NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR

En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)




jueves, marzo 17, 2011

DEJAD QUE CANTE EL MUCHACHO, de Joan Manuel Serrat

No pienses que tiene nada contra ti,
si te atropella por la calle y no te dice adiós,
es porque no te vió.
No hables de ingratitud...!
Sabes que estima tu compañía en lo que vale.
No es que se haya vuelto imbécil
de repente,
a juzgar por esa estúpida sonrisa.
Ni creas que se confunde si te llama Margarita .
Es difícil, pero trata de entender
que no se le rompe el alma aunque le veas llorar,
ni juega sucio por no decir la verdad,
ni oculta nada porque esconda algunas cosas.
Dale tiempo, y disculpa la soberbia
de quien se siente un hombre afortunado...!
Dejad que cante el muchacho
ese que se ha enamorado

lunes, marzo 14, 2011

EL MOMENTO EN QUE ESTÁS (PRESENTE), de Ricardo Soulé (Vox Dei)

Todo concluye al fin, nada puede escapar todo tiene un final, todo termina.
Tengo que comprender, no es eterna la vida,
el llanto en la risa, allí termina.
Creía que el amor no tenia medida,
o dejas de querer, tal vez otra mujer.

Y olvidé aquello que una vez pensaba
que nunca acabaría, nunca acabaría
pero sin embargo terminó.
Todo me demuestra que al final de cuentas
termino cada día, empiezo cada día
creyendo en mañana fracaso hoy.

No puedo yo entender si es asi la verdad
de qué vale ganar si despues perderé.
Inútil es pelear, no puedo detenerlo,
lo que hoy empecé no sera eterno.

Cuanta verdad hay en vivir solamente el momento
en que estás, si, el presente.
El presente y nada más..!

EL ABUELO, de Alberto Cortez

El abuelo un día, cuando era muy joven
allá en su Galicia,
miró el horizonte y pensó que otra senda
tal vez existía.
Y al viento del norte, que era un viejo amigo,
le habló de su prisa,
le mostró sus manos, que mansas y fuertes,
estaban vacías.
Y el viento le dijo: "Construye tu vida
detrás de los mares, allende Galicia"".

El abuelo un día en un viejo barco
se marchó de España.
El abuelo un día, como tantos otros,
con tanta esperanza.
La imagen querida de su vieja aldea
y de sus montañas,
se llevó grabada muy dentro del alma,
cuando el viejo barco lo alejó de España.

El abuelo un día subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado, abonó la tierra,
y el tiempo corría.
Y luchó sereno por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría cuando vio sus manos,
que un poco más viejas no estaban vacías.

Y el abuelo entonces, cuando yo era niño,
me hablaba de España,
del viento del norte, de la vieja aldea
y de sus montañas.
Le gustaba tanto recordar las cosas
que llevo grabadas muy dentro del alma,
que a veces callado, sin decir palabra,
me hablaba de España.

El abuelo un día, cuando era muy viejo,
allende Galicia,
me tomó la mano, y yo me di cuenta
que ya se moría.
Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas
y con menos prisa,
"prométeme, hijo, que a la vieja aldea
irás algún día,
y al viento del norte dirás que su amigo,
a una nueva tierra le entregó la vida..."

Y el abuelo un día se quedó dormido
sin volver a España.
El abuelo un día, como tantos otros,
con tanta esperanza.
Y al tiempo al abuelo lo vi en las aldeas,
lo vi en las montañas, en cada mañana
y en cada leyenda, por todas las sendas
que anduve de España.

TONADA DEL VIEJO AMOR, de Jaime Dávalos y Eduardo Falú

Y nunca te' i de olvidar,
en la arena me escribías,
el viento lo fue borrando
y estoy más solo mirando el mar.

Que lindo cuando una vez
bajo el sol del mediodía,
se abrió tu boca en un beso
como un damasco lleno de miel.

Herida la de tu boca,
que lastima sin dolor.
No tengo miedo al invierno
con tu recuerdo lleno de sol.

Quisiera volverte a ver
sonreir frente a la espuma,
tu pelo suelto en el viento
como un torrente de trigo y luz.

Yo sé que no vuelve más
el verano en que me amabas,
que es ancho y negro el olvido,
y entra el otoño en el corazón.

EL ECOLOGISTA ECOLOGIZADO, de Arturo Pérez Reverte - 14.3.11

Hace tiempo hablé aquí de mi amigo neoyorkino Daniel Sherr, que aparte ser un magnífico intérprete profesional que habla todas las lenguas de Babel, es judío, alérgico, vegetariano y una de las mejores personas que conozco. Su única pega es ser uno de esos ecologistas pelmazos que, según los días, llegan a romperte los huevos. Por la calle dirige miradas furiosas no ya a los fumadores, sino a quienes sospecha puedan serlo; y cuando viaja mete en la maleta cuanta botella se cruza en su camino, para reciclarlas al regreso, pues no se fía del personal de los hoteles. Carga con bolsas con arroz hervido, como los vietcong, y fruta para consumo propio; y se niega a pasar los plátanos por el control de viajeros en los aeropuertos porque, afirma, los detectores los contaminan con sus rayos radioactivos y malignos. Imagínense el cuadro, e imagínenme caminando lo más lejos posible de él, poniendo cara de que a ese tipo estrafalario al que cachean los guardias, o se llevan aparte para interrogarlo en privado, ni lo conozco ni lo he visto en mi puta vida. Ése es mi amigo Dani, al que quiero muchísimo. Por eso vivo informado de sus peripecias. La última es tan deliciosa que no me resisto a contarla. Más que nada porque, aunque parece delirante, es un augurio siniestro de lo que nos espera en España. De lo que traerá, de forma irremediable, tanta peligrosa combinación de mansedumbre ciudadana y prepotente imbecilidad oficial.
El caso, absolutamente real, es ejemplo de hasta qué punto esos Estados Unidos que para nuestra babeante Europa son referencia ideal de lo socialmente correcto, nos llevarán al absoluto disparate. De hasta dónde puede llegar la descarada injerencia estatal en lo más íntimo de nuestras palabras, nuestras casas y nuestras vidas.
Dani tiene un piso en Nueva York, en un edificio de seis plantas donde viven unos cuarenta inquilinos. Fiel a sus principios ecologistas, llevaba años dando la murga para que la comunidad de vecinos aceptase una auditoría energética, a fin de evitar derroche, contaminación y cosas así. El trámite, le dijeron, pasaba por una visita previa del administrador de la finca. Se presentó éste en casa de Dani, y dijo que lo de la auditoría energética estaba divino de la muerte y era una propuesta interesante a más no poder. Que estaba entusiasmado con la idea hasta el punto de aplaudir, plas, plas, plas. Pero antes había un requisito: comprobar que el apartamento del reclamante se ajustaba a las ordenanzas de Nueva York sobre viviendas libres de toda sospecha. Luego señaló con dedo acusador los libros, periódicos y documentos profesionales que mi amigo tenía en su casa por todas partes. Según la disposición cuarenta y siete barra ochenta, indicó, o una de ésas, los libros apilados en el suelo podían obstaculizar el paso de los bomberos en caso de incendio. Sin contar con el peligro de tener tanto papel -material inflamable- en un edificio de apartamentos. Y mientras Dani, boquiabierto, intentaba deglutir aquello, el otro se asomó a la cocina y dijo literalmente: ajá, qué es lo que veo, tres granos de arroz integral sueltos sobre una mesa. Eso puede atraer cucarachas, e incumple la disposición sanitaria treinta y cuatro barra seis. O algo así. Dani, que viajaba a España dos días más tarde, dijo que sí a todo, acojonado, creyendo que poner tierra de por medio bastaría para que se olvidara el asunto. Pero al regreso encontró una carta preguntándole si había «abordado» lo de subsanar las deficiencias señaladas. Respondió que sí -abordar, pensó con lógica, no significa eliminar ni resolver- y consultó mientras tanto con un abogado la manera de que se olvidaran de él, de la auditoría energética y de la madre que lo parió. Pero el asesor legal dijo que verdes las había segado. Que, según las ordenanzas neoyorkinas, podía ser denunciado por violar los códigos de vivienda, de incendios y de salud.
El consejo era que tragara.
El siguiente paso de Dani, que a esas alturas ya era presa del pánico y renegaba hasta de las energías alternativas, fue tirar cuantos papeles pudo, y esconder otros. Tuvo a una señora de la limpieza tres días en casa, buscando hasta el último grano de arroz escondido. Al cabo, el administrador regresó con sonrisa de zorro entrando en gallinero. Mucho mejor, dijo. Casi al noventa y nueve por ciento. Aunque lo ideal según las ordenanzas municipales, añadió con recochineo, es que no queden a la vista papeles en absoluto. En todo caso, no debe haber ni un solo papel ni libro en el suelo, ni tampoco sobresalir de las mesas ni estantes. Los bomberos, ya sabe. La normativa y todo eso. Haré otra inspección en tres meses; y por supuesto, espero que sea la última. En cuanto a lo de la auditoría energética que usted reclamaba para el edificio, desde luego, no hay ningún problema.
Aquí somos tan ecológicos como el que más. ¿No le parece?
Así que cuando quiera me llama, oiga. Y discutimos el asunto.

jueves, marzo 10, 2011

BORRASCAS PERFECTAS, de Arturo Pérez Reverte - 7.3.11

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor. En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises.
De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió.
Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo.
Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible.

miércoles, marzo 09, 2011

EL VIAJE EN SILENCIO, de Héctor Tellechea

“No seamos sectarios: la infancia puede ser el paraíso perdido, pero también puede ser un infierno de mierda”
                                                                                                                                    Mario Benedetti

¿Cómo era de noche, esa mañana?
El día comenzaba temprano.
El viaje te enviaba a la calle aún a oscuras, con las luces de la vereda prendidas, asomando entre las ramas sin hojas de los árboles, que se tocaban por encima de nuestras miradas formando un enrejado natural, proyectado sobre las veredas rotas por las raíces.
Nos sacudía el despertador sin angustiarnos.
Éramos chicos, y había cambiado la rutina de nuestra vida de pibes de barrio.
El día nos prometía nuevos encuentros, nuevas vivencias, nuevos desafíos, y a los trece años, nuestros viejos ya nos habían dado responsabilidades propias.
Nos habían modelado en esa mezcla de obligaciones, cariño compañero, rigor y perdón.
Así era entonces, y casi siempre era mejor que lo recibido por ellos en sus infancias.
Su impulso no era medroso, y su confianza era medida.
Entonces uno creía que todos vivíamos igual, que nuestras vidas de familia eran parecidas.
Luego, muy luego, fuimos viendo que cada casa era un mundo distinto, y que nadie lleva su intimidad a la calle.
Nos vestíamos rapidito y cruzábamos el patio hacia la cocina donde estaba el desayuno para calentar; mientras tanto, revisábamos que estuvieran todas las carpetas y libros para el día en la mesa del comedorcito diario.
La misma mesa donde a la noche habíamos completado los trabajos junto a mi madre, que zurcía medias o tejía para todos, mientras la radio nos conectaba con el resto.
El patio, el jardín y la puerta de hierro nos separaban visualmente de la calle.
Entonces, bajo la galería, yo esperaba los ruidos de los pasos que anunciaban la llegada del Flaco.
Ya estaba en camino cuando él golpeaba la chapa de color verde imperceptible, por la mañana - noche.
Tomábamos rumbo a Congreso, la avenida del barrio empedrado, y doblábamos en dirección a Cabildo, la grande, ancha, comercial: la del transporte.
Pasábamos por el claro donde faltaba un árbol frente a la casa de Enrique, el tucumano, el que había sacado Perón del ingenio esclavizante.
Mientras miraba el piso para no tropezar ni meterme en un charco, escucho que Salva me dice:

-Flaco, murió mi viejo. . . . .

Silencio, sacudón, incomprensión, duda, pregunta. . . .

¿Cuándo? ¿Dónde vivía?

-Ni sé bien. Hace mucho que no lo veía. Ni me acuerdo… Me llevaron al entierro…

¿Cómo era tu viejo?

¡Qué se yo! Casi no lo conocí, yo era chico.

¡Claro! Ahora éramos más grandes. . . .

Y nos apretó fuerte la noticia – confesión - angustia, refugio compartido por lo procurado.

Pero a mi me costó salir de la comparación con la presencia fuerte de mi viejo, para entrar en su realidad.
Travesía silenciosa. De un silencio expresivo…
Allí estaba el colectivo: subimos.
Sin embargo ese instante nos fundió, diría, para siempre.
Me mató su aparente fortaleza. Me enseñó la magnitud de los verdaderos problemas. Esos que algún día me invadirían de esa o tantas otras maneras.
Hoy, sostenidos con una mano del trampolín de la vida, con la red algo agujereada, nos trasladamos con la tecnología por el río del afecto, de la admiración que siempre le tuve y que se acrecienta con el paso de los años.

Como dice Borges mucho mejor que yo:

¡¡¡ FELIZ AÑO!!!!

No encontrarás en mí las soluciones para todos tus problemas.
No podré más que acompañarte en tus búsquedas y errores
y, especialmente, puedo escucharte y comprenderte.

No querré cambiar tus decisiones ni sus consecuencias,
pero estaré allí cada vez que me necesites.

No podré evitar que tropieces
Pero estaré allí para ofrecerte mi mano,
para que te sujetes a ella y vuelvas a levantarte.

Tus alegrías, éxitos y triunfos serán también míos
y por ello los disfrutaré profundamente,
sólo porque te veré feliz.

Tomarás decisiones en la vida
y estaré cerca para estimularte y ayudarte,
solamente si me lo pides.

La vida podrá alejarnos en la distancia
y no esperaré a que vuelvas,
porque estarás siempre a mi alcance.

Acompañaré tu sufrimiento cuando algún dolor te atraviese
y lloraré contigo sin que lo percibas, para atenuarlo
y apoyarte en mi fingida fortaleza.

Yo sé quién eres y qué puedes llegar a ser,
nos unen también nuestras diferencias
porque sabes bien quién soy:
¡nada menos que tu amigo!

Tengo conocidos y ocasionales compañeros,
pero menos amigos de lo que imaginaba,
son éstos los que lo demostraron,
sin necesidad de procurarlo.

Este día, como cualquier otro, uno piensa en sus amigos
y aparecen sin categorías ni diferencias.

La amistad, cosa extraña, es algo sin magnitudes comparables.
¡Sólo es!

Es la que ennoblece nuestra vida
y la nobleza tampoco tiene, patrones de medida.

Así lo expresó genialmente Jorge Luis Borges:

Hice lo que todo amigo: Oré…. y le agradecí a Dios que me haya dado la oportunidad
de tener un amigo como tú.
Era una oración de gratitud: Tú has dado valor a mi vida”.

Lo que sigue me impulsó un recuerdo.

-¿Viste qué fuerza tengo?- dijo papá después de estrellar su puño contra el vidrio de la ventana. Se envolvió la mano con un pañuelo para detener la sangre y agregó:
-Mamá se fue-
Unos días después Mamá volvió, y el que se fué, fue Papá…
Ella me sacó del colegio al que iba y me dejó en un internado de Avellaneda.
Salía los domingos.
A él casi no lo volví a ver.
Cuando tenía trece años me dijeron que se había muerto.
Arrojé un puñado de tierra sobre el ataúd de un extraño.
A ella la dejé ayer, en un geriátrico…