NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




jueves, marzo 10, 2011

BORRASCAS PERFECTAS, de Arturo Pérez Reverte - 7.3.11

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor. En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises.
De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió.
Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo.
Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible.

miércoles, marzo 09, 2011

EL VIAJE EN SILENCIO, de Héctor Tellechea

“No seamos sectarios: la infancia puede ser el paraíso perdido, pero también puede ser un infierno de mierda”
                                                                                                                                    Mario Benedetti

¿Cómo era de noche, esa mañana?
El día comenzaba temprano.
El viaje te enviaba a la calle aún a oscuras, con las luces de la vereda prendidas, asomando entre las ramas sin hojas de los árboles, que se tocaban por encima de nuestras miradas formando un enrejado natural, proyectado sobre las veredas rotas por las raíces.
Nos sacudía el despertador sin angustiarnos.
Éramos chicos, y había cambiado la rutina de nuestra vida de pibes de barrio.
El día nos prometía nuevos encuentros, nuevas vivencias, nuevos desafíos, y a los trece años, nuestros viejos ya nos habían dado responsabilidades propias.
Nos habían modelado en esa mezcla de obligaciones, cariño compañero, rigor y perdón.
Así era entonces, y casi siempre era mejor que lo recibido por ellos en sus infancias.
Su impulso no era medroso, y su confianza era medida.
Entonces uno creía que todos vivíamos igual, que nuestras vidas de familia eran parecidas.
Luego, muy luego, fuimos viendo que cada casa era un mundo distinto, y que nadie lleva su intimidad a la calle.
Nos vestíamos rapidito y cruzábamos el patio hacia la cocina donde estaba el desayuno para calentar; mientras tanto, revisábamos que estuvieran todas las carpetas y libros para el día en la mesa del comedorcito diario.
La misma mesa donde a la noche habíamos completado los trabajos junto a mi madre, que zurcía medias o tejía para todos, mientras la radio nos conectaba con el resto.
El patio, el jardín y la puerta de hierro nos separaban visualmente de la calle.
Entonces, bajo la galería, yo esperaba los ruidos de los pasos que anunciaban la llegada del Flaco.
Ya estaba en camino cuando él golpeaba la chapa de color verde imperceptible, por la mañana - noche.
Tomábamos rumbo a Congreso, la avenida del barrio empedrado, y doblábamos en dirección a Cabildo, la grande, ancha, comercial: la del transporte.
Pasábamos por el claro donde faltaba un árbol frente a la casa de Enrique, el tucumano, el que había sacado Perón del ingenio esclavizante.
Mientras miraba el piso para no tropezar ni meterme en un charco, escucho que Salva me dice:

-Flaco, murió mi viejo. . . . .

Silencio, sacudón, incomprensión, duda, pregunta. . . .

¿Cuándo? ¿Dónde vivía?

-Ni sé bien. Hace mucho que no lo veía. Ni me acuerdo… Me llevaron al entierro…

¿Cómo era tu viejo?

¡Qué se yo! Casi no lo conocí, yo era chico.

¡Claro! Ahora éramos más grandes. . . .

Y nos apretó fuerte la noticia – confesión - angustia, refugio compartido por lo procurado.

Pero a mi me costó salir de la comparación con la presencia fuerte de mi viejo, para entrar en su realidad.
Travesía silenciosa. De un silencio expresivo…
Allí estaba el colectivo: subimos.
Sin embargo ese instante nos fundió, diría, para siempre.
Me mató su aparente fortaleza. Me enseñó la magnitud de los verdaderos problemas. Esos que algún día me invadirían de esa o tantas otras maneras.
Hoy, sostenidos con una mano del trampolín de la vida, con la red algo agujereada, nos trasladamos con la tecnología por el río del afecto, de la admiración que siempre le tuve y que se acrecienta con el paso de los años.

Como dice Borges mucho mejor que yo:

¡¡¡ FELIZ AÑO!!!!

No encontrarás en mí las soluciones para todos tus problemas.
No podré más que acompañarte en tus búsquedas y errores
y, especialmente, puedo escucharte y comprenderte.

No querré cambiar tus decisiones ni sus consecuencias,
pero estaré allí cada vez que me necesites.

No podré evitar que tropieces
Pero estaré allí para ofrecerte mi mano,
para que te sujetes a ella y vuelvas a levantarte.

Tus alegrías, éxitos y triunfos serán también míos
y por ello los disfrutaré profundamente,
sólo porque te veré feliz.

Tomarás decisiones en la vida
y estaré cerca para estimularte y ayudarte,
solamente si me lo pides.

La vida podrá alejarnos en la distancia
y no esperaré a que vuelvas,
porque estarás siempre a mi alcance.

Acompañaré tu sufrimiento cuando algún dolor te atraviese
y lloraré contigo sin que lo percibas, para atenuarlo
y apoyarte en mi fingida fortaleza.

Yo sé quién eres y qué puedes llegar a ser,
nos unen también nuestras diferencias
porque sabes bien quién soy:
¡nada menos que tu amigo!

Tengo conocidos y ocasionales compañeros,
pero menos amigos de lo que imaginaba,
son éstos los que lo demostraron,
sin necesidad de procurarlo.

Este día, como cualquier otro, uno piensa en sus amigos
y aparecen sin categorías ni diferencias.

La amistad, cosa extraña, es algo sin magnitudes comparables.
¡Sólo es!

Es la que ennoblece nuestra vida
y la nobleza tampoco tiene, patrones de medida.

Así lo expresó genialmente Jorge Luis Borges:

Hice lo que todo amigo: Oré…. y le agradecí a Dios que me haya dado la oportunidad
de tener un amigo como tú.
Era una oración de gratitud: Tú has dado valor a mi vida”.

Lo que sigue me impulsó un recuerdo.

-¿Viste qué fuerza tengo?- dijo papá después de estrellar su puño contra el vidrio de la ventana. Se envolvió la mano con un pañuelo para detener la sangre y agregó:
-Mamá se fue-
Unos días después Mamá volvió, y el que se fué, fue Papá…
Ella me sacó del colegio al que iba y me dejó en un internado de Avellaneda.
Salía los domingos.
A él casi no lo volví a ver.
Cuando tenía trece años me dijeron que se había muerto.
Arrojé un puñado de tierra sobre el ataúd de un extraño.
A ella la dejé ayer, en un geriátrico…

sábado, marzo 05, 2011

BURGUESÍA Y GANGSTERISMO EN EL DEPORTE, de Dante Panzeri - 1974

“El atrofiado hipertrofiado”


Mundialmente, el deporte es una logia secreta. Una secta socialmente contrabandista sin eludir Aduanas. Una secreta logia con apariencia de universalizada apertura a las leyes ordinarias de la sociedad. Un neocuatrerismo ajustado al Derecho. Una chantocracia chantajista.
Tanto hay de cofradía masónica en el actual deporte industrializado y politizado, que sus organizaciones rectoras distribuyen títulos de domésticas distinciones en el estrecho ámbito de sus cerrados cenáculos.
Esa logia llamada El Deporte (que en algunos casos llega a ser auténtico y todavía puro en medio de una generalizada corrupción de su esencia primitiva) no es otra cosa que una suma multitudinaria de organizaciones civiles de lícita apariencia; para ejercer, subrepticiamente, actividades tan ilícitas o tan repulsivas a la igualdad de los derechos humanos, como las que seguidamente se enumeran como las más conocidas, todas, por supuesto, colocadas bajo el estandarte de la recreación, la salud física y la felicidad de los pueblos:

1) La extorsión o el chantaje a los Estados.
2) La burguesía y el privilegio más aberrantes a los comunes clamores de igualdad social de los pueblos (indistintamente en los países capitalistas, como en los comunistas, o los llamados terceristas).
3) El adoctrinamiento de las masas populares en el insólito derecho a lo prohibido, no obstante haberse institucionalizado al deporte como escuela de civismo.
4) El pragmatismo de lo vedado por lo moral, en aras de lo apetecido por lo material.
5) La parasitología humana como carga de la sociedad, sin mediar jamás expresa aprobación de la sociedad para financiar esa imposición de tales castas burguesas que argumentan “obrar socialmente”.
6) La actividad política comparable a las agrupaciones específicas, tanto donde éstas están permitidas, como donde están proscriptas por las leyes.
7) Los más impunes delitos en punto a dolo, defraudación, estafas o drogadicción, con el amparo de la inocencia admitida en quien delinque en cumplimiento de mandatos societarios siempre anónimos, por masificados que son los pronunciamientos de las asambleas, en los cuales se escudan aquellos delitos para impunidad de sus verdaderos autores.
8) La venalidad y la prostitución de los periodistas supuestamente preceptores de la conducta ciudadana, incorporados en crecido número al núcleo accionario de aquella secta parasitaria en todo el mundo.
9) La difusión, primero; el estímulo, luego; y por último, la más abundante información pública respecto de la drogadicción, hoy llevada a extremos de suicidio.
10) El soborno, el cohecho, la incentivación ilícita de las motivaciones competitivas, según lo exigen intereses de asociados paralelos, o de organizaciones gangsteriles copartícipes de los intereses deportivos.

¿Qué es el deporte?

Desde luego, es algo muy transformado respecto de su idea original; de su inicio entre castas económicamente privilegiadas; de su concepción inicial sin multitudes de activos y pasivos intervinientes, ahora consumidores, o consumidos.
En respuesta a aquella pregunta, no hay ningún diccionario ni enciclopedia que aporte una definición encuadrada en la actual función positiva que el deporte puede cumplir en la sociedad, según sus muchas transformaciones sociales, económicas, industriales, morales y éticas.
Por eso me permito establecer, como pauta del sujeto a analizarse en este trabajo, una definición que me es propia y con cuyo basamento ruego al lector ubicarse en la filosofía del ideal, y la crítica de la realidad, que ha de encontrar en las páginas posteriores. Hela aquí:
DEPORTE SEGÚN SIGLO XX: Juego limpio. Cultivo del honor. No importa si por profesionalismo o amateurismo. Pueden ser deportes los dos. Puede no ser deporte ninguna de las dos disciplinas mencionadas, si se apartan del juego limpio y honorable. Específicamente: toda actividad física o atlética de carácter competitivo. O aquello que procura una perfomance con fines recreativos, y/ o espectaculares, que sin atentar contra la salud de sus protagonistas en forma intrínseca de sus fines (boxeo, automovilismo) propenda al mejoramiento físico, moral, intelectual, y aun patrimonial de quienes lo practiquen.
Sin anacronismos, y con generosa aceptación de muchas de sus transformaciones propias de toda masificación, aquello es a mi juicio el acto deportivo encuadrado en la humanidad contemporánea, tanto en lo que respecta a sus derechos, como a sus obligaciones, en situación de convivencia.
Por cierto que los diez puntos que sintetizan aquella ubicación del deporte en una logia parasitaria (de la que implícita y explícitamente quedan excluidas las contadísimas y honrosas excepciones propias de toda generalización) no tienen armonía con la aspiración estética y social de dicha definición respecto de Deporte según siglo XX.
El deporte es, hoy, en el mundo, un gigante atrofiado e hipertrofiado a la vez.
Tan corrupto como el hombre, cosa muy natural tratándose de un quehacer de hombres; mucho más natural cuando su conducción – desde todos los ángulos- pasó a ser casi un monopolio de hombres comunes, frecuentemente mediocres. En contraposición de alguna época en la que esa conducción estuvo a cargo de hombres “incomunes”, acaso de “inadaptados sociales”, si afinamos sin sentido peyorativo el alcance de la expresión. Desde que el deporte quedó totalmente en manos de los “adaptados” (a épocas y distorsiones), su anatomía es la de aquella contradictoria coexistencia de la atrofia y la hipertrofia en un mismo, gigantesco, cuerpo.
ATROFIA: Falta de desarrollo de una parte del cuerpo. Consumisión. Falta de nutrición de un órgano.
ATROFIAR: Padecer atrofia, disminuir su tamaño.
HIPERTROFIA: Aumento anormal del volumen de un órgano.
Veremos ahora, recorriendo hechos comunes, sucesos sobresalientes, citas intrascendentes, publicaciones inadvertidas, constancias muy publicitadas, personajes populares, personalidades casi desconocidas, noticias deportivas y no deportivas, cómo el deporte se constituye en una suerte de logia masónica; en una típica –y casi incomprensible- burguesía igualmente imperante – con omnipotencia de oligarquía intocable- en el mundo llamado capitalista- liberal; y en el opuesto denominado socialista con su fuerte capitalismo clasista, o en el más reciente de los denominados terceristas no alineados.
Entre la extensa nómina de burguesías contra las que la humanidad proletaria lucha desde hace siglos para extirpar los privilegios, las desigualdades ajenas a la inevitable desigualdad mental de los hombres, se ha oído mentar a las burguesías agroganaderas; a las burguesías industriales; a las burguesías feudales; a las burguesías de banqueros; a las burguesías de gangsters; a las burguesías del arte; a las burguesías intelectuales; a las burguesías literarias; a las burguesías de tratantes de blancas; a las burguesías universitarias; a las burguesías del vicio; en tiempos más recientes aquella colección de burguesías se ha ampliado con las más notoriamente reemplazantes de la burguesía política, que son la burguesía militar y la burguesía sindical.
Pero no veo que se advierta la existencia de la burguesía deportiva. Se la conoce. Pero no se le da importancia.
Y tampoco advierto aproximación imaginativa- cuando los inadvertidos advierten su existencia- de lo que esa burguesía deportiva consume del tributo impositivo y voluntario que la sociedad brinda para que esa burguesía se sustente. Y se agigante hasta la hipertrofia, si se trata de su nocivo desarrollo como hecho social.
Sospecho que no transcurrirán muchos años sin que las explosiones masivas de indignación por los privilegios de los menos, produzcan el hasta ahora imposible caso de la rebelión de las masas contra el deporte parasitólogo.
Sin desearlo exactamente, creo que se trataría de un hecho plenamente justificado en el proceso de las rebeliones populares. Comprendo que la predicción es por ahora demasiado antedatada.
Pero en la proclamada era de las “transformaciones y cambios para liberar a los pueblos sojuzgados”, es absolutamente aberrante que el deporte (precisamente con aquella bandera en la mano) se convierta en un primerísimo consumidor de bienes cada vez más escasos del común plato de nuestros consumos. Que desplace, por caso, a la salud y la educación pública.
Cuando ello sea advertido, no solamente se pueden producir agresiones masivas como las registradas en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972(cuando guerrilleros árabes masacraron a los atletas judíos), sino la desaparición por mucho tiempo de consumo de suntuosidad faraónica como han pasado a ser, en perjuicio de los contribuyentes anónimos, los Juegos Olímpicos, los Campeonatos Mundiales, y por el estilo una sucesión de otras semejantes periódicas programaciones, supuestamente “ obligatorias” al “ honor y promoción de los países”, pero en verdad solamente destinadas al lucro sectario de aquella logia de burgueses deportivos que han hecho del deporte un trampolín y una vidriera de otros objetivos de chantócratas (creación lunfarda de Jorge Sábato.)
Aquella, que no pretende ser una predicción, sino una mera ecuación del andar de la vida, ya tuvo algún anticipo en el rechazo que por decisión popular supiera hacer la ciudad norteamericana de Denver (Colorado) de la sede olímpica que habían logrado inconsultamente sus “representantes” en la mesa de la burocracia de la parasitología internacional del deporte. El despertar de los pueblos pocas veces se hace con racionalidad. Pero los abusos con los pueblos dormidos suele culminar en pesadillas. Y esto es válido para el saqueo que el deporte les está haciendo a todos los pueblos del mundo, aun cuando una prensa adocenada y cómplice del engaño, aparentemente logre, momentáneamente, la felicidad de esos pueblos por verse así insultados en su pobreza.

En febrero de 1974, ante un enfrentamiento con España, los futbolistas representativos de Yugoslavia en las eliminatorias para el Campeonato mundial de ese año, recibían la oferta de un premio de 50.000 dinares (3.000 dólares aproximadamente) para cada uno, en caso de obtener el acceso a dicho certamen. La revista yugoslava Nin, comentando el episodio, hablaba de “maquinaciones en el alto nivel del fútbol” y agregaba: “Podrá ser el partido de la década, pero aún cuando fuera el del milenio, preguntamos: ¿qué sociedad puede darse el lujo de estimular cada 60 segundos de un partido con 350 dólares a cada jugador?” (La Nación, 20/1/74.)

El día anterior, Tom Weiskopf, el golfista que mayor cantidad de dinero ganó en el mundo durante 1973 (245.463 dólares) declaraba (La Nación, 19/1/74) que no comprendía cómo un golfista podía ganar 100.000 dólares en dos semanas, y se manifestaba partidario de una distribución más equitativa de los premios, agregando: “Me gusta ganar dinero, pero no tendría inconveniente en que se reduzcan mis beneficios anuales en 50.000 dólares”.


No participo de la ñoñería de regular honorarios profesionales según las exigencias formativas previas del sujeto, como lo sustenta el frecuentemente alegato de que “un jugador de fútbol no debe ganar más que un médico”. Acepto que gane más, si su arte cuenta con mayor demanda que el de curar.
Pero no comparto la universalizada insolencia socioeconómica que hace del recreador de multitudes (sea deportista, artista o cualquier profesión exclusivamente recreativa, no productora de servicios esenciales para la sociedad) el ciudadano económicamente privilegiado dentro de las escalas retributivas de los salarios. Lejos de ser un lastre del capitalismo, esa aberración igualmente imperante en el mundo capitalista como en el comunista, es mucho más que cualquier otra cosa, un caso de inconsciencia social colectiva contra el cual tendrán que alzarse alguna vez los clamores populares o los procesos auténticamente socializantes, dentro de los cuales, hasta ahora, aquella lacra sobrevive, curiosamente, como uno de sus puntos de supuesto apoyo, según es generalizado el uso del deporte como anestésico mental de todos los pueblos que lo pagan sin cuestionar su característica de monopolio de una secta parasitaria.
El entusiasmo deportivo terminó por inundar de infantilismo la vida continenta, decía Ortega y Gasset, en una suerte de asociación de extremos igualmente representativos de una degeneración humana en el deporte, como pueden serlo, con la misma gravedad, la detención del desarrollo de los individuos por insuficiencia glandular, o el desarrollo anormal del volumen de sus órganos por desproporcionada actividad. Atrofia e hipertrofia deportivas.
El deporte desnaturalizado como juego o como negocio del juego, está en esos extremos, que por cierto sobrepasan lo que imaginó y condenó Ortega y, como él, muchos sociólogos del hecho deportivo.
Pero con todo, la vigencia de sus anatemas sigue siendo fresca:

“La exageración de los deportes (…) es uno de los vicios, de las enormidades, contra la norma de nuestro tiempo; constituye una de sus falsificaciones.”

“Está bien alguna dosis de fútbol. Pero ya tanto es intolerable.”
(Y en la poca que Ortega decía esto no había aún copas de campeones, recopas, supercopas, copas de ganadores de copas, campeonatos metropolitano y nacional, y todo este fútbol convertido en bazar que puede determinar que River y Boca jueguen 9 veces en el año y esos nueve partidos se multiplican en 18 exhibiciones por televisión…)

“Una confirmación nos la proporcionan los diarios, que por su misma naturaleza (…) son el lugar donde más prontamente y de modo más claro se revela lo falso de cada época. Columnas y páginas, y más páginas, no hacen si no hablar del deporte.”

“Los jóvenes sólo se ocupan con fervor de su cuerpo y se están volviendo estúpidos.”
(Ortega no imaginó que también podían transformarse en estúpidos a través del mismo fervor volcado en la atención de sus melenas y sus patillones convertidos en “el cuerpo del joven 1970”.)


Huizinga, otro ensayista del fenómeno social del deporte, coincide diciendo:
“Nos amenaza la misma organización exagerada de la vida deportiva, con la excesiva importancia que las noticias relativas al deporte adquieren en la prensa diaria, en los diarios especializados, hasta convertirse en el alimento espiritual de muchos.”


Volpicelli, hoy primera autoridad mundial en la educación física, señala:
“Es ya un hecho que la radio, la televisión, la prensa, no sepan que imágenes y superlativos emplear, de qué inéditos poemas épicos extraer metáforas para exaltar la gloria de los campeones, los incuestionables caudillos de las masas de hoy… Si la cultura nace en el juego deportivo, su propagación en nuestro tiempo habría tenido, como única consecuencia, la de difundir puerilidad y estupidez.”

“El hecho de que el deporte se origina en la civilización de rapiña, se demuestra, entre otras cosas, por la jerga de los atletas, formada en gran parte por locuciones sumamente sanguinarias, provenientes de la terminología guerrera (“matar”, “sacrificio”, “machos”, “fuerza”, “degollar”). De este modo, las cualidades que por lo común se admiran en el tipo masculino producto de la vida deportiva, tales como “la confianza en sí mismo y la camaradería” podrían denominarse más bien “crueldad y complicidad del silencio”.

“No es sólo que el fanatismo puede emplearse con fines demagógicos para distraer y adormecer a las masas, sino que, de un modo más amplio, el deporte, como fanatismo, como participación emotiva, acentúa la arcaica tendencia de las masas a rehuir el control de la crítica y del juicio y a someterse a los mecanismos contemporáneos de condicionamiento y alineación:”

Representando de una manera más realista a este concepto, se podría decir: no es sólo que el fanatismo sea usado por los gobiernos para hacer demagogia sobre las masas fáciles de seducir con dulces bocadillos; lo peor es que ya nos hemos ido al otro extremo del proceso y tenemos en boga el contra - uso de aquella demagogia gobernante en todo el mundo, por las propias masas elegidas para ser adormecidas en la etapa inicial del proceso: ahora esas masas son poderosas sucursales de la explotación autónoma de esa misma demagogia, desde luego que teniendo como clientes a los hombres - masas que aún se encandilan con ella. Y así se da el caso que prácticamente los gobiernos más proclives a aquella explotación ya casi no necesitan actuar para que ese proceso de captación mental de las masas siga su curso. ¡Ahora son las masas las que actúan demagógicamente y en alguna forma son los gobiernos los que hacen de clientes de ellas! En un comienzo fue al revés: los gobiernos ponían el circo y en él hacían de payasos los pueblos; ahora los pueblos han puesto su circo propio y colocado a los gobernantes a hacer de payasos dentro de ellos. Y lo curioso es que todos, absolutamente todos, proclaman a cada momento, aunque cuidándose de hacerlo en forma pública:
¡Todo esto es camelo!…¡Puro camelo!
-El deporte ahora es circo en todos los niveles.
-Es todo mentira (aporteñadamente: “es puro grupo”).

El relator de más audiencia en la radiofonía futbolera argentina es un típico ejemplo de ese sentido: viendo crecer aquella corriente de “apoyo al deporte”, se puso a su vera y en su ritmo; hoy la encabeza y hasta en cierto modo la orienta hacia donde a él se le ocurra o más convenga: tanto hace llorar a coro, como aplaudir a coro, como sufrir a coro, como gozar a coro, a la “sensibilidad futbolística del país”. Se mete en la vida privada más herméticamente cerrada y puede ser capaz de obligar al Estado a hacerse partícipe de lo que el Estado haya querido dejar librado al uso privado de la población; requiere la palabra del hombre de la calle y del hombre de gobierno; los obliga a integrar el carnaval; y en definitiva la comedia se hace absolutamente “nacional” sin exclusión de clases ni rangos; Todos “están en el jardín” (título de obra teatral descriptiva del llamado mundo contemporáneo). Todos participan del rosado rosal, puesto que la presión desde aquel medio es tan grande, que no adherirse a él puede ser, para cualquier obrero como para cualquier ministro, peligrosamente “antipopular” como muestra de “insensibilidad de masas”.

“Lo demás es obra de la prensa, que refuerza esa educación emotiva e irracional del hombre
- masa –dice Volpicelli– para lo cual los diarios deportivos destilan una forma de embrutecimiento de la cual no siempre se tiene conciencia. Aquél que asistió a un partido espera con ansia el lunes para poder leer el relato de un diario deportivo, pero el lunes el partido le resulta nuevo y el lector vuelve a presenciarlo sin que siquiera medie la duda de que existan exageraciones y deformaciones”. El lector - tipo las hace suyas y las lleva consigo al próximo partido que ha de presenciar con sus ojos y tratará de saber “cómo fue”… con el diario del lunes.

Un alemán, Kischnick, ha dicho: “Por lo tanto, si nos preguntamos si el deporte constituye la forma espiritual de expresión de nuestro tiempo, la respuesta es que en ninguna actividad se niega el principio espiritual tanto como en el deporte, mientras que por otra parte, y esto es lo trágico, en ninguna otra se lo busca con tanta sinceridad:”
“Si la práctica del deporte se vuelve absorbente, el arte desaparece y la fantasía viviente deja de encontrar el placer del alegre juego.”

Del pintor Quinquela Martín: “A mí me gustaba el fútbol cuando lo jugaban los líricos y los tuberculosos. Pero ahora se ha convertido en refugio de millonarios” (29/10/1967).

Del poeta Alberto Girri: “En el fútbol de antaño se ganaba o se perdía; en el de hoy, nuestros “reyes del estadio”, como los llamaría Montherlant, siempre son “vencedores morales”, una expresión tan ambigua como hipócrita”. Y agregaba, refiriéndose al tango como actitud nacional semejante al fútbol… “parece haber sucumbido definitivamente bajo los embates de sociólogos, intelectuales y renovadores” (16/2/1969).
Con las mismas palabras que para el tango pudo referirse al fútbol con igual exactitud.

EN FÚTBOL, TODO ES POSIBLE. FIRMADO: PELÉ, de Dante Panzeri - El Gráfico 1961

Organiza. Realiza. Premedita. Improvisa. Inicia. Concreta. Dribbla. Economiza. Shotea. Cabecea. Ataca. Defiende. Pivotea. Obstruye. Habilidoso. Inteligente. Talentoso. Joven (21 años). Futbolísticamente maduro (“ve” donde pocos ven, tiene “panorama” de lo que pasa donde él no está). Veloz como un sprinter. Pausado como un estratega. Astuto. Recio donde hay que ser recio. Prestidigitador con la pelota. Sutil y malabarista. Duro y chocador cuando hace falta. Estrella excluyente en cualquier equipo que integre, sea el Santos o la selección brasileña. Pero al mismo tiempo generoso para brindarse como peón. Podría jugar muy bien como eje que haga girar a otros. Prefiere hacerlo mejor: es eje y satélite. Las vedettes que como él producen el fútbol de cuando en cuando son blandas; él es vedette siendo duro, yendo “a las brasas” del área, buscando volver a donde encontró rudezas. Soportándolas. Y devolviéndolas también.
Porque juega CON GANAS. LO SIENTE.
Todo eso lo reúne Pelé, además de dos piernas y una cabeza diestras y maduras. Hábiles y talentosas. Sincronizadas. Concepción y ejecución. Todo eso es posible para Pelé.
Todo eso es Pelé, el seguramente más extraordinario y completo futbolista del mundo en estos momentos.
Buenos Aires gustó de la delicia de un fútbol así, de un futbolista así de excepcional, la noche del jueves 28 en cancha de Huracán.
Más fácil que decir qué es Pelé, resultó determinar qué le falta a Pelé.
Ser blanco, puesto que es negro. De haber sido blanco sólo le faltaría ser negro.
Futbolísticamente lo tiene todo. Lo puede todo.
Pelé en una cancha de fútbol es fútbol hecho placer.
Placer de genialidades, que todas son posibles en Pelé, el sin metáfora fenómeno Pelé.
La existencia de Edson Arantes do Nascimento en el fútbol es un fenómeno en el capricho de la creación humana para el fútbol. Los hay pocos en el medio siglo del fútbol organizado. Poquísimos: Orth, en Europa Central; Matthews, en las islas británicas. Pedernera, en América del Sur
Pelé para todo el mundo en la actualidad...

MAÑANA ES LA ÚNICA UTOPÍA, de José Saramago

Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo... ¡Qué importa eso!
Tengo la edad que quiero y siento.
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.
Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.
Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo. Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: "Eres muy joven, no lo lograrás...!!"
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse
en el fuego de una pasión deseada.
Y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo?
No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas... valen mucho más que eso...
¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!.
Lo que importa es la edad que siento.
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo?
¡Eso a quién le importa!.
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento...!!!

miércoles, febrero 23, 2011

SOBRE VIOLACIONES Y FASCISTAS, de Arturo Pérez Reverte - 21.2.11

Si algo desvirtúa y ahueca las palabras, vaciándolas de significado, es la estupidez de quienes abusan de ellas.
Me refiero a ésos que entran a saco en el diccionario -que encima no consultan jamás- y, con la ausencia de complejos del analfabeto o el capullo en flor, machacan un término al que convierten en perejil de todas las salsas, retorciendo su sentido original hasta que no puede reconocerlo ni la madre que lo parió.
Y al cabo, cuando la gente seria necesita esa palabra para usarla en su sentido exacto, se encuentra con que la infeliz comparece tan ajada y maltrecha que no sirve para nada.
Los que cada día trabajamos dándole a la tecla, eso lo notamos mucho. Como también lo aprecia cualquiera que tenga sentido común y se fije.
Puesto en verso, es lo que le ocurre al pobre Luis Mejías con doña Ana de Pantoja, en el Tenorio, cuando dice aquello de:

Don Juan, yo la amaba, sí. 
Mas con lo que hais osado,
imposible la hais dejado,
para vos y para mí».

Un ejemplo, entre muchos, es la palabra fascista; que, de aludir al movimiento nacionalista surgido en Italia después de la Primera Guerra Mundial, con su encarnación hispana en el falangismo y otras tendencias hermanas, pasó a definir durante la Guerra Civil, en boca de la izquierda radical, al bando nacional e incluso a los republicanos moderados.
Heredada por el franquismo, la palabra fue patrimonio de la ultraderecha durante la Transición, antes de verse felizmente olvidada durante veinte años.
Pero en los últimos tiempos ha vuelto a ponerse de moda.
La necesidad, a falta de coherencia ideológica propia, de poner etiquetas al adversario, hace que ahora se aplique a cualquier persona o situación que se aparte, no ya de una posición de izquierda, sino de lo social y políticamente correcto, e incluso de la más fresca tontería de moda.
Así, alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica.
Todo se presenta en el mismo paquete, el de fascistas o fachas, como si fuera improbable que alguien de izquierdas se peine con raya, fume, le guste ir a los toros o le pegue a una mujer.
Por supuesto, quien más jugo saca al término es la clase política: ni los del Pepé de Murcia se cortaron llamando fascistas -en vez de animales miserables y cobardes, que es lo adecuado- a quienes apalearon hace unos días a su consejero de Cultura, ni un consejero de la junta andaluza llamado Pizarro se privó de llamar fascistas a los funcionarios, algunos afiliados a su mismo partido, o votantes de él, que boicotean los actos del Pesoe.
La cosa no se limita a España, claro. Con los tiempos que corren y los que van a correr, la tontería es internacional.
Pensaba en eso leyendo las manifestaciones de unas ecologistas inglesas que aseguraban «sentirse violadas» porque el compañero de lucha con el que se dieron muchos, repetidos y voluntarios homenajes carnales, resultó ser un policía infiltrado.
Y claro.
La diferencia entre irse a la cama con un ecologista o con un policía es que el txakurra te viola.
Tú puede que no te percates; pero él, en su fuero interno, sabe que te viola. El fascista.
Frente a eso, ya me dirán ustedes qué palabra reservamos al violador de verdad; al que fuerza sexualmente a una mujer -o a un hombre, que siempre olvidamos ese detalle- abusando de su vigor físico, de la amenaza, del estatus económico o social.
Al auténtico hijo de puta de toda la vida.
Pues, si de violar en serio hablamos, les aseguro que ni idea tienen ciertos gilipollas y ciertas gilipollos.
Pregúntenle a Márquez y a los colegas con los que andábamos por los Balcanes qué es violar de verdad, y a lo mejor los pillan relajados y se lo cuentan.
Mujeres entre los escombros de sus casas, degolladas después de pasarles por encima docenas de serbios o croatas. Hoteles llenos de jóvenes apresadas para disfrute de la tropa, a las que se pegaba un tiro cuando quedaban preñadas.
O aquella ciudad de Eritrea, abril de 1977, cuando un jovencísimo reportero que ustedes conocen tuvo el amargo privilegio de asistir, impotente, a la caza de cuanta mujer de nacionalidad etíope quedaba a mano.
Igual un día les cuento con detalle cómo gritan, primero, y luego, al quinto o sexto golpe, se callan y aguantan resignadas, gimiendo como animales.
Supongo que para individuas como Pilar Rahola, María Antonia Iglesias y otras joyas de la telemierda, que tras vivir de la política viven ahora de la demagogia pseudofeminista imbécil, el arriba firmante tendría que haber evitado aquello: persuadir a mil quinientos tíos con escopetas de que lo que hacían estaba feo.
Seguro que las antedichas y otros cantamañanas de ambos sexos lo habrían evitado, con dos cojones.
Interponiéndose.
Así que seguramente me llamarán violador pasivo, por defecto.
Y fascista...

viernes, febrero 18, 2011

JUICIO A LAS JUNTAS MILITARES, de Jorge Luis Borges - 1985

He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral.
Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura.
Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico.
Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor.
El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno.

Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz.
Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas "sesiones" cualquier hombre declara cualquier cosa.

Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día.
Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel.
Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca.
De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos.
El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno.
Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia.
Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira.
La cárcel es, de hecho, infinita.

De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella.
Ocurrió un 24 de diciembre.
Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca.
No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino.
Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped).
Era la cena de Nochebuena.
Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente.
Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad.
No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento.
Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

¿Qué pensar de todo esto?
Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo.
Almafuerte escribió: "somos los anunciados, los previstos; hay un Dios, si hay un punto omnisapiente; ¡y antes de ser, ya son, en esa mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos!
Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores.
No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.