NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




lunes, marzo 14, 2011

EL MOMENTO EN QUE ESTÁS (PRESENTE), de Ricardo Soulé (Vox Dei)

Todo concluye al fin, nada puede escapar todo tiene un final, todo termina.
Tengo que comprender, no es eterna la vida,
el llanto en la risa, allí termina.
Creía que el amor no tenia medida,
o dejas de querer, tal vez otra mujer.

Y olvidé aquello que una vez pensaba
que nunca acabaría, nunca acabaría
pero sin embargo terminó.
Todo me demuestra que al final de cuentas
termino cada día, empiezo cada día
creyendo en mañana fracaso hoy.

No puedo yo entender si es asi la verdad
de qué vale ganar si despues perderé.
Inútil es pelear, no puedo detenerlo,
lo que hoy empecé no sera eterno.

Cuanta verdad hay en vivir solamente el momento
en que estás, si, el presente.
El presente y nada más..!

EL ABUELO, de Alberto Cortez

El abuelo un día, cuando era muy joven
allá en su Galicia,
miró el horizonte y pensó que otra senda
tal vez existía.
Y al viento del norte, que era un viejo amigo,
le habló de su prisa,
le mostró sus manos, que mansas y fuertes,
estaban vacías.
Y el viento le dijo: "Construye tu vida
detrás de los mares, allende Galicia"".

El abuelo un día en un viejo barco
se marchó de España.
El abuelo un día, como tantos otros,
con tanta esperanza.
La imagen querida de su vieja aldea
y de sus montañas,
se llevó grabada muy dentro del alma,
cuando el viejo barco lo alejó de España.

El abuelo un día subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado, abonó la tierra,
y el tiempo corría.
Y luchó sereno por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría cuando vio sus manos,
que un poco más viejas no estaban vacías.

Y el abuelo entonces, cuando yo era niño,
me hablaba de España,
del viento del norte, de la vieja aldea
y de sus montañas.
Le gustaba tanto recordar las cosas
que llevo grabadas muy dentro del alma,
que a veces callado, sin decir palabra,
me hablaba de España.

El abuelo un día, cuando era muy viejo,
allende Galicia,
me tomó la mano, y yo me di cuenta
que ya se moría.
Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas
y con menos prisa,
"prométeme, hijo, que a la vieja aldea
irás algún día,
y al viento del norte dirás que su amigo,
a una nueva tierra le entregó la vida..."

Y el abuelo un día se quedó dormido
sin volver a España.
El abuelo un día, como tantos otros,
con tanta esperanza.
Y al tiempo al abuelo lo vi en las aldeas,
lo vi en las montañas, en cada mañana
y en cada leyenda, por todas las sendas
que anduve de España.

TONADA DEL VIEJO AMOR, de Jaime Dávalos y Eduardo Falú

Y nunca te' i de olvidar,
en la arena me escribías,
el viento lo fue borrando
y estoy más solo mirando el mar.

Que lindo cuando una vez
bajo el sol del mediodía,
se abrió tu boca en un beso
como un damasco lleno de miel.

Herida la de tu boca,
que lastima sin dolor.
No tengo miedo al invierno
con tu recuerdo lleno de sol.

Quisiera volverte a ver
sonreir frente a la espuma,
tu pelo suelto en el viento
como un torrente de trigo y luz.

Yo sé que no vuelve más
el verano en que me amabas,
que es ancho y negro el olvido,
y entra el otoño en el corazón.

EL ECOLOGISTA ECOLOGIZADO, de Arturo Pérez Reverte - 14.3.11

Hace tiempo hablé aquí de mi amigo neoyorkino Daniel Sherr, que aparte ser un magnífico intérprete profesional que habla todas las lenguas de Babel, es judío, alérgico, vegetariano y una de las mejores personas que conozco. Su única pega es ser uno de esos ecologistas pelmazos que, según los días, llegan a romperte los huevos. Por la calle dirige miradas furiosas no ya a los fumadores, sino a quienes sospecha puedan serlo; y cuando viaja mete en la maleta cuanta botella se cruza en su camino, para reciclarlas al regreso, pues no se fía del personal de los hoteles. Carga con bolsas con arroz hervido, como los vietcong, y fruta para consumo propio; y se niega a pasar los plátanos por el control de viajeros en los aeropuertos porque, afirma, los detectores los contaminan con sus rayos radioactivos y malignos. Imagínense el cuadro, e imagínenme caminando lo más lejos posible de él, poniendo cara de que a ese tipo estrafalario al que cachean los guardias, o se llevan aparte para interrogarlo en privado, ni lo conozco ni lo he visto en mi puta vida. Ése es mi amigo Dani, al que quiero muchísimo. Por eso vivo informado de sus peripecias. La última es tan deliciosa que no me resisto a contarla. Más que nada porque, aunque parece delirante, es un augurio siniestro de lo que nos espera en España. De lo que traerá, de forma irremediable, tanta peligrosa combinación de mansedumbre ciudadana y prepotente imbecilidad oficial.
El caso, absolutamente real, es ejemplo de hasta qué punto esos Estados Unidos que para nuestra babeante Europa son referencia ideal de lo socialmente correcto, nos llevarán al absoluto disparate. De hasta dónde puede llegar la descarada injerencia estatal en lo más íntimo de nuestras palabras, nuestras casas y nuestras vidas.
Dani tiene un piso en Nueva York, en un edificio de seis plantas donde viven unos cuarenta inquilinos. Fiel a sus principios ecologistas, llevaba años dando la murga para que la comunidad de vecinos aceptase una auditoría energética, a fin de evitar derroche, contaminación y cosas así. El trámite, le dijeron, pasaba por una visita previa del administrador de la finca. Se presentó éste en casa de Dani, y dijo que lo de la auditoría energética estaba divino de la muerte y era una propuesta interesante a más no poder. Que estaba entusiasmado con la idea hasta el punto de aplaudir, plas, plas, plas. Pero antes había un requisito: comprobar que el apartamento del reclamante se ajustaba a las ordenanzas de Nueva York sobre viviendas libres de toda sospecha. Luego señaló con dedo acusador los libros, periódicos y documentos profesionales que mi amigo tenía en su casa por todas partes. Según la disposición cuarenta y siete barra ochenta, indicó, o una de ésas, los libros apilados en el suelo podían obstaculizar el paso de los bomberos en caso de incendio. Sin contar con el peligro de tener tanto papel -material inflamable- en un edificio de apartamentos. Y mientras Dani, boquiabierto, intentaba deglutir aquello, el otro se asomó a la cocina y dijo literalmente: ajá, qué es lo que veo, tres granos de arroz integral sueltos sobre una mesa. Eso puede atraer cucarachas, e incumple la disposición sanitaria treinta y cuatro barra seis. O algo así. Dani, que viajaba a España dos días más tarde, dijo que sí a todo, acojonado, creyendo que poner tierra de por medio bastaría para que se olvidara el asunto. Pero al regreso encontró una carta preguntándole si había «abordado» lo de subsanar las deficiencias señaladas. Respondió que sí -abordar, pensó con lógica, no significa eliminar ni resolver- y consultó mientras tanto con un abogado la manera de que se olvidaran de él, de la auditoría energética y de la madre que lo parió. Pero el asesor legal dijo que verdes las había segado. Que, según las ordenanzas neoyorkinas, podía ser denunciado por violar los códigos de vivienda, de incendios y de salud.
El consejo era que tragara.
El siguiente paso de Dani, que a esas alturas ya era presa del pánico y renegaba hasta de las energías alternativas, fue tirar cuantos papeles pudo, y esconder otros. Tuvo a una señora de la limpieza tres días en casa, buscando hasta el último grano de arroz escondido. Al cabo, el administrador regresó con sonrisa de zorro entrando en gallinero. Mucho mejor, dijo. Casi al noventa y nueve por ciento. Aunque lo ideal según las ordenanzas municipales, añadió con recochineo, es que no queden a la vista papeles en absoluto. En todo caso, no debe haber ni un solo papel ni libro en el suelo, ni tampoco sobresalir de las mesas ni estantes. Los bomberos, ya sabe. La normativa y todo eso. Haré otra inspección en tres meses; y por supuesto, espero que sea la última. En cuanto a lo de la auditoría energética que usted reclamaba para el edificio, desde luego, no hay ningún problema.
Aquí somos tan ecológicos como el que más. ¿No le parece?
Así que cuando quiera me llama, oiga. Y discutimos el asunto.

jueves, marzo 10, 2011

BORRASCAS PERFECTAS, de Arturo Pérez Reverte - 7.3.11

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor. En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises.
De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió.
Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo.
Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible.

miércoles, marzo 09, 2011

EL VIAJE EN SILENCIO, de Héctor Tellechea

“No seamos sectarios: la infancia puede ser el paraíso perdido, pero también puede ser un infierno de mierda”
                                                                                                                                    Mario Benedetti

¿Cómo era de noche, esa mañana?
El día comenzaba temprano.
El viaje te enviaba a la calle aún a oscuras, con las luces de la vereda prendidas, asomando entre las ramas sin hojas de los árboles, que se tocaban por encima de nuestras miradas formando un enrejado natural, proyectado sobre las veredas rotas por las raíces.
Nos sacudía el despertador sin angustiarnos.
Éramos chicos, y había cambiado la rutina de nuestra vida de pibes de barrio.
El día nos prometía nuevos encuentros, nuevas vivencias, nuevos desafíos, y a los trece años, nuestros viejos ya nos habían dado responsabilidades propias.
Nos habían modelado en esa mezcla de obligaciones, cariño compañero, rigor y perdón.
Así era entonces, y casi siempre era mejor que lo recibido por ellos en sus infancias.
Su impulso no era medroso, y su confianza era medida.
Entonces uno creía que todos vivíamos igual, que nuestras vidas de familia eran parecidas.
Luego, muy luego, fuimos viendo que cada casa era un mundo distinto, y que nadie lleva su intimidad a la calle.
Nos vestíamos rapidito y cruzábamos el patio hacia la cocina donde estaba el desayuno para calentar; mientras tanto, revisábamos que estuvieran todas las carpetas y libros para el día en la mesa del comedorcito diario.
La misma mesa donde a la noche habíamos completado los trabajos junto a mi madre, que zurcía medias o tejía para todos, mientras la radio nos conectaba con el resto.
El patio, el jardín y la puerta de hierro nos separaban visualmente de la calle.
Entonces, bajo la galería, yo esperaba los ruidos de los pasos que anunciaban la llegada del Flaco.
Ya estaba en camino cuando él golpeaba la chapa de color verde imperceptible, por la mañana - noche.
Tomábamos rumbo a Congreso, la avenida del barrio empedrado, y doblábamos en dirección a Cabildo, la grande, ancha, comercial: la del transporte.
Pasábamos por el claro donde faltaba un árbol frente a la casa de Enrique, el tucumano, el que había sacado Perón del ingenio esclavizante.
Mientras miraba el piso para no tropezar ni meterme en un charco, escucho que Salva me dice:

-Flaco, murió mi viejo. . . . .

Silencio, sacudón, incomprensión, duda, pregunta. . . .

¿Cuándo? ¿Dónde vivía?

-Ni sé bien. Hace mucho que no lo veía. Ni me acuerdo… Me llevaron al entierro…

¿Cómo era tu viejo?

¡Qué se yo! Casi no lo conocí, yo era chico.

¡Claro! Ahora éramos más grandes. . . .

Y nos apretó fuerte la noticia – confesión - angustia, refugio compartido por lo procurado.

Pero a mi me costó salir de la comparación con la presencia fuerte de mi viejo, para entrar en su realidad.
Travesía silenciosa. De un silencio expresivo…
Allí estaba el colectivo: subimos.
Sin embargo ese instante nos fundió, diría, para siempre.
Me mató su aparente fortaleza. Me enseñó la magnitud de los verdaderos problemas. Esos que algún día me invadirían de esa o tantas otras maneras.
Hoy, sostenidos con una mano del trampolín de la vida, con la red algo agujereada, nos trasladamos con la tecnología por el río del afecto, de la admiración que siempre le tuve y que se acrecienta con el paso de los años.

Como dice Borges mucho mejor que yo:

¡¡¡ FELIZ AÑO!!!!

No encontrarás en mí las soluciones para todos tus problemas.
No podré más que acompañarte en tus búsquedas y errores
y, especialmente, puedo escucharte y comprenderte.

No querré cambiar tus decisiones ni sus consecuencias,
pero estaré allí cada vez que me necesites.

No podré evitar que tropieces
Pero estaré allí para ofrecerte mi mano,
para que te sujetes a ella y vuelvas a levantarte.

Tus alegrías, éxitos y triunfos serán también míos
y por ello los disfrutaré profundamente,
sólo porque te veré feliz.

Tomarás decisiones en la vida
y estaré cerca para estimularte y ayudarte,
solamente si me lo pides.

La vida podrá alejarnos en la distancia
y no esperaré a que vuelvas,
porque estarás siempre a mi alcance.

Acompañaré tu sufrimiento cuando algún dolor te atraviese
y lloraré contigo sin que lo percibas, para atenuarlo
y apoyarte en mi fingida fortaleza.

Yo sé quién eres y qué puedes llegar a ser,
nos unen también nuestras diferencias
porque sabes bien quién soy:
¡nada menos que tu amigo!

Tengo conocidos y ocasionales compañeros,
pero menos amigos de lo que imaginaba,
son éstos los que lo demostraron,
sin necesidad de procurarlo.

Este día, como cualquier otro, uno piensa en sus amigos
y aparecen sin categorías ni diferencias.

La amistad, cosa extraña, es algo sin magnitudes comparables.
¡Sólo es!

Es la que ennoblece nuestra vida
y la nobleza tampoco tiene, patrones de medida.

Así lo expresó genialmente Jorge Luis Borges:

Hice lo que todo amigo: Oré…. y le agradecí a Dios que me haya dado la oportunidad
de tener un amigo como tú.
Era una oración de gratitud: Tú has dado valor a mi vida”.

Lo que sigue me impulsó un recuerdo.

-¿Viste qué fuerza tengo?- dijo papá después de estrellar su puño contra el vidrio de la ventana. Se envolvió la mano con un pañuelo para detener la sangre y agregó:
-Mamá se fue-
Unos días después Mamá volvió, y el que se fué, fue Papá…
Ella me sacó del colegio al que iba y me dejó en un internado de Avellaneda.
Salía los domingos.
A él casi no lo volví a ver.
Cuando tenía trece años me dijeron que se había muerto.
Arrojé un puñado de tierra sobre el ataúd de un extraño.
A ella la dejé ayer, en un geriátrico…

sábado, marzo 05, 2011

BURGUESÍA Y GANGSTERISMO EN EL DEPORTE, de Dante Panzeri - 1974

“El atrofiado hipertrofiado”


Mundialmente, el deporte es una logia secreta. Una secta socialmente contrabandista sin eludir Aduanas. Una secreta logia con apariencia de universalizada apertura a las leyes ordinarias de la sociedad. Un neocuatrerismo ajustado al Derecho. Una chantocracia chantajista.
Tanto hay de cofradía masónica en el actual deporte industrializado y politizado, que sus organizaciones rectoras distribuyen títulos de domésticas distinciones en el estrecho ámbito de sus cerrados cenáculos.
Esa logia llamada El Deporte (que en algunos casos llega a ser auténtico y todavía puro en medio de una generalizada corrupción de su esencia primitiva) no es otra cosa que una suma multitudinaria de organizaciones civiles de lícita apariencia; para ejercer, subrepticiamente, actividades tan ilícitas o tan repulsivas a la igualdad de los derechos humanos, como las que seguidamente se enumeran como las más conocidas, todas, por supuesto, colocadas bajo el estandarte de la recreación, la salud física y la felicidad de los pueblos:

1) La extorsión o el chantaje a los Estados.
2) La burguesía y el privilegio más aberrantes a los comunes clamores de igualdad social de los pueblos (indistintamente en los países capitalistas, como en los comunistas, o los llamados terceristas).
3) El adoctrinamiento de las masas populares en el insólito derecho a lo prohibido, no obstante haberse institucionalizado al deporte como escuela de civismo.
4) El pragmatismo de lo vedado por lo moral, en aras de lo apetecido por lo material.
5) La parasitología humana como carga de la sociedad, sin mediar jamás expresa aprobación de la sociedad para financiar esa imposición de tales castas burguesas que argumentan “obrar socialmente”.
6) La actividad política comparable a las agrupaciones específicas, tanto donde éstas están permitidas, como donde están proscriptas por las leyes.
7) Los más impunes delitos en punto a dolo, defraudación, estafas o drogadicción, con el amparo de la inocencia admitida en quien delinque en cumplimiento de mandatos societarios siempre anónimos, por masificados que son los pronunciamientos de las asambleas, en los cuales se escudan aquellos delitos para impunidad de sus verdaderos autores.
8) La venalidad y la prostitución de los periodistas supuestamente preceptores de la conducta ciudadana, incorporados en crecido número al núcleo accionario de aquella secta parasitaria en todo el mundo.
9) La difusión, primero; el estímulo, luego; y por último, la más abundante información pública respecto de la drogadicción, hoy llevada a extremos de suicidio.
10) El soborno, el cohecho, la incentivación ilícita de las motivaciones competitivas, según lo exigen intereses de asociados paralelos, o de organizaciones gangsteriles copartícipes de los intereses deportivos.

¿Qué es el deporte?

Desde luego, es algo muy transformado respecto de su idea original; de su inicio entre castas económicamente privilegiadas; de su concepción inicial sin multitudes de activos y pasivos intervinientes, ahora consumidores, o consumidos.
En respuesta a aquella pregunta, no hay ningún diccionario ni enciclopedia que aporte una definición encuadrada en la actual función positiva que el deporte puede cumplir en la sociedad, según sus muchas transformaciones sociales, económicas, industriales, morales y éticas.
Por eso me permito establecer, como pauta del sujeto a analizarse en este trabajo, una definición que me es propia y con cuyo basamento ruego al lector ubicarse en la filosofía del ideal, y la crítica de la realidad, que ha de encontrar en las páginas posteriores. Hela aquí:
DEPORTE SEGÚN SIGLO XX: Juego limpio. Cultivo del honor. No importa si por profesionalismo o amateurismo. Pueden ser deportes los dos. Puede no ser deporte ninguna de las dos disciplinas mencionadas, si se apartan del juego limpio y honorable. Específicamente: toda actividad física o atlética de carácter competitivo. O aquello que procura una perfomance con fines recreativos, y/ o espectaculares, que sin atentar contra la salud de sus protagonistas en forma intrínseca de sus fines (boxeo, automovilismo) propenda al mejoramiento físico, moral, intelectual, y aun patrimonial de quienes lo practiquen.
Sin anacronismos, y con generosa aceptación de muchas de sus transformaciones propias de toda masificación, aquello es a mi juicio el acto deportivo encuadrado en la humanidad contemporánea, tanto en lo que respecta a sus derechos, como a sus obligaciones, en situación de convivencia.
Por cierto que los diez puntos que sintetizan aquella ubicación del deporte en una logia parasitaria (de la que implícita y explícitamente quedan excluidas las contadísimas y honrosas excepciones propias de toda generalización) no tienen armonía con la aspiración estética y social de dicha definición respecto de Deporte según siglo XX.
El deporte es, hoy, en el mundo, un gigante atrofiado e hipertrofiado a la vez.
Tan corrupto como el hombre, cosa muy natural tratándose de un quehacer de hombres; mucho más natural cuando su conducción – desde todos los ángulos- pasó a ser casi un monopolio de hombres comunes, frecuentemente mediocres. En contraposición de alguna época en la que esa conducción estuvo a cargo de hombres “incomunes”, acaso de “inadaptados sociales”, si afinamos sin sentido peyorativo el alcance de la expresión. Desde que el deporte quedó totalmente en manos de los “adaptados” (a épocas y distorsiones), su anatomía es la de aquella contradictoria coexistencia de la atrofia y la hipertrofia en un mismo, gigantesco, cuerpo.
ATROFIA: Falta de desarrollo de una parte del cuerpo. Consumisión. Falta de nutrición de un órgano.
ATROFIAR: Padecer atrofia, disminuir su tamaño.
HIPERTROFIA: Aumento anormal del volumen de un órgano.
Veremos ahora, recorriendo hechos comunes, sucesos sobresalientes, citas intrascendentes, publicaciones inadvertidas, constancias muy publicitadas, personajes populares, personalidades casi desconocidas, noticias deportivas y no deportivas, cómo el deporte se constituye en una suerte de logia masónica; en una típica –y casi incomprensible- burguesía igualmente imperante – con omnipotencia de oligarquía intocable- en el mundo llamado capitalista- liberal; y en el opuesto denominado socialista con su fuerte capitalismo clasista, o en el más reciente de los denominados terceristas no alineados.
Entre la extensa nómina de burguesías contra las que la humanidad proletaria lucha desde hace siglos para extirpar los privilegios, las desigualdades ajenas a la inevitable desigualdad mental de los hombres, se ha oído mentar a las burguesías agroganaderas; a las burguesías industriales; a las burguesías feudales; a las burguesías de banqueros; a las burguesías de gangsters; a las burguesías del arte; a las burguesías intelectuales; a las burguesías literarias; a las burguesías de tratantes de blancas; a las burguesías universitarias; a las burguesías del vicio; en tiempos más recientes aquella colección de burguesías se ha ampliado con las más notoriamente reemplazantes de la burguesía política, que son la burguesía militar y la burguesía sindical.
Pero no veo que se advierta la existencia de la burguesía deportiva. Se la conoce. Pero no se le da importancia.
Y tampoco advierto aproximación imaginativa- cuando los inadvertidos advierten su existencia- de lo que esa burguesía deportiva consume del tributo impositivo y voluntario que la sociedad brinda para que esa burguesía se sustente. Y se agigante hasta la hipertrofia, si se trata de su nocivo desarrollo como hecho social.
Sospecho que no transcurrirán muchos años sin que las explosiones masivas de indignación por los privilegios de los menos, produzcan el hasta ahora imposible caso de la rebelión de las masas contra el deporte parasitólogo.
Sin desearlo exactamente, creo que se trataría de un hecho plenamente justificado en el proceso de las rebeliones populares. Comprendo que la predicción es por ahora demasiado antedatada.
Pero en la proclamada era de las “transformaciones y cambios para liberar a los pueblos sojuzgados”, es absolutamente aberrante que el deporte (precisamente con aquella bandera en la mano) se convierta en un primerísimo consumidor de bienes cada vez más escasos del común plato de nuestros consumos. Que desplace, por caso, a la salud y la educación pública.
Cuando ello sea advertido, no solamente se pueden producir agresiones masivas como las registradas en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972(cuando guerrilleros árabes masacraron a los atletas judíos), sino la desaparición por mucho tiempo de consumo de suntuosidad faraónica como han pasado a ser, en perjuicio de los contribuyentes anónimos, los Juegos Olímpicos, los Campeonatos Mundiales, y por el estilo una sucesión de otras semejantes periódicas programaciones, supuestamente “ obligatorias” al “ honor y promoción de los países”, pero en verdad solamente destinadas al lucro sectario de aquella logia de burgueses deportivos que han hecho del deporte un trampolín y una vidriera de otros objetivos de chantócratas (creación lunfarda de Jorge Sábato.)
Aquella, que no pretende ser una predicción, sino una mera ecuación del andar de la vida, ya tuvo algún anticipo en el rechazo que por decisión popular supiera hacer la ciudad norteamericana de Denver (Colorado) de la sede olímpica que habían logrado inconsultamente sus “representantes” en la mesa de la burocracia de la parasitología internacional del deporte. El despertar de los pueblos pocas veces se hace con racionalidad. Pero los abusos con los pueblos dormidos suele culminar en pesadillas. Y esto es válido para el saqueo que el deporte les está haciendo a todos los pueblos del mundo, aun cuando una prensa adocenada y cómplice del engaño, aparentemente logre, momentáneamente, la felicidad de esos pueblos por verse así insultados en su pobreza.

En febrero de 1974, ante un enfrentamiento con España, los futbolistas representativos de Yugoslavia en las eliminatorias para el Campeonato mundial de ese año, recibían la oferta de un premio de 50.000 dinares (3.000 dólares aproximadamente) para cada uno, en caso de obtener el acceso a dicho certamen. La revista yugoslava Nin, comentando el episodio, hablaba de “maquinaciones en el alto nivel del fútbol” y agregaba: “Podrá ser el partido de la década, pero aún cuando fuera el del milenio, preguntamos: ¿qué sociedad puede darse el lujo de estimular cada 60 segundos de un partido con 350 dólares a cada jugador?” (La Nación, 20/1/74.)

El día anterior, Tom Weiskopf, el golfista que mayor cantidad de dinero ganó en el mundo durante 1973 (245.463 dólares) declaraba (La Nación, 19/1/74) que no comprendía cómo un golfista podía ganar 100.000 dólares en dos semanas, y se manifestaba partidario de una distribución más equitativa de los premios, agregando: “Me gusta ganar dinero, pero no tendría inconveniente en que se reduzcan mis beneficios anuales en 50.000 dólares”.


No participo de la ñoñería de regular honorarios profesionales según las exigencias formativas previas del sujeto, como lo sustenta el frecuentemente alegato de que “un jugador de fútbol no debe ganar más que un médico”. Acepto que gane más, si su arte cuenta con mayor demanda que el de curar.
Pero no comparto la universalizada insolencia socioeconómica que hace del recreador de multitudes (sea deportista, artista o cualquier profesión exclusivamente recreativa, no productora de servicios esenciales para la sociedad) el ciudadano económicamente privilegiado dentro de las escalas retributivas de los salarios. Lejos de ser un lastre del capitalismo, esa aberración igualmente imperante en el mundo capitalista como en el comunista, es mucho más que cualquier otra cosa, un caso de inconsciencia social colectiva contra el cual tendrán que alzarse alguna vez los clamores populares o los procesos auténticamente socializantes, dentro de los cuales, hasta ahora, aquella lacra sobrevive, curiosamente, como uno de sus puntos de supuesto apoyo, según es generalizado el uso del deporte como anestésico mental de todos los pueblos que lo pagan sin cuestionar su característica de monopolio de una secta parasitaria.
El entusiasmo deportivo terminó por inundar de infantilismo la vida continenta, decía Ortega y Gasset, en una suerte de asociación de extremos igualmente representativos de una degeneración humana en el deporte, como pueden serlo, con la misma gravedad, la detención del desarrollo de los individuos por insuficiencia glandular, o el desarrollo anormal del volumen de sus órganos por desproporcionada actividad. Atrofia e hipertrofia deportivas.
El deporte desnaturalizado como juego o como negocio del juego, está en esos extremos, que por cierto sobrepasan lo que imaginó y condenó Ortega y, como él, muchos sociólogos del hecho deportivo.
Pero con todo, la vigencia de sus anatemas sigue siendo fresca:

“La exageración de los deportes (…) es uno de los vicios, de las enormidades, contra la norma de nuestro tiempo; constituye una de sus falsificaciones.”

“Está bien alguna dosis de fútbol. Pero ya tanto es intolerable.”
(Y en la poca que Ortega decía esto no había aún copas de campeones, recopas, supercopas, copas de ganadores de copas, campeonatos metropolitano y nacional, y todo este fútbol convertido en bazar que puede determinar que River y Boca jueguen 9 veces en el año y esos nueve partidos se multiplican en 18 exhibiciones por televisión…)

“Una confirmación nos la proporcionan los diarios, que por su misma naturaleza (…) son el lugar donde más prontamente y de modo más claro se revela lo falso de cada época. Columnas y páginas, y más páginas, no hacen si no hablar del deporte.”

“Los jóvenes sólo se ocupan con fervor de su cuerpo y se están volviendo estúpidos.”
(Ortega no imaginó que también podían transformarse en estúpidos a través del mismo fervor volcado en la atención de sus melenas y sus patillones convertidos en “el cuerpo del joven 1970”.)


Huizinga, otro ensayista del fenómeno social del deporte, coincide diciendo:
“Nos amenaza la misma organización exagerada de la vida deportiva, con la excesiva importancia que las noticias relativas al deporte adquieren en la prensa diaria, en los diarios especializados, hasta convertirse en el alimento espiritual de muchos.”


Volpicelli, hoy primera autoridad mundial en la educación física, señala:
“Es ya un hecho que la radio, la televisión, la prensa, no sepan que imágenes y superlativos emplear, de qué inéditos poemas épicos extraer metáforas para exaltar la gloria de los campeones, los incuestionables caudillos de las masas de hoy… Si la cultura nace en el juego deportivo, su propagación en nuestro tiempo habría tenido, como única consecuencia, la de difundir puerilidad y estupidez.”

“El hecho de que el deporte se origina en la civilización de rapiña, se demuestra, entre otras cosas, por la jerga de los atletas, formada en gran parte por locuciones sumamente sanguinarias, provenientes de la terminología guerrera (“matar”, “sacrificio”, “machos”, “fuerza”, “degollar”). De este modo, las cualidades que por lo común se admiran en el tipo masculino producto de la vida deportiva, tales como “la confianza en sí mismo y la camaradería” podrían denominarse más bien “crueldad y complicidad del silencio”.

“No es sólo que el fanatismo puede emplearse con fines demagógicos para distraer y adormecer a las masas, sino que, de un modo más amplio, el deporte, como fanatismo, como participación emotiva, acentúa la arcaica tendencia de las masas a rehuir el control de la crítica y del juicio y a someterse a los mecanismos contemporáneos de condicionamiento y alineación:”

Representando de una manera más realista a este concepto, se podría decir: no es sólo que el fanatismo sea usado por los gobiernos para hacer demagogia sobre las masas fáciles de seducir con dulces bocadillos; lo peor es que ya nos hemos ido al otro extremo del proceso y tenemos en boga el contra - uso de aquella demagogia gobernante en todo el mundo, por las propias masas elegidas para ser adormecidas en la etapa inicial del proceso: ahora esas masas son poderosas sucursales de la explotación autónoma de esa misma demagogia, desde luego que teniendo como clientes a los hombres - masas que aún se encandilan con ella. Y así se da el caso que prácticamente los gobiernos más proclives a aquella explotación ya casi no necesitan actuar para que ese proceso de captación mental de las masas siga su curso. ¡Ahora son las masas las que actúan demagógicamente y en alguna forma son los gobiernos los que hacen de clientes de ellas! En un comienzo fue al revés: los gobiernos ponían el circo y en él hacían de payasos los pueblos; ahora los pueblos han puesto su circo propio y colocado a los gobernantes a hacer de payasos dentro de ellos. Y lo curioso es que todos, absolutamente todos, proclaman a cada momento, aunque cuidándose de hacerlo en forma pública:
¡Todo esto es camelo!…¡Puro camelo!
-El deporte ahora es circo en todos los niveles.
-Es todo mentira (aporteñadamente: “es puro grupo”).

El relator de más audiencia en la radiofonía futbolera argentina es un típico ejemplo de ese sentido: viendo crecer aquella corriente de “apoyo al deporte”, se puso a su vera y en su ritmo; hoy la encabeza y hasta en cierto modo la orienta hacia donde a él se le ocurra o más convenga: tanto hace llorar a coro, como aplaudir a coro, como sufrir a coro, como gozar a coro, a la “sensibilidad futbolística del país”. Se mete en la vida privada más herméticamente cerrada y puede ser capaz de obligar al Estado a hacerse partícipe de lo que el Estado haya querido dejar librado al uso privado de la población; requiere la palabra del hombre de la calle y del hombre de gobierno; los obliga a integrar el carnaval; y en definitiva la comedia se hace absolutamente “nacional” sin exclusión de clases ni rangos; Todos “están en el jardín” (título de obra teatral descriptiva del llamado mundo contemporáneo). Todos participan del rosado rosal, puesto que la presión desde aquel medio es tan grande, que no adherirse a él puede ser, para cualquier obrero como para cualquier ministro, peligrosamente “antipopular” como muestra de “insensibilidad de masas”.

“Lo demás es obra de la prensa, que refuerza esa educación emotiva e irracional del hombre
- masa –dice Volpicelli– para lo cual los diarios deportivos destilan una forma de embrutecimiento de la cual no siempre se tiene conciencia. Aquél que asistió a un partido espera con ansia el lunes para poder leer el relato de un diario deportivo, pero el lunes el partido le resulta nuevo y el lector vuelve a presenciarlo sin que siquiera medie la duda de que existan exageraciones y deformaciones”. El lector - tipo las hace suyas y las lleva consigo al próximo partido que ha de presenciar con sus ojos y tratará de saber “cómo fue”… con el diario del lunes.

Un alemán, Kischnick, ha dicho: “Por lo tanto, si nos preguntamos si el deporte constituye la forma espiritual de expresión de nuestro tiempo, la respuesta es que en ninguna actividad se niega el principio espiritual tanto como en el deporte, mientras que por otra parte, y esto es lo trágico, en ninguna otra se lo busca con tanta sinceridad:”
“Si la práctica del deporte se vuelve absorbente, el arte desaparece y la fantasía viviente deja de encontrar el placer del alegre juego.”

Del pintor Quinquela Martín: “A mí me gustaba el fútbol cuando lo jugaban los líricos y los tuberculosos. Pero ahora se ha convertido en refugio de millonarios” (29/10/1967).

Del poeta Alberto Girri: “En el fútbol de antaño se ganaba o se perdía; en el de hoy, nuestros “reyes del estadio”, como los llamaría Montherlant, siempre son “vencedores morales”, una expresión tan ambigua como hipócrita”. Y agregaba, refiriéndose al tango como actitud nacional semejante al fútbol… “parece haber sucumbido definitivamente bajo los embates de sociólogos, intelectuales y renovadores” (16/2/1969).
Con las mismas palabras que para el tango pudo referirse al fútbol con igual exactitud.