NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




miércoles, abril 06, 2011

JI JI JI, de Carlos Solari (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)

En este film velado en blanca noche,
el hijo tenaz de tu enemigo.
El muy verdugo cena, distinguido,
una noche de cristal que se hace añicos.

No lo soñé, se enderezó y brindó a tu suerte.
No lo soñé, y se ofreció mejor que nunca
¡No mires por favor! y no prendas la luz...
la imagen te desfiguró.

Este film da una imagen exquisita:
esos chicos son como bombas pequeñitas,
el peor camino a la cueva del perico,
para tipos que no duermen por la noche.

No lo soñé, ibas corriendo a la deriva.
No lo soñé, los ojos ciegos bien abiertos.
¡No mires por favor! y no prendas la luz..,
la imagen te desfiguró.

El montaje final es muy curioso,
es en verdad realmente entretenido
Vas en la oscura multitud desprevenido,
tiranizando a quienes te han querido.

No lo soñé, se enderezó y brindó a tu suerte.
No lo soñé, y se ofreció mejor que nunca.
No lo soñé, ibas corriendo a la deriva.
No lo soñé, los ojos ciegos bien abiertos.
¡No mires por favor!, y no prendas la luz..,
la imagen te desfiguró.

viernes, abril 01, 2011

DEL PASADO EFÍMERO, de Antonio Machado

Este hombre del casino provinciano que vio a Carancha recibir un día,
tiene mustia la tez, el pelo cano,
ojos velados por melancolía;
bajo el bigote gris, labios de hastío,
y una triste expresión, que no es tristeza,
sino algo más y menos: el vacío
del mundo en la oquedad de su cabeza.

Aún luce de corinto terciopelo
chaqueta y pantalón abotinado,
y un cordobés color de caramelo,
pulido y torneado.

Tres veces heredó; tres ha perdido
al monte su caudal; dos ha enviudado.
Sólo se anima ante el azar prohibido,
sobre el verde tapete reclinado,
o al evocar la tarde de un torero,
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
la hazaña de un gallardo bandolero,
o la proeza de un matón, sangrienta.

Bosteza de política banales
dicterios al gobierno reaccionario,
y augura que vendrán los liberales,
cual torna la cigüeña al campanario.
Un poco labrador, del cielo aguarda
y al cielo teme; alguna vez suspira,
pensando en su olivar, y al cielo mira
con ojo inquieto, si la lluvia tarda.

Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
prisionero en la Arcadia del presente,
le aburre; sólo el humo del tabaco
simula algunas sombras en su frente.

Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana.
No es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana,
de aquella España que pasó, y no ha sido.
Ésa que hoy tiene la cabeza cana...

jueves, marzo 31, 2011

ECHANDO PAN A LOS PATOS, de Arturo Pérez Reverte - 28.3.11

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto.
A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos.
Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro.
Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela.
Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria.
Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros.
En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias.
Así que, españoles todos, oído al parche.
Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones...
¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?...
¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?...
¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?...
¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?...
¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?...
¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?...
¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?...
¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?...
Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?...
¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?...
¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?...
En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?...
¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada?
Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan.
Tranquilos.
El peligro es mínimo.
Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida.

domingo, marzo 27, 2011

PEQUEÑA, de Homero Expósito

Donde el río se queda y la luna se va, donde nadie ha llegado ni puede llegar,
donde juegan conmigo los versos en flor,
tengo un nido de plumas y un canto de amor.
Tú, que tienes los ojos mojados de luz
y empapadas las manos de tanta inquietud,
con las alas de tu fantasía
me has vuelto a los días de mi juventud...
Pequeña, te digo pequeña
te llamo pequeña con toda mi voz.
Mi sueño que tanto te sueña
te espera, pequeña, con esta canción.
La luna, ¡qué sabe la luna
la dulce fortuna de amar como yo!
Mi sueño que tanto te sueña
te espera, pequeña de mi corazón.
Hace mucho que espero, y hará mucho más,
porque tanto te quiero que habrás de llegar,
no es posible que tenga la luna y la flor
y no tenga conmigo tus besos de amor.
Donde el río se queda y la luna se va
donde nadie ha llegado ni puede llegar
con las alas de tu fantasía
serás la alegría de mi soledad.

AFICHES, de Homero Expósito

Cruel en el cartel, la propaganda manda cruel, en el cartel,
y en el fetiche de un afiche de papel
se vende la ilusión, se rifa el corazón...
Y apareces tú vendiendo el último jirón de juventud,
cargándome otra vez la cruz.
¡Cruel en el cartel, te ríes, corazón!
¡Dan ganas de balearse en un rincón!
Ya da la noche a la cancel su piel de ojera...
Ya moja el aire su pincel, y hace con él la primavera...
¿Pero qué? si están tus cosas, pero tú no estás,
porque eres algo para todos, ya, como un desnudo de vidriera...
¡Luché a tu lado, para ti, por Dios, y te perdí!
Yo te di un hogar...
¡Siempre fui pobre, pero yo te di un hogar!
Se me gastaron las sonrisas de luchar,
luchando para ti, sangrando para ti...
Luego la verdad, que es restregarse con arena el paladar,
y ahogarse sin poder gritar.
Yo te di un hogar... -¡fue culpa del amor!-
¡Dan ganas de balearse en un rincón!

viernes, marzo 25, 2011

LOS DÍAS DE LA MUERTE, de Martín Caparrós

Kirchner muerto es un actor de primer orden en la política argentina.
Aquí, hay muertos que viven más que muchos vivos.
En la Argentina no hay político más poderoso que la muerte –y vuelve y vuelve y no nos suelta. Desde 1983 no hubo movimiento social que funcionara sin el respaldo de sus muertos: el reclamo por las víctimas, el peso de los mártires, es un sustrato ineludible.
El gobierno de los Kirchner lo hizo como pocos: basó su mito y su legitimación en el recuerdo de los muertos a manos de los dictadores asesinos, y pretendió que su obra era la concreción de aquellos ideales –aunque no tuviese, en general, mucho que ver con ellos.
Pero ahora a esos muertos pasados –y un poco incontrolables– viene a agregarse el Gran Muerto presente: él mismo, el jefe que empieza a ser un mito.
Estamos en plena construcción, y los primeros rasgos ya se esbozan. Néstor Kirchner fue “un apasionado de la política”, que “murió en su ley” –como los héroes– porque no quiso dejarla ni siquiera cuando su cuerpo ya no le respondía.
Sería, en ese sentido, un mártir de su propia causa, aún cuando la política que le quitaba la salud consistiera en arreglos con intendentes cuasimafiosos, con empresarios cuasiprebendarios, con viejos matones sindicales devenidos en líderes cuasirrevolucionarios por el imperio del discurso.
El mito en construcción también supone que Kirchner “devolvió a la política su lugar en nuestra sociedad”, y consiguió que los “jóvenes volvieran a la militancia”.
Es cierto que los jóvenes jefes militantes suelen ser altos funcionarios del gobierno, o sus empresas –que lo aprovechan para fletar un avión para ir a ver un partido de fútbol–, pero eso no quita que, en principio, es mejor que haya más jóvenes que se interesen por lo que pasa en el país.
Pero –saludos, señor Gullo– la militancia no es buena o mala en sí: depende de para qué, con qué objetivo se milita.
Lo mismo que le pasa a la política.

Yo creo –seguramente me equivoco– que el mérito principal de la gestión de Kirchner está en haber dejado atrás el neoliberalismo más brutal –hundido tras la crisis de 2001– y empezado a reconstruir el Estado deshecho, para devolverle su lugar de mediador en los conflictos sociales.
Y que sin duda la política ha vuelto, pero la suya nunca fue muy clara: consiste, a menudo, en discursos lanzados contra ”el monopolio”, mientras se autorizan monopolios tan estrepitosos como el de Telefónica, discursos que exaltan la economía nacional, mientras las grandes empresas multinacionales mineras y petroleras se la siguen llevando con pala mecánica, discursos sobre la libertad mediática mientras usan los medios públicos para agredir y calumniar, discursos contra el FMI mientras le pagan miles de millones, discursos que reivindican los derechos humanos de los setentas mientras siguen cayendo pibes a balazos policiales y parapoliciales que quedan impunes.
Más en general: discursos que hablan de la redistribución de la riqueza en un país, casi tan desigual, como lo era hace cinco o seis años, tan injusto como lo era entonces, que edificó un superávit generoso a base de no gastar en remedios para sus hospitales.
Confieso mi perplejidad: a menudo me pregunto para qué les sirve decir cosas tan alejadas de su práctica como inversores privados, como gestores públicos.
Y no termino de entenderlo.
Pero sí creo saber que el Gran Muerto va a ser un refuerzo inestimable –ya empieza a serlo– para ese discurso.
El mito, en estos días, lo quiere equiparar con otros mitos clásicos: Duarte, Perón, Guevara. Figuras que se pueden usar para fines tan variados; es, al fin y al cabo, nuestra especialidad. Los argentinos no somos demasiado buenos produciendo casi nada, salvo dibujos para la camiseta universal.
Hay países mucho más cultos, mucho más decisivos, que no pusieron ni una sola cara en los pechos del mundo.
Y la Argentina, tan poquita y lejana, ha contribuido con Duarte, Guevara, Maradona.
Néstor Kirchner no va a llegar a esas alturas pero será, a partir de ya mismo, un bien utilizado y disputado.
Ya lo hemos visto, estos días en que vivimos en la muerte. Su viuda, con todo derecho, se apoyará en su sombra, surgirán kirchneristas auténticos que dirán que los otros kirchneristas traicionan su memoria, su cara será una bandera, su nombre una consigna o un torneo de fútbol, su historia se irá limpiando de las pequeñas impurezas: nada lava más limpio que la muerte y Néstor Kirchner alcanzará, por fin, la inmaculez que lo eludió en su vida.
Y se volverá un instrumento político central –o quizás no: ésa es su próxima batalla, y de su resultado dependen muchas cosas, formas de nuestras vidas, este país que está volviendo de su muerte.

jueves, marzo 24, 2011

PORQUÉ DETESTO A LA MADRE TERESA DE CALCUTA, de Martín Caparrós

Algo me molestó desde el principio.
Llegué al moritorio de la madre Teresa de Calcuta, en Calcuta, sin mayores prejuicios, dispuesto a ver cómo era eso, pero algo me molestó.
Primero fue, supongo, un cartel que decía “Hoy me voy al cielo” y, al lado, en un pizarrón, las cifras del día: “Pacientes: hombres: 49, mujeres: 41. Ingresados: 4. Muertos: 2″.
En el pizarrón no existía el rubro “Egresos”.
En el moritorio de la madre Teresa, su primer emprendimiento, la base de todo su desarrollo posterior, no hay espacio para curaciones.
La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, consiguió en sus últimos veinticinco años una fama y un apoyo internacional extraordinarios.
Le llovieron medallas, donaciones, premios, subvenciones, todo tipo de dinero para que ayudara a los pobres del mundo.
La señorita Bojaxhiu nunca hizo públicas las cuentas de su orden pero se sabe, porque ella se jactó de eso muchas veces, que fundó, con ese dinero, alrededor de quinientos conventos en cien países.
Pero no fundó una clínica en Calcuta.
Hay un par de ideas fuertes detrás de todo eso. Sobre todo, la idea de que la vida —ellos dirían “esta vida”, como si hubiera muchas— es un camino hacia otra, mejor, más cerca del Señor: si no fuera así, a nadie se le ocurriría dedicarse a que esa gente muriera mejor y, quizás, en cambio, pensarían en mejorar sus vidas.
Y la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo —dijo la madre Teresa—. El mundo gana con su sufrimiento”.
Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Bhopal indio, que “olvidaran y perdonaran” en vez de reclamar indemnizaciones.
Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Baby Doc Duvalier —que le donó bastante plata— y explicar que el tirano “amaba a los pobres y era adorado por ellos”.
Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder estalinista del país más represivo y pobre de Europa.
Pero quizá no fue por eso que salió a defender a Charles Keating.
Keating era un buen amigo de los Reagan —que recibió a la religiosa más de una vez— y uno de los mayores estafadores de la historia financiera norteamericana: el fulano que se robó, por medio de una serie de maniobras bancarias, 252 millones de dólares de pequeños ahorristas.
Keating le había donado a la religiosa 1.250.000 dólares y le solía prestar su avión privado. Cuando lo juzgaron, la religiosa mandó una carta pidiendo la clemencia del tribunal para “un hombre que ha hecho mucho por los pobres”.
Fue enternecedor.
Pero cuando el fiscal le pidió que devolviera la plata que Keating le había dado —robada a los pequeños ahorristas—, la religiosa no se dignó contestar nada.
En el moritorio de Calcuta, la sala de los hombres tiene quince metros de largo por diez de ancho. Las paredes están pintadas de blanco y hay carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la señorita también llamada madre con el papa Wojtyla. “Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy”, dice la leyenda.
En la sala hay dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupan los dos lados largos: sobre cada tarima, quince catres; en el suelo, entre ambas, otros veinte.
Los catres tienen colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; no tienen sábanas.
Sobre cada catre, un cuerpo flaco espera que le llegue la muerte.
El moritorio de la madre Teresa está al lado del templo de Khali y sirve para morirse más tranquilo, dentro de lo que cabe.
La madre Teresa lo fundó en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió el caserón por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a dios un poco de lo que dios le había dado. Desde entonces, los voluntarios recogen en la calle moribundos y los traen a los catres celestes, los limpian y los disponen para una muerte arregladita.
Los de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.
Me dice Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeña en hablarme en mal francés.
Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.
En la sala se oyen lamentos, pero tampoco tantos.
Un chico —quizás sea un chico, quizás tenga 13 ó 35— casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza grita Babu, Babu.
Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le da unos golpecitos en la espalda.
Después le lleva un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta.
El viejo está inmóvil y la cabeza le cuelga por detrás del catre. Richard se la acomoda y el viejo repta con esfuerzo para que le cuelgue otra vez.
Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.
—¿Por qué?
Por dinero...
—¿Los hospitales no son públicos?
En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuimos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla...
Richard me cuenta sobre uno que entró hace un mes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección.
Y está dispuesto a seguir con más casos. Parece que acá no es tan raro que alguien se muera antes de los últimos esfuerzos.
No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.
Hay algo que me suena raro en todo esto.
Richard le acaricia la cabeza al que insiste en colgarla; más allá, Mike le sostiene la mano a uno con un vendaje que le atraviesa el pecho. Los acompañan: no tienen un idioma común así que no pueden hablarse, o quizás no ganarían nada con hablarse.
Richard va a buscar una sábana para tapar al viejo de cabeza colgante. Hace solo 35 grados y el viejo tiene frío.
En Chicago, Richard estudia Medicina, pero ahora dice que no sabe si va a poder volver a soportar aquello. Y dice que tampoco podría soportar esto todo el tiempo, pero que no soportaría ser doctor y no atender a estos tipos. A veces llega un punto en que soportar es muy difícil. Richard es un Clark Kent buenazo con mentón imponente y es muy católico, familia de irlandeses, y dice que dios le va a decir qué hacer.
—O sea que no hay ninguna posibilidad de que lo atienda un médico.
—No.
-¿Y entonces?
—Y entonces se va a morir hoy o mañana.
Richard lo dice como quien dice: llueve. O incluso: quizás llueva.
Debe ser difícil pronunciarlo así.
La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, nunca se privó de dar sus opiniones.
En Irlanda, por ejemplo, en 1995, un referéndum sobre el divorcio encendía pasiones. Irlanda era el último país de Europa sin divorcio, y los márgenes se anunciaban estrechos. Entonces la religiosa —que no tenía nada que ver con Irlanda— participó de la campaña pidiendo el voto en contra. Los divorcistas ganaron con el 50,3 por ciento.
Pocos meses después, su nueva amiga, lady Diana Spencer, se divorció, y una periodista le preguntó qué opinaba. La señorita no tenía problemas: “Está bien que ese matrimonio se haya terminado, porque nadie era realmente feliz”, dijo.
La señorita sabía aprovechar el halo de santidad que la rodeaba: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificado por el halo.
Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Lo dijo muy claro en Estocolmo, 1979, mientras recibía el Premio Nobel de la Paz: “El aborto es la principal amenaza para la paz mundial”.
Y, para no dejar dudas:
La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes”.
En septiembre de 1996, el Congreso norteamericano le dio el título de ciudadana honoraria. Era la quinta persona en la historia que la conseguía.
Dos años antes había organizado, en ese mismo recinto, una “plegaria nacional” ante Clinton, Gore y compañía. Ese día, su discurso fue belicoso:
Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer”, decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados.
En su Calcuta, en la India, en muchos otros países, la superpoblación es causa principal del hambre y la miseria, y sus autoridades toman todo tipo de medidas para limitarla.
Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirles a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto”.
Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella es mucho más eficaz.
Aquella tarde, el cardenal James Hickley, arzobispo de Washington, lo explicó clarito:
“Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos…”.
Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa.
Por eso, entre otras cosas, su proceso de beatificación vaticana fue el más rápido de la historia de una institución que no suele apresurarse —que puede tardar, por ejemplo, cuatro siglos en pedir perdón por apretar a Galileo Galilei o asesinar a Giordano Bruno y tantos otros.
Así que ahora la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu —lo que quede de ella— debe estar en el paraíso de los beatos, un poquito más abajo del paraíso de los santos, con apenas menos felicidad eterna, y menos olor a incienso y mirra, y menos intimidad con su Señor pero bastante, pese a todo.
La señorita fue una militante muy eficaz de una causa muy antigua: la del conservadurismo católico. Y fue, en el mejor de los casos, una versión mediática y actual del viejo modelo de la dama de caridad: aquella que se dedica a moderar los males causados por un orden que nunca cuestiona o que, en realidad, refuerza.
Gracias a esos medios, al aparato de difusión de Roma, la señorita quedó instituida como gran encarnación actual del viejo mito de la bondad absoluta.
Todos —los países, los grupos de amigos, los equipos de voleibol, los grupos de tareas— necesitan tener un Bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía.
Hay Buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex cualquier cosa, un perro, un médico abnegado, un pederasta con buena verba en púlpito: en algo hay que creer.
El Bueno es indispensable, una condición de la existencia.
Y el mundo se las arregla para ir buscando Buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible. Así que, pese a que algunos intentamos contar un poco de su historia, nadie lo escucha: es mejor y más cómodo seguir pensando que la señorita era más buena que Lassie.
La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Teresa de Calcuta, consiguió ser la Buena Universal. Y consiguió, incluso, lo más difícil que puede conseguir una persona, un personaje: entrar en el lenguaje como síntesis o símbolo de algo.
Decimos un Quijote cuando queremos hablar de un héroe destartaladamente franco; decimos un Craso cuando tratamos de definir a alguien riquísimo; decimos —desde hace unos años empezamos a decir— una madre Teresa cuando queremos significar que alguien es realmente bueno.
Y así ha quedado registrada en nuestra cultura la señorita también llamada madre, amiga de tiranos y estafadores, militante de lo más reaccionario, facilitadora de la muerte.