuza, diríamos ahora- llamar a instrumentistas y a cantantes a los festines, a falta de buenos discursos y agradables conversaciones».
Pensé en todo eso hace unos días, mientras despachaba una paella con atún y una botella de Barbadillo en un restaurante de la costa mediterránea.
Había en la mesa contigua una pareja con aspecto de tener problemas: conversaban en voz baja, la mujer parecía irritada, al borde de las lágrimas, y él se inclinaba, insistente, apretándole una mano que de vez en cuando ella apartaba con disgusto.
Y en ésas entran por la puerta dos fulanos con sombreros de paja guajira, uno con una guitarra y otro con unas maracas, y se ponen a cantarles, exactamente al lado, Guantanamera.
Yo soy un hombre sincero, dicen los tíos. Clang, clang, clang. De donde crece la palma. Lamentando no tener una cámara oculta que grabe aquello, observo discreto a la pareja.
El hombre intenta seguir la conversación, pero es evidente que poco a poco pierde el hilo, y acaba recostándose en el respaldo de la silla.
Primero hace como que no oye a los músicos; al fin se vuelve y dirige al de las maracas una mirada que lo dejaría en el sitio, sin confesión, si las miradas mataran.
Entonces el de las maracas sonríe, sociable, encantado de que le presten atención, mientras el de la guitarra se acerca un poco más a la mujer, que mira al novio, marido o lo que sea como si él tuviera la culpa hasta de la música, y le asesta, a quince centímetros de la trompa de Eustaquio, unos acordes virtuosos mientras asegura, con voz melosa y acento ultramarino, que antes de morirse quiere echar sus versos del alma.
Y bueno. Qué quieren que les diga.
Admito que es necesario ganarse la vida -más con la que está cayendo y la que va a caer-, y asumo que en los próximos años tendremos músicos hasta en la sopa.
Eso, claro, los afortunados que puedan ir a un restaurante a pagarse una sopa.
Aún así, comprendan mi reticencia.
No siempre está uno de humor para que le canten Guantanamera.
No cenas todas las noches con Cary Grant, o con Marlene Dietrich.

martes, julio 12, 2011

SOBRE NIÑOS, VIDA Y AJEDREZ, de Arturo Pérez Reverte - 11.7.11

Hace poco pasé unos días como espectador de infantería en el legendario Magistral de León, un apasionante torneo de ajedrez que lleva veinticuatro años enrocado en la tierra natal de mi viejo amigo el capitán Alatriste. Esta vez el duelo era de campanillas: el campeón del mundo, Vishy Anand, contra uno de mis jugadores favoritos: el letón nacionalizado español Alexei Shirov, que ha estado dos veces a punto de alzarse con el título mundial. Y disfruté mucho, como digo. Una cena con Shirov me dejó en la cabeza, aparte de mucha simpatía por ese oso grandote y rubio de mirada tierna, algunas ideas útiles para cosas que ando escribiendo estos días. Pero lo que tal vez me interesó más fue el torneo de jóvenes talentos, donde una veintena de niños de entre doce y dieciséis años -el más torpe, capaz de darme mate en diez jugadas, sin despeinarse- compitieron entre sí con objeto de jugar la última partida, los finalistas, en la misma mesa y con las mismas piezas que utilizaban Anand y Shirov.
Lo de los críos y el ajedrez es, por cierto, una asignatura pendiente en España. Demasiado pendiente, creo. Un deporte que también es cultura; un juego antiguo como ése, fascinante, fácil de comprender ya por un niño de cuatro años, sólo es obligatorio en cincuenta colegios españoles y figura como actividad extraescolar en menos de un millar. Culpables de esto son los propios ajedrecistas, a menudo enfrascados en sus propias partidas e incapaces de organizarse para reclamar mayor presencia del tablero en los lugares adecuados; pero también son responsables los padres que, por indiferencia o ignorancia, privan a sus hijos del aprendizaje básico, al menos en su fase elemental, de una disciplina que consideran menos útil que el fútbol o las manualidades artísticas. Y sin embargo, pocos juegos son tan atractivos para un niño como ese lidiar precoz dotado de reglas de cortesía y comportamiento; ese juego divertido, agresivo y elegante al mismo tiempo, que enseña a pensar con razón y lógica a cualquiera que lo practique.
En lo que se refiere a nuestra clase política, imaginen. Su sensibilidad para este asunto equivale a la de un trozo de carne de cerdo poco hecha. El ministerio de Educación y los responsables del deporte español consideran el ajedrez -cuando se les obliga a pensar en él y no tienen más remedio- como la más fea del baile: algo desconocido e incómodo, difícil de encajar en planes educativos diseñados por psicopedagogilipollas seguros de que la igualdad y la excelencia se logran mejor si los niños juegan con muñecas y las niñas al fútbol que si se enfrentan, miden y conocen, al otro y a ellos mismos, sobre un tablero de ajedrez. Un ejemplo: aunque hace ya seis años el Senado aprobó por insólita unanimidad -tendrían prisa por irse de puente o cobrar dietas- instar al Gobierno a que facilitase la introducción del ajedrez en los colegios españoles, tanto el central como los autonómicos de entonces y de ahora se pasaron, y siguen haciéndolo, tan provechosa recomendación por el forro de sus respectivas legislaturas.
En fin. Qué quieren que les diga. Quienes de ustedes me leen desde La tabla de Flandes conocen la importancia que el ajedrez tiene en varias de mis novelas, como en mi concepción del mundo y de las cosas. Soy un mal jugador; pero crecí entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos están unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqué a ese juego desde muy niño, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en él claves útiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Después, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde eché a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos símbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encajé de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del peón aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condición humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las uñas la vida me despobló el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas útiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa.

viernes, julio 08, 2011

LOS HIJOS SE VAN, de Autor anónimo o desconocido por mí...

Hay que aceptarlos con esa condición, hay que criarlos con esa idea, hay que asumir esa realidad.
No es que se van... es que la vida se los lleva.
Ya no eres su centro.
Ya no eres propietario, eres consejero.
No diriges, aceptas. No mandas, acompañas. No proyectas, respetas.
Ya necesitan otro amor, otro nido y otras perspectivas.
Ya les crecieron alas y quieren volar.
Ya les crecieron las raíces y maduraron por dentro.
Ya les pasaron las borrascas de la adolescencia y tomaron el timón.
Ya miraron de frente la vida y sintieron el llamado, para vivirla por su cuenta.
Ya saben que son capaces de las mayores aventuras, y de la más completa realización.
Ya buscarán un amor que los respete, que quiera compartir sin temores ni angustias las altas y las bajas en el camino que les endulce el recorrido, y los ayude en el fin que quieren conseguir.
Y si esa primera experiencia fue equivocada, tendrán la sabiduría y las fuerzas para soltarlas, y así, otro amor les llegará para compartir sus vidas en armonía.
Ya no les caben las raíces en tu maceta, ni les basta tu abono para nutrirse, ni tu agua para saciarse, ni tu protección para vivir. Quieren crecer en otra dimensión, desarrollar su personalidad, enfrentarse al viento de la vida, al sombro del amor y al rendimiento de sus facultades.
Tienen un camino y quieren explorarlo.
Lo importante es que sepan desandarlo: tienen alas y quieren abrirlas. Lo importante también es el corazón sensible, la libertad asumida y la pasión a flor de piel.
Que la rienda sea con responsabilidad, y la formación, llena de luz.
Tú quedas adentro. En el cimiento de su edificio, en la raíz de su árbol, en la corteza de su estructura, en lo profundo de su corazón.
Tú quedas atrás.
En la estela luminosa que deja el barco al partir.
En el beso que les mandas.
En el pañuelo que los despide.
En la oración que los sigue.
¡ En la lágrima que los acompaña !
Tú quedas siempre en su interior, aunque cambies de lugar.

martes, julio 05, 2011

NOCHE DE TANGO EN "LA IDEAL", de Arturo Pérez Reverte - 4.7.11

Confitería La Ideal, calle Suipacha, Buenos Aires.
Anoche estuve calzándome una botella de Luigi Bosca en el Torcuato Tasso, un elegante lugar que no conocía, en la calle Defensa, escuchando a la gente joven del grupo Violent Tango, y hoy retorno -cuatro años no es nada- a mis clásicos entrañables: este viejo local en el corazón de la ciudad, con su magnífica y centenaria decoración, en cuya planta baja puedes pagar 160 pesos por una copa de vino infame y un espectáculo tanguero, tan depresivo y cutre que el Príncipe Gitano cantando In the ghetto en La Trompeta a finales de los 70 parecía, a su lado, Frank Sinatra en las Vegas.
El caso es que aguanto un rato razonable en la planta baja de La Ideal gracias a que una de las tanguistas faldicortas, que es china o se operó hace poco, le pone arte al frote porteño con su pareja; pero cuando el cantante, cabeza afeitada y traje de chaqueta gris perla, se hace el simpático micrófono en mano con la docena de clientes que ocupamos las mesas en torno a la pista de baile -«¿Cuántos norteamericanos tenemos aquí? ¿Y cuántos brasileiros?»-, pongo pies en polvorosa antes de que me incluya en los pormenores, o la china me saque a bailar Garufa.
Decido refugiarme en el primer piso, donde las cosas son diferentes.
Allí funciona una escuela de tango, y los sábados el viejo salón se cuaja de noctámbulos que bailan tango y milonga de toda la vida.
A la señora de la puerta no la impresiona que yo sea un súbdito de la madre patria rajándose del cantante calvo, y me saca otros 16 mangos por subir. A cambio, elijo mesa con buena vista y observo a la peña mientras disfruto cual roedor en incunable.
Fiel a mi memoria, como la última vez, una variopinta nómina de aficionados cumple el ritual tanguero: se mueven al compás de la música, observan a los bailarines, se invitan unos a otros con la familiaridad, formal y al mismo tiempo natural, de quienes se saben viejos miembros de una grata cofradía. A los compases de Danzarín o de La última grela, las parejas salen a la pista, los hombres se paran ante las mesas y aguardan inmóviles mientras ellas se ponen en pie, pasan una mano por los hombros del varón y extienden la derecha sobre la mano izquierda de éste; y tras unos instantes de inmovilidad para que la música circule por sus venas e imprima el ritmo adecuado, los dos se alejan lentos, majestuosos, enlazados entre las otras parejas que danzan.
Me gusta imaginarles historias.
Clasificarlos por su aspecto y maneras: el maduro elegante, el joven aprendiz, la joven que nunca niega un baile, el matrimonio que acude cada fin de semana.
Algunos vienen vestidos expresamente para el tango, faldas cortas ellas y medias oscuras caladas, como la madura de buen tipo que aún tiene rastros de una cercana belleza, que baila muy junta, apasionada, con el hombre todavía joven y pintón.
O el abuelete de piel amarillenta que acude trajeado y de corbata con una señora flaca que parece la suya, o tal vez no, y se mueve muy bacán, con artrítico donaire, dando un paso atrevido pierna por alto de vez en cuando, y del que piensas: le queda un tango y seguramente lo está bailando ahora.
O la señora embarazada de muchos meses, con cara de llamarse Margot o Malena.
O la abuela pellejuda y amojamada, con un vestido corto hasta la indecencia: una especie de gran pañuelo de seda bajo el que asoman dos canillas flacas y largas, y que por alguna extraña razón me recuerda a mi tía Pura que saliera de la tumba para marcarse un tango vestida sólo con el liviano sudario.
Todos bailan de maravilla, y envidio el arte. Si yo hubiera tangueado así alguna vez, concluyo, me habría comido a las minas de dos en dos.
Y al que esta noche más envidio es al gordo: ciento veinte kilos en canal, menos de treinta años, camisa y pantalón negros que perfilan unas formas paquidérmicas.
Parece salido del tango El gordo triste, de Ferrer y Piazzolla, aunque de triste no tenga nada: su sonrisa es tranquila, dulcísima, y baila con una señora que por la apariencia debe de ser su madre; pero luego va sacando una por una a todas las mujeres del recinto.
Ninguna se niega, pues resulta asombroso ver cómo baila.
Con qué sobria elegancia mueve los pies calzados para la coyuntura con zapatos de dos colores mientras se marca un tango tras otro, sereno, canchero, seguro de sí.
Hasta guapo, parece.
Y observándolo pienso que seguramente fue objeto de rechifla en el colegio, y que algunas chicas lo mirarán por la calle con burla o indiferencia. Ignorantes, todas, de que con música de tango este joven gordo y desgarbado se transforma en el bailarín más elegante de la noche porteña; y que cada sábado, en el salón de arriba de la Confitería Ideal, consigue sin esfuerzo aparente lo que yo no lograría en mi vida: abrazar a cualquier mujer, hermosa o no, y que todas las guapas goteen agua de limón, clup, clup, clup, locas por bailar con él.

martes, junio 21, 2011

PRÓLOGO del libro PERONISMO, de José Pablo Feinmann

PRÓLOGO


Esto es un ensayo.
Es un libro sobre el peronismo. No es la desgrabación de un curso. Ni estará escrito como si el autor le hablara al lector y hasta dialogara con él.
Esa experiencia ya fue ensayada con el proyecto anterior encarado desde este diario, los días domingo, cuando la gente quiere “cosas livianas” para leer después del asado, o al borde de la piscina (pileta) o antes o después de jugarse un partido de fútbol o uno de tenis o jugar al truco o a la escoba de quince o a cualquier otra cosa.
Esto es un libro con pretensiones desmedidas: historiar e interpretar al peronismo.
No podemos seguir sin hacerlo.
El peronismo sigue y hay que seguirlo de cerca. O retroceder y tomarle distancia. Tratarlo con frialdad. Como a un objeto de estudio, arisco y feroz. Lleno de sonido y de furia.
Diferente, esquivo, no único, pero sin duda específico.
Priva en él más la diferencia que el paralelismo con otros partidos de otros países.
No es el varguismo. Todavía no es el PRI.
No es –aunque tanto se empeñan en que lo sea– el fascismo.
Ni menos aún esa pestilencia alemana que entre alientos nietzscheanos, invocaciones a la “bestia rubia” y a las “aves de rapiña”, a la pureza de la raza, a la biología de los héroes, o a la respuesta creativa del Dasein comunitario a la técnica como caída (en Heidegger) se llamó nacionalsocialismo.
Hay grandeza y profundas miserias en el peronismo.
Hay demasiados muertos.
Hay un plus de historicidad. Hay una historia desbocada.
Hay líderes (sobre todo uno), hay mártires (sobre todo una), hay obsecuentes, alcahuetes, hay resistentes sindicales, escritores combativos, está Walsh, Ortega Peña, está Marechal, están Urondo y Gelman, están asesinos como Osinde y Brito Lima, fierreros sin retorno como el Pepe Firmenich, doble agente, traidor, jefe lejano del riesgo, del lugar de la batalla, jefe que manda a los suyos a la muerte y él se queda afuera entre uniformes patéticos y rangos militares copiados de los milicos del genocidio con los que por fin se identificó, hay pibes llenos de ideales, hay más de cien desaparecidos en el Nacional de Buenos Aires, está Haroldo Conti, muerto, Héctor Germán Oesterheld, muerto, Roberto Carri, muerto, y hasta Aramburu, muerto, está la opacidad de una historia de opacidades, de odios, venganzas, horrores, está la OAS, Henry Kissinger, el comisario Villar, formado en la Escuela de las Américas, cana puesto y avalado por Perón, el gran indescifrable, el Padre Eterno, el ajedrecista genial, el que volvería en el avión negro y volvió viejo y volvió malo, y le dio manija a López Rega, de cuya paranoia asesina no podía decirse inocente, porque nadie desconoce lo que tiene tan cerca, y si a eso que tan cerca tiene le da espacio y le deja las armas, y encima se muere y sabe que se muere y lo deja fuerte, consolidado, porque de cabo lo ascendió, en acto macabro y doloroso, a comisario general de la policía, y si a la mediocre y manipulable y matarife del cabarute la deja de vice, sabiendo, como sabía, que ella no era ella, que Daniel, el Brujo umbandista, la dominaba, le susurraba los discursos porque era él el que los había escrito, porque era él el que habría de ponerle las listas, el que habría de decirle hay que matar a éste, Chabela, y a éste y a todos los infiltrados marxistas de la juventud y a los combatientes de la guerrilla, hay que dar palo porque el quebracho es duro, y si esto, al Viejo general, le deteriora el prestigio, le erosiona el recuerdo, la memoria de los mejores años, de los años felices, del 53% por ciento del Producto Bruto Interno para los pobres, de las nacionalizaciones, del artículo 40, del Pulqui, del Estado generoso, del Bienestar estatal, del keynesianismo desbordante, de los sindicatos, de los abogados de los sindicatos, del Estatuto del Peón, de las vacaciones pagas, de la entrega de Evita hasta el aliento postrero, mala suerte, general, usted se lo buscó, vino y no tenía salud para venir, al ajedrez se juega de afuera, en política al menos, el Mago para ser Mago de la Historia, para ser Mito y Esperanza tiene que estar lejos, manejar los hilos desde la distancia, desde arriba, manejar las contradicciones sin ser una de ellas, pero si el Mito regresa el Mito se historiza, ya no maneja las contradicciones, él, ahora, es una más y tiene que tomar partido, y la historia se lo come, mito que regresa pierde porque ya no puede ser mito, el avión negro regresó y llegó entre el estruendo de las balas y los gritos de los muertos y los torturados y aterrizó en Morón, lejos del pueblo, en medio de los asesinos, de los franceses de la OAS, de Osinde, de Favio: el que nada vio, el que nada supo aunque estaba arriba, bien arriba en ese palco colmado de hienas y de buitres y vampiros, de los pretorianos que afilaban sus cuchillos para una de las noches más negras de la Argentina, que si no fue la más negra se debió a la que vino después, a la de los militares de la Seguridad Nacional, que encontraron el terreno fértil, las víctimas fáciles, los perejiles abandonados y sofocados por el miedo, y se dieron todos los gustos, pusieron a los Martínez de Hoz, a los Walter Klein, a los Juan Alemann, a los que exigieron a fondo la limpieza para aplicar el plan que tenían, el de las privatizaciones, el del Imperio, el de la Escuela de Chicago, el de Milton Friedman y el del ingeniero Alsogaray y ni por asomo el de Keynes, y el país fue una timba y se llenó de argentinos del deme dos, y la ESMA fue un infierno que nadie, ni en su peor pesadilla, pudo prever, y ahí torturaron, empalaron, violaron mujeres, torturaron niños frente a sus padres, quemaron vivos a pobres pibes que sólo habían alfabetizado en una villa miseria o que en un pizarrón indefenso enseñaron el vocabulario a niños ignorantes que siguieron así, ignorantes, porque sus púberes maestros se fueron de la noche a la mañana, se fueron para no volver jamás, y esos vuelos y esos sacerdotes que bendecían a los asesinos, y les decían hijo mío cumples con la Patria, Dios te absolverá porque tu tarea es purificadora, el Evangelio está contigo porque está con quienes hacen justicia aunque, a veces, la justicia, que es ciega, se parezca al horror porque tiene que ser impiadosa para el triunfo del bien, para el triunfo del Señor que te mira, te juzga y te perdona por medio de mi palabra, que es la Suya, sigue con esta tarea porque es la de la Patria y la del Dios cristiano, y la mayoría de los que morían eran peronistas jóvenes, inocentes todos, porque cualquiera que muera así, como un perro, es inocente, porque nadie, hombre o mujer, miliciano o perejil de superficie o sacerdote del Tercer Mundo o sindicalista o simple vecino del barrio al que se lo chuparon porque estaba en una libreta de direcciones o porque sí nomás y para meter miedo, merece morir de ese modo, como un perro, y ni siquiera un perro lo merece.
¡Qué centuriones tan despiadados se escondían en los pliegues de la Patria!
Quién lo hubiera dicho. Aquí, en la Atenas del Plata, encontrarlo a Trujillo multiplicado hasta el espanto.
¿Dónde quedó la Patria de los cincuenta?
La que conquistó el corazón amargo de Discépolo. La que le dio alegría. La que le hizo olvidar la tristeza y los barrios pobres de los tangos y elegir los umbrales, porque en ellos estaban los novios, el portland porque por ahí caminaban felices los postergados de siempre, la abundancia, la comida y el chamamé de la buena digestión, la patria de los cincuenta quedó lejos, el peronismo se alejó del peronismo, y lo mató a Troxler a quien ni los centuriones de los basurales de José León Suárez supieron hacerlo, y lo mató a Atilio López con más de ochenta balazos, y a Silvio Frondizi y al Padre Mujica y a Rodolfo Ortega Peña, en una noche cruel, en una emboscada sórdida, tan sórdida e inesperada que Rodolfo, al caer moribundo, alcanzó a decirle a su compañera la frase del asombro, de la incredulidad, del final:
“¿Qué pasa, flaca?”
Eso, qué pasa..?
Qué pasó..?
Qué pasará..?
Porque esta historia sigue.
Y contarla es aceptar el desafío de lo cósmico. Lo inabarcable. Lo infinitamente contradictorio. Una totalidad que no deja de destotalizarse y retotalizarse.
De ganar un sentido y perderlo y engendrar –de pronto, entre alucinaciones– diez, quince, treinta sentidos.
No digo que el peronismo sea incomprensible. Sólo digo que comprenderlo “en totalidad” es una tarea gigantesca, desaforada.
Hacia ella vamos..!

EL OJO MÁGICO, de Horacio Verbitzky

Mi madre murió esta semana mientras dormía, a los 93 años, después de una vida tan larga como plena. Pocos días antes de perder la lucidez dijo que había sido muy afortunada. También repitió varias veces que le faltaban cosas por aprender. Esa fue siempre su actitud vital.
Al morir mi padre temimos que no resistiera la soledad. Pero pasaron 27 años, en los que además de continuar el soliloquio con el amado ausente se permitió algunas satisfacciones postergadas.
Fue una de las primeras ingenieras recibidas en la Argentina, lo cual no era poco para una familia con un padre maestro y una madre portera de conventillo. Calculaba la resistencia de los materiales en proyectos de estudios ajenos y siempre penaba con los plazos. Un día esperé que volviera de una entrega y la llevé hasta el combinado para que escuchara una música que le iba a gustar. Pero cuando prendí la radio la música que le había guardado ya no estaba allí. Tampoco pudimos detener el fluir de su vida hacia la muerte.
Recordé aquella ingenuidad infantil esta semana al ver en su casa el mueble de madera en el que se escuchaban discos de pasta de Duke Ellington y los conciertos de Mozart en Radio del Estado (con las deliciosas explicaciones previas sobre Papageno y Papagena y la Reina de la Noche) y las noticias en los idiomas del mundo por las bandas de onda corta. La sintonía se ajustaba según el movimiento de dos hemicírculos de luz verde que llamábamos el ojo mágico. Cuando se los hacía coincidir a los dos lados de una raya roja la audición era perfecta. Pero ahora el ojo mágico estaba apagado, y no volverá a encenderse.
Cuando fui un poco más grande se animó a mandarme hasta el estudio con el rollo de planos para hacer la primera entrega a la mañana, mientras ella seguía con el resto hasta el último minuto disponible y lo llevaba al atardecer. Esto me permitió salir del pueblo de la provincia de Buenos Aires en que vivíamos y explorar el tren, el subte y la asombrosa capital a los seis años, una aventura que cambió mi vida y que aún le agradezco.
Como el cálculo de materiales era tan aburrido como el hormigón armado resultante, se distraía con algunos hobbies manuales. Una noche de la adolescencia llegué a casa de madrugada y la encontré soldador en mano armando una radio a transistores, un aparato que hace medio siglo parecía de magia. Sobre todo cuando soldó el último circuito y de esa chapa con cables y pegotes y aún sin gabinete, surgió la voz de Gardel como buen augurio. Ese armatoste de cuerina con manija para llevarlo de paseo y un lado de tela para cubrir el parlante también está allí, a la espera de que nos animemos a pensar qué haremos con tantos objetos nunca tan inanimados.
Su especialidad culinaria eran las papas fritas quemadas de un lado y crudas del otro. Pero mientras queden testigos perdurará la memoria del arrollado de frutillas que preparaba cuando venía uno de los amigos más apreciados de la casa. Ese hombre con voz de terciopelo tenía manos, pies y cara tan grandes que no me extrañaba que los locutores de la radio lo llamaran El Mundo Rivero. Más curioso era que su mujer, la pelirroja Julieta, le dijera Leonel. Desde que le oí entonar La última curda junto a la chimenea de la casa diseñada y construida por mi madre con un crédito del Banco Hipotecario a cincuenta años, quise ser cantor de tangos. Pero nunca conseguí que mamá tocara las partituras en el tono correspondiente a mi registro de los quince años, de modo que nos divertíamos un rato persiguiendo graves y agudos hasta que cada uno volvía a su realidad.
Ahora es tarde porque sería uno de esos viejos patéticos de Grandes Valores y porque ya no está ella para verme.
Cuando llegó la cibernética se entusiasmó con dejar la regla de cálculo de logaritmos y se anotó en unos cursos de capacitación que ofrecía una firma francesa. Los tres primeros promedios irían luego a París a perfeccionarse y de regreso formarían parte de los planteles de la compañía.
Obtuvo la mejor calificación pero por su edad no la mandaron a Francia: tenía más de cincuenta años.
No se lo habían informado antes del examen. Será por eso que antes de pedir en un restaurante pregunto qué no hay de la lista.
Ella soportó la frustración sin una queja y se tomó desquite al iniciarse la era de las computadoras personales.
Estudió computación y la enseñó, en instituciones públicas y privadas, hasta hace pocos años. De tanto en tanto nos cruzamos con hijos de amigos que fueron sus alumnos y la recuerdan. También les dio clases a algunos gerontes de la familia, treinta años menores que ella, y que el día del entierro recordaban los extraordinarios diálogos extracurriculares de aquellos encuentros.
Cuando anunció que al concluir un año lectivo dejaría el colegio donde daba clases, supusimos que estaría cansada del viaje y de los plantones y nos preguntamos con inquietud qué sería de ella al dejar esa tarea que la apasionaba y la mantenía activa.
Pero nos explicó que estaba disgustada porque habían reducido el espacio físico y el número de computadoras para la misma cantidad de alumnos. También abandonó al médico que le dijo que no podía seguir viviendo sola. Para ésas y otras ocasiones en las que no quería explicar lo que le parecía obvio, decía: “Así no es la cosa”. Pero al empezar las clases del año siguiente ya se había conseguido otro colegio, no tan prestigioso pero mucho menos mezquino, en el que enseñó hasta el filo de sus 90 años. Y defendió su independencia mientras pudo. Cuando una caída le quebró una muñeca aceptó que una mujer la ayudara tres veces por semana. Pero en cuanto le sacaron el yeso decidió que era suficiente con un par de horas semanales.
Hasta pocos días antes del final exigió que la dejáramos por lo menos cuatro horas al día a solas, repartidas en dos turnos. Incluso llegó a pensar que podrían estirarse sus períodos de libertad, a tres horas por la mañana y tres por la tarde, hasta que fue evidente el peligro de que intentara valerse por sí misma. Entonces confesó: “Ya no puedo hacerme más la guapa”.
Siguió tocando en su compacto piano vertical los tangos de la guardia vieja que fueron nuestras canciones de cuna en el Buenos Aires del ’40. Le alegraba cuando Lilia Ferreyra iba a descifrar las partituras de Bach en su piano, que nunca había molido más que tangos. Se le fueron olvidando los títulos pero no la melodía ni dónde poner los dedos en el teclado. Tuvo más suerte con la música que su padre, de quien contaba la reprobación que padecía cada vez que empuñaba el violín. Hasta que no desistía, su perro salchicha aullaba indignado debajo de la cama.
Los amigos que necesitaban algún dato sabían que a cualquier hora que llamaran la encontrarían dispuesta a compartir sus conocimientos sobre las materias más variadas. El año pasado, Liliana Herrero estrenó un tango bellísimo y muy poco conocido de Piana y Manzi, Noches provincianas. Lo tocaba de oído y tenía dudas sobre algunos pasajes, si un final subía o bajaba. Mi madre le escaneó la partitura, del original que atesoraba, con la firma de Sebastián Piana, que también vivió más de 90 años y con quien se veían de tanto en tanto. La cinta grabada en la que Liliana le contaba esa historia al público la hizo sonreír de satisfacción.
Amaba a Adrián Iaies y le encantaba que la lleváramos a escuchar sus presentaciones. Lo saludaba al terminar y después le escribía por e-mail, instrumento que tocaba mejor que él. El 24 de octubre fue su último cumpleaños. Adrián se cansó de llamarla y cada vez le decían que estaba durmiendo. Una de las tres mujeres que se turnaban para cuidarla me contó que decidió no atenderlo. Me imagino que no quiso que él percibiera que su cerebro privilegiado había empezado a fallar, que algunas palabras tardaban en venir, que otras llegaban cambiadas. Adrián la hacía sentir admirada y prefirió que conservara esa imagen.
Las fotos de los últimos meses muestran que pese a ello no perdió la alegría y el goce: sonríe con picardía infantil cuando un médico apuesto busca sus reflejos con el martillito, saborea una copa de vino, lee algo con atención. Resistió al deterioro con una libretita en la que anotaba todo lo que no toleraba olvidar. Mientras velaba su penúltimo sueño leí algunas de esas páginas. Había anotado las instrucciones para encender la computadora. Para identificar el monitor escribió: “El televisor cuadrado”. Ella, que pasó sus últimos años on line. Cuando sus amistades del chat querían conocerla y le preguntaban la edad, no le creían la respuesta; pensaban que era un ardid de coquetería. “Vamos Janita, decí la verdad”, le insistían.
Murió de madrugada en su cama, cuidada por manos amorosas y con la proximidad durante muchas horas por día de sus hijos y de su nieto, a salvo de los entubamientos, canalizaciones y demás iniquidades hospitalarias. Se fue apagando de a poco hasta que su impecable corazón se detuvo. Con esa naturalidad deberíamos morir todos. Así era la muerte antes de que nuestra civilización la ocultara detrás de aparatos, drogas e instituciones. Es duro pero confortante, para el que se va y para los que nos quedamos un tiempo más.
La velamos apenas los íntimos en torno de su lecho de muerte y preferimos un sepelio sólo familiar, sin ninguna ceremonia religiosa porque no somos creyentes. Esto no quiere decir que nos resulte indiferente el afecto y la solidaridad que nos llega de muchos amigos. Por el contrario, nos ayuda a pasar la tristeza ineludible, a sobreponernos al sonido obsesionante de la primera palada de tierra sobre el cajón.
La sepultamos bajo el rayo del sol en una tarde de cuarenta grados en la misma tumba en la que mi padre la esperaba desde 1979. Una de las últimas frases que pronunció con claridad antes de caer en el sueño definitivo fue: “Ya voy”.
En la tradición cultural judía, que no reverencia a los muertos sino a la vida, después de la muerte se sirve una comida con alimentos de forma circular, que simbolizan el recomenzar del ciclo de las generaciones, y se hace un brindis por la vida, que en hebreo se dice le jaim.
Están invitados a acompañarnos, en sus respectivas mesas.
Le jaim por ella y le jaim por los que llegan para tomar el relevo.

EL GORDO TRISTE, de Horacio Ferrer - Música de Astor Piazzola

Por su pinta poeta de gorrión con gomina,
por su voz que es un gato sobre ocultos platillos,
los enigmas del vino le acarician los ojos
y un dolor le perfuma la solapa y los astros.

Grita el águila taura que se posa en sus dedos
convocando a los hijos en la cresta del sueño:
¡a llorar como el viento, con las lágrimas altas!,
¡a cantar como el pueblo, por milonga y por llanto!

Del brazo de un arcángel y un malandra
se van con sus anteojos de dos charcos,
a ver por quién se afligen las glicinas,
Pichuco de los puentes en silencio.

Por gracia de morir todas las noches
jamás le viene justa muerte alguna,
jamás le quedan flojas las estrellas,
Pichuco de la misa en los mercados.

¿De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre
que un fósforo ha visto la tormenta crecida,
que camina derecho por atriles torcidos,
que organiza glorietas para perros sin luna?

No habrá nunca un porteño tan baqueano del alba,
con sus árboles tristes que se caen de parado.
¿Quién repite esta raza, esta raza de uno,
pero, quién la repite con trabajos y todo?

Por una aristocracia arrabalera,
tan sólo ha sido flaco con él mismo.
También el tiempo es gordo, y no parece,
Pichuco de las manos como patios.

Y ahora que las aguas van más calmas
y adentro de su fueye cantan pibes,
recuerde y sueñe y viva, gordo lindo,
amado por nosotros. Por nosotros.