Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado: sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.
Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada, y singularmente remota, detrás del cigarrillo.
Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado.
Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental.
Recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre.
Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887...
Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será, acaso, el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes.
Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo, género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo.
Literato, cajetilla, porteño, Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras.
Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo ", No lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.
Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur; ya se enloquecían los árboles.
Yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe, oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto. Alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites.
Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco".
La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie, y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores.
Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado...
Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria, yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César, y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista.
Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84". Ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente.
La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g.
Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone: el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor.
Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana.
Esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito, llegué al segundo patio. Había una parra: la oscuridad pudo parecerme total.
Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo: esa voz hablaba en latín. Esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra: mi temor las creía indescifrables, interminables.
Después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo XXIV del libro VII de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria: las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba: creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo.
La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil. Yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato, que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez.
Con evidente buena fe se maravilló que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios: no me hizo caso.)
Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra.
Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española, que sólo había mirado una vez, y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples: cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero. No había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero.
Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente.
Lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio.
No sé cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me dijo: ni entonces ni después las he puesto en duda.
En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos. Es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas...
Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne.
Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo XVII postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo.
En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil.
Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez. Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero: Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.
Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres: nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano.
Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban (Repito que el menos importante de sus recuerdos, era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea: en esa dirección volvía la cara para dormir.
También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado.
Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868: me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides.
Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria. Me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR
En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)
miércoles, enero 12, 2011
CON PERMISO, de Mario Benedetti
Está prohibido escribir sobre cierta violencia, así que voy a hablar de la violencia permitida.
El violento autorizado asiste comprensivo y curioso a tus cartas de amor,
acaricia contigo los muslos de tu novia,
escucha tus murmullos, tus desfallecimientos.
Duro e infeliz, se introduce doméstico en tu casa
pobre gendarme de repente promovido al horror manoseador
de secretos y mayólicas, a veces ladroncito sin vocación
ni melancolía, recién llegado al crimen rico del miedo,
el violento autorizado ve con preocupación el camello
que pasa por el ojo de la aguja, y ordena un silencio sin fisuras,
para poder vociferarte en el oído,
su higiénico entusiasmo por la libertad
Deja el corazón en el hogar junto a los menos,
o en el apartamento de su hembrita tercera,
a fin de no comprometerlo cuando ultima
a los heridos de ojos abiertos.
El violento autorizado, poro a poro te odia, pero sobre todo
se aborrece a sí mismo, y como todavía no puede reconocerlo
sabe que en el espejo ha de encontrar, puntual,
su arcada indivisible su minifundio de vergüenza.
Tortura así, con la boca seca, malbaratando de ese modo
sus insomnios, y sabiendo, muy en el fondo, que todo
es una gran postergación inútil, porque la historia no es impaciente, pero mantiene sus ficheros al día.
El violento autorizado tiene una descomunal tijera
para cortar las orejas de la verdad, pero después,
no sabe qué hacer con ellas.
No entiende de símbolos, y lo bien que hace,
porque todo, las calles, las ventanas, los ojos, las paredes,
el cielo, los puños, los dientes, son mercados de símbolos,
son ferias donde el futuro se ofrece como pichincha inesperada.
El violento autorizado se mete en sus metales,
en sus fortalezas semovientes, en su noche expugnable,
pero como deja un huequito para respirar,
por ahí se cuela no la bala perdida, sino el guijarro.
Tiene miedo, y lo bien que hace…!!
El violento autorizado posee una formidable
computadora electrónica, capaz de informarle
qué violencia es buena y qué violencia es mala
y por eso prohíbe nombrar la violencia execrable.
La computadora por ejemplo advirtió que este poema
trataba de la violencia buena.
El violento autorizado asiste comprensivo y curioso a tus cartas de amor,
acaricia contigo los muslos de tu novia,
escucha tus murmullos, tus desfallecimientos.
Duro e infeliz, se introduce doméstico en tu casa
pobre gendarme de repente promovido al horror manoseador
de secretos y mayólicas, a veces ladroncito sin vocación
ni melancolía, recién llegado al crimen rico del miedo,
el violento autorizado ve con preocupación el camello
que pasa por el ojo de la aguja, y ordena un silencio sin fisuras,
para poder vociferarte en el oído,
su higiénico entusiasmo por la libertad
Deja el corazón en el hogar junto a los menos,
o en el apartamento de su hembrita tercera,
a fin de no comprometerlo cuando ultima
a los heridos de ojos abiertos.
El violento autorizado, poro a poro te odia, pero sobre todo
se aborrece a sí mismo, y como todavía no puede reconocerlo
sabe que en el espejo ha de encontrar, puntual,
su arcada indivisible su minifundio de vergüenza.
Tortura así, con la boca seca, malbaratando de ese modo
sus insomnios, y sabiendo, muy en el fondo, que todo
es una gran postergación inútil, porque la historia no es impaciente, pero mantiene sus ficheros al día.
El violento autorizado tiene una descomunal tijera
para cortar las orejas de la verdad, pero después,
no sabe qué hacer con ellas.
No entiende de símbolos, y lo bien que hace,
porque todo, las calles, las ventanas, los ojos, las paredes,
el cielo, los puños, los dientes, son mercados de símbolos,
son ferias donde el futuro se ofrece como pichincha inesperada.
El violento autorizado se mete en sus metales,
en sus fortalezas semovientes, en su noche expugnable,
pero como deja un huequito para respirar,
por ahí se cuela no la bala perdida, sino el guijarro.
Tiene miedo, y lo bien que hace…!!
El violento autorizado posee una formidable
computadora electrónica, capaz de informarle
qué violencia es buena y qué violencia es mala
y por eso prohíbe nombrar la violencia execrable.
La computadora por ejemplo advirtió que este poema
trataba de la violencia buena.
QUE ME PALPEN DE ARMAS, de Oscar Martínez (con música de Lito Vitale)
Creo en el amor como en la experiencia más maravillosa de la existencia, como generador de toda clase de alegrías. Y en el amor correspondido como la felicidad misma.
Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer, porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.
Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto.
La vida, por tanto, no me ha endurecido. Ese sea, tal vez, mi mayor logro.
Que me palpen de armas.
Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera...
Pero no me es fácil: me cuesta vivir a contratiempo con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo.
Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet.
Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo, y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida, el pavoneo de la insensatez, el triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda".
La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva, la idealización de lo superfluo, el asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.
Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio, desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: "Besen a sus hijos..!”
Escuchemos a esos hombres; sigámoslos.
Leamos a los poetas. No permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo: al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol, y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad.
Siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida.
Que la ferocidad no nos pueda el alma.
Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.
Besemos a los que amamos.
Amémonos..!!
Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer, porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.
Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto.
La vida, por tanto, no me ha endurecido. Ese sea, tal vez, mi mayor logro.
Que me palpen de armas.
Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera...
Pero no me es fácil: me cuesta vivir a contratiempo con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo.
Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet.
Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo, y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida, el pavoneo de la insensatez, el triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda".
La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva, la idealización de lo superfluo, el asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.
Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio, desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: "Besen a sus hijos..!”
Escuchemos a esos hombres; sigámoslos.
Leamos a los poetas. No permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo: al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol, y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad.
Siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida.
Que la ferocidad no nos pueda el alma.
Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.
Besemos a los que amamos.
Amémonos..!!
martes, diciembre 28, 2010
UN INMIGRANTE GALLEGO, NUESTRO ABUELO, de Héctor Alfredo Tellechea y Varela - 2/2001
Para un hombre que navega sus "sesenta y pico" en este 2000, resulta muy difícil imaginar seria e inteligentemente, el año 2016 o el 2032, es decir: el futuro más o menos cercano pero, el futuro mediato. Ello lo obliga a marchar hacia un horizonte más impredecible. A su edad, casi imposible de imaginar siquiera. Es así que, como en la letra del tango podremos decirle : " Estás desorientado y no sabés, qué trole hay que tomar para seguir…"
En cambio, a lo vivido se puede retornar cuantas veces uno se lo proponga, y recorrerlo minuciosamente cuantas veces uno quiera.
Además, en cada viaje hacia atrás se puede profundizar más y ver mejor.
Uno puede hacerlo apoyándose en una percepción enriquecida por la experiencia, y por otra parte, la sola y precaria virtud de haber ido recorriendo la vida, le habrá arrimado, seguramente, conocimientos que hoy le permiten volver a instancias del pasado, y comprender mejor cada hecho, cada circunstancia del mismo.
En nuestro caso y como casi todos los argentinos, somos descendientes de inmigrantes.
Esos inmigrantes que "apuntalaron el crecimiento del país " y por su parte, "se hicieron la América".
Algunos se la hicieron. A otros no les fue tan bien.
A ninguno le regalaron nada. A muchos los maltrataron meticulosamente. Aún, sus propios paisanos mejor posicionados socialmente. Algunos se hicieron argentinos. . . . . .
En su mayoría, lo fueron a través de su descendencia. Pero ninguno olvidó su ascendencia europea.
Algunos trajeron sus dramas, sus miedos, sus terrores a la persecución. A ellos les costó mucho más integrarse. Lucharon desesperadamente por conservar, en sus imaginarios e innecesarios "ghetos", su nacionalidad, su religión, sus costumbres, su sentimiento tribal.
Nuestro abuelo gallego llegó de muy chico, creo que con 14 años, y cuando mis hijos alcanzaron esa edad, al mirarlos, imaginaba la posibilidad de que esta humanidad de mierda nos obligara ahora a nosotros, a decidir como mejor alternativa, enviarlos a ellos lejos de nuestra casa, de nuestro medio, de nuestro amor, de su único e indivisible entorno conocido !
Allí comencé a medir la epopeya del inmigrante en general, y del "abuelo Varela" en particular.
Allí comencé a entender por qué trabajaba tanto. Y también, por qué ni me entendía él a mí, ni yo a él.
Claro, él no había tenido escuela. Había aprendido a leer en una imprenta, donde aterrizó por la comida y un colchón bajo el mostrador.
Si hasta debe haber aprendido primero a leer de atrás para adelante, porque el linotipista armaba las planchas con los tipos en ese sentido.
En mi época del secundario ¿cómo íbamos a entendernos ambos si yo no había trabajado nunca ? Sólo había ayudado poco y a regañadientes.
Si yo creía que les hacía un favor a mis padres al estudiar !!!
En cambio, para él, no importaba si yo hubiera cumplido bien o no con mi tarea: de todos modos, siempre decía: "tú sí que la pasas bien !!!"
Esos dichos ocasionaban en mí mucha bronca. Pensaba que era injusto. Y en alguna medida lo era. Pero lo cierto es que desde su dura experiencia personal, él sabía, y con razón, que se podía hacer más. Se debía hacer mucho más, y también que yo podía hacerlo, que debía hacerlo.
En los días en que pude estar cerca de él (que fueron pocos), viéndolo trabajar, no apreciaba cabalmente cuánto era su esfuerzo. Hoy, en mi recuerdo lejano y un tanto borroso, tengo sin embargo una mejor valoración de su labor y de su disposición natural al esfuerzo.
Por otra parte creo que él tampoco creyó nunca que realizaba algo excepcional.
En algún momento se encontró con un paisano de apellido Rey, que tenía una empresa de camiones con la que hacía mudanzas y transporte en general. Allí el abuelo puso el hombro.
Pero no literalmente: lo puso de verdad..!
Recuerdo que alguna vez me dijo que llevar una pesada carga en los hombros no era cuestión de fuerza: que antes que nada, era necesaria mucha habilidad.
Los chicos de hoy no saben qué tan grandes eran aquellos antiguos roperos de tres puertas, ni saben que para subir a un primer piso había que ascender dos tramos de casi treinta escalones cada uno, y con un descanso intermedio.
¡Ah, me olvidaba: muchas escaleras eran curvas, y los tramos volvían a girar enrollándose sobre sí mismos.
Cuando pudo instaló una despensa, y con la ayuda de su segunda esposa aumentó sus ingresos, pero él seguía en la mudadora, conduciendo los camiones, y en otros pesados menesteres.
No se cómo ni en qué momento, alquiló un puesto del mercado de la calle Australia, en Barracas. Desde allí en adelante comienzan mis recuerdos.
Con su hermana Manuela, trabajaban de lunes a sábado vendiendo cerdo, en largas jornadas que finalizaban a las 22 ó 23 horas.
El domingo, su día de descanso, muy temprano marchaba, con un albañil, a los terrenos comprados en loteos recientes y promisorios del Gran Buenos Aires. Villa Adelina era entonces, un descampado. La primera casa que construyó allí era la única de la manzana y estaba a unas seis cuadras de la estación del FFCC Belgrano, y a 15 del actual Acceso Norte, en el límite entre Vicente López y San Isidro. Desde ella, a través de los muchos baldíos, se veía la estación
Allí era simultáneamente director de obra, empresario y peón de aquél albañil.
Ese, era su día de descanso semanal..!!
También ése sería un día especialmente feliz, si en su corto recreo del almuerzo, entre pastones de mezcla y ladrillos llenos de esperanza, sentaba alrededor de una mesa de tablones en medio de la obra, a alguno de sus hijos o de sus nietos.
A la noche, demolido por el cansancio físico, pero vivo, muy vivo de valores espirituales y morales, recordaría Vilagarcía de Arousa, en las hermosas rías bajas de su Galicia natal, y la angustia de aquella separación irreversible.
Hay más cosas que van reapareciendo poco a poco.
Recién decía que trabajaba con su hermana, la tía Manuela, de la que ahora recién entiendo por qué decía mi vieja que había sido “su madre”.
Juntos habían llegado de España, juntos trabajaban hombro con hombro. Juntos siguieron cuando ella quedó sola con sus cuatro hijos, luego del fracaso de su matrimonio con un madrileño indolente, vividor y otras cosas.
Juntos siguieron cuando murió mi abuela María y el abuelo José volvió a casarse.
Criaron los chicos alambre de por medio en casas contiguas, “bancándose” entre otras cosas, las frecuentes inundaciones del río generador del trabajo portuario, y sus consecuencias “no deseadas”, como dirían en aquélla época, igual que ahora, los políticos “abuelos” de los actuales.
Juntos afrontaron otra vez la angustia. No la de la partida, sino la del desarraigo.
Esa puta angustia que es como un puño apretando en la boca del estómago, y que sólo puede entender quien la haya padecido.
Esa angustia, impulsora inquebrantable de los hombres y mujeres fuertes, pero demoledora impiadosa de los débiles.
Había otro hermano. Otro Varela: el tío Benito.
¿Cómo había llegado el tío Benito?
Él salió como marinero recorriendo el mundo, y cuando pasó por Buenos Aires allí se quedó.
Se quedó seguramente aferrado a sus hermanos. Aquí construyó su familia.
Trabajó en la Condal, una fábrica de cigarrillos, hasta su jubilación.
Aquél marinero de juventud aventurera echó tan fuertes raíces en su casa de la calle Patagones, que allí viven ahora sus nietos con sus bisnietos.
Allí, en ese mismo lugar que casi no se modificó, por más que el entorno ahora sea tan distinto.
De él no recuerdo casi nada, solamente que el tío Benito llegaba con sus hijos y nietos a las fiestas de la familia, y tenía una forma muy particular de retirarse: en cuanto la reunión decaía para su interés, pues “¿ya los había visto a todos, coño!”, buscaba silenciosamente la puerta de calle y se perdía en la noche, regresando a su casa.
Creo que casi nunca alguien recibió su saludo de despedida.
Esa despedida “a lo Benito”, fue siempre muy natural para todos los demás.
Volviendo atrás, a los primeros años del exilio, imagino aquellos inmigrantes, aquellos desarraigados. Imagino la ansiedad de esperar el barco que podría traer a los suyos. Y ante el milagro del reencuentro, el abrazo interminable, atenazando simultáneamente a su casa natal, a su paisaje entrañable, a su asumida y decente pobreza, a sus escaceses y al gallego amor de sus padres.
Ese amor gallego de los gestos mínimos, de los ojos brillantes y penetrantes, profundamente apuntados a los ojos del ser querido.
Explícito como el verbo de una obra de Casona.
Implícito y mudo como un cuadro de Goya.
En cambio, no necesito imaginar porque fui testigo, del escenario espectacular de una larga mesa en el patio de la calle Irala, con toda la familia, compuesta de corajudos inmigrantes, y sus hijos porteños y los nietos, y la esperanza de su ascenso social, (mi nieto el doctor), y el truco, y el mus, y la cerveza y el naranjín, y la algarabía y el respeto, y el cariño y los ausentes que quedaron en Galicia, y la tremenda duda de reencontrarlos vivos alguna vez…
Y el odio visceral al franquismo nazi, y su miedo al terror fascista encarnado en Perón, para los viejos.
Y la esperanza legítima de una mejor vida para los jóvenes, puesta justificadamente por “algunos muchos”, en el mismo hijo tipo.
Y Fioravanti en la radio con el fútbol.
Y River y Boca, los cuadros del barrio pobre y querido.
Querido a pesar de las inundaciones y el olor nauseabundo del Riachuelo y las curtiembres, y los chicos jugando a la pelota en la calle del empedrado desparejo, y los hijos más grandes con el tango.
Tango que recogió en la mesa familiar las nostalgias de los padres: nostalgia en las fotos de los abuelos que no conocieron, y alegría en las canciones gallegas, en sus bailes de los pies tan ágiles, y en las manos sujetando el vuelo de las polleras, y los dedos haciendo castañuelas y los ojos tan llenos de lágrimas.
Esas lágrimas con la policromía de la nostalgia – alegría - esperanza del incierto retorno.
Cada día más incierto y quizás, menos dramático.
Menos dramático porque iban echando raíces.
Débiles al comienzo, pero raíces: esas raíces eran los hijos argentinos, sus parejas y los primeros nietos.
El esperado regreso, cada día recuenta más cosas para abandonar acá…
El deseado regreso se transforma: pasa de “definitivo” a “regreso para verlos”, y retornar.
Pero retornar era ahora volver a América, no a Vilagarcía de Arousa...
La vida les cambió el centro de gravedad sin que se dieran cuenta..!!
Es que en Buenos Aires están los hijos, las nueras, los yernos, sus familias, los nietos...
Y ¡chau!
¡Chau Galicia, chau!
Esos gallegos me enseñaron, sin palabras casi, el deber y la felicidad infinita de hacer todo, todo lo que está a nuestro alcance por la familia, por cada uno de los integrantes de la familia. Y eso me prendió fuerte.
El eje y propulsor de ese conjunto de almas, inseparable e indestructible, fue ese gallego cazurro, buen jugador de mus, hábil para sobrevivir, inteligente para progresar, firme para decidir, responsable para asumir sus obligaciones y ejercer el poder indelegable de jefe indiscutido de su familia.
Porque él fue el claro ejemplo de algo que la vida me enseñó después: no se es jefe de familia y respetado como tal, por el mero hecho de sentarse en la cabecera de una mesa.
Donde él se sentaba, en cualquier lugar de la mesa familiar en que se ubicara, estaba la cabecera.
Otro rasgo importante de su personalidad lo percibí en el repaso de mis recuerdos, recién cuando entendí que poder reírse de uno mismo, es un claro rasgo de inteligencia y salud psicológica.
De él recuerdo algo que hoy, medio siglo después, sigue siendo el más inteligente y fino chiste de gallegos que escuché en mi vida.
El abuelo José decía que Dios creó a los gallegos, porque los burros no sabían subir escaleras.
Y por si todo esto fuera poco para mí, ya de muy grande, mi muy querido tío Juan, su hijo tan parecido, me refirió algo prolijamente guardado por toda aquella familia, en el cofre inviolable de sus conceptos tan férreos, tan férreos que…¡bueno!
Para explicarlo bien quisiera que nos ubiquemos en Buenos Aires de comienzos de siglo.
Nos costará imaginar aquella sociedad. Las relaciones entre la gente, las reuniones de las distintas etnias en sus distintos estratos sociales.
¿Cómo se juntaban los italianos, los turcos, los judíos, los gallegos, asturianos, catalanes, vascos, con su enorme necesidad de abrazarse a cualquier paisano, de encontrar en sus ojos o en sus recuerdos algún retazo de sus campiñas, de sus montañas, de sus poblados, de sus circunstancias anteriores a la emigración forzada por la miseria primero, y el franquismo – fascismo - nazismo después ?
Pero si la epopeya de aquéllos hombres es admirable, la de las mujeres es increíble…!
Despiadada para con ellas, la sociedad de la época era mucho más prejuiciosa y machista que hoy. ¡¡ Vaya descubrimiento!!
¿Qué hacía una mujer sola en el torbellino inmigratorio?
¡Cuánta fragilidad! ¡Qué enorme necesidad de protección!
¿Pero de quién? ¿Quién no se aprovecharía de la angustia de una mujer sola y desarraigada?
“Mi abuelo Varela" fue el hombre que se casó con una paisana de su pueblo, inmigrante como él, desamparada como él: mi abuela María.
María Sanchoyarto era madre soltera de mi madre, y él se casó con ella y le dió a mi vieja su apellido.
Como dije antes, mi abuela murió, y mi madre tenía sólo cuatro años, su hermano Juan tan sólo dos, y el abuelo José volvió a casarse con otra paisana del mismo pueblo, tuvo otro hijo que no tiene ningún lazo sanguíneo con mi madre (y por lo tanto ni conmigo ni con mis hermanos hijos y nietos, y no lo lamento)
Mi madre quedó muy marcada por todo aquello, pero lo sobrellevó porque Dios le dio un buen marido como mi padre, e hijos que la quieren mucho.
Ella tuvo una infancia muy conflictuada que la marcó para siempre, y no fue peor gracias a la tía Manuela, que reemplazó a su madre con el mismo amor que prodigó a sus hijos.
Mi vieja recién a los ochenta años pudo conocer, en una vieja foto que estuvo cruel y prolijamente escondida, el rostro, la figura de su mamá.
Hubo desencuentros que se superaron felizmente: la familia sigue siéndolo más que nunca, y Juan es, desde hace mucho, el eje maravilloso y ejemplar, a quién mi madre adora y nosotros también.
Gracias a todo esto yo también soy Varela. Soy nieto de José Varela.
Que no es poca cosa. . . . . ¡coño!
En cambio, a lo vivido se puede retornar cuantas veces uno se lo proponga, y recorrerlo minuciosamente cuantas veces uno quiera.
Además, en cada viaje hacia atrás se puede profundizar más y ver mejor.
Uno puede hacerlo apoyándose en una percepción enriquecida por la experiencia, y por otra parte, la sola y precaria virtud de haber ido recorriendo la vida, le habrá arrimado, seguramente, conocimientos que hoy le permiten volver a instancias del pasado, y comprender mejor cada hecho, cada circunstancia del mismo.
En nuestro caso y como casi todos los argentinos, somos descendientes de inmigrantes.
Esos inmigrantes que "apuntalaron el crecimiento del país " y por su parte, "se hicieron la América".
Algunos se la hicieron. A otros no les fue tan bien.
A ninguno le regalaron nada. A muchos los maltrataron meticulosamente. Aún, sus propios paisanos mejor posicionados socialmente. Algunos se hicieron argentinos. . . . . .
En su mayoría, lo fueron a través de su descendencia. Pero ninguno olvidó su ascendencia europea.
Algunos trajeron sus dramas, sus miedos, sus terrores a la persecución. A ellos les costó mucho más integrarse. Lucharon desesperadamente por conservar, en sus imaginarios e innecesarios "ghetos", su nacionalidad, su religión, sus costumbres, su sentimiento tribal.
Nuestro abuelo gallego llegó de muy chico, creo que con 14 años, y cuando mis hijos alcanzaron esa edad, al mirarlos, imaginaba la posibilidad de que esta humanidad de mierda nos obligara ahora a nosotros, a decidir como mejor alternativa, enviarlos a ellos lejos de nuestra casa, de nuestro medio, de nuestro amor, de su único e indivisible entorno conocido !
Allí comencé a medir la epopeya del inmigrante en general, y del "abuelo Varela" en particular.
Allí comencé a entender por qué trabajaba tanto. Y también, por qué ni me entendía él a mí, ni yo a él.
Claro, él no había tenido escuela. Había aprendido a leer en una imprenta, donde aterrizó por la comida y un colchón bajo el mostrador.
Si hasta debe haber aprendido primero a leer de atrás para adelante, porque el linotipista armaba las planchas con los tipos en ese sentido.
En mi época del secundario ¿cómo íbamos a entendernos ambos si yo no había trabajado nunca ? Sólo había ayudado poco y a regañadientes.
Si yo creía que les hacía un favor a mis padres al estudiar !!!
En cambio, para él, no importaba si yo hubiera cumplido bien o no con mi tarea: de todos modos, siempre decía: "tú sí que la pasas bien !!!"
Esos dichos ocasionaban en mí mucha bronca. Pensaba que era injusto. Y en alguna medida lo era. Pero lo cierto es que desde su dura experiencia personal, él sabía, y con razón, que se podía hacer más. Se debía hacer mucho más, y también que yo podía hacerlo, que debía hacerlo.
En los días en que pude estar cerca de él (que fueron pocos), viéndolo trabajar, no apreciaba cabalmente cuánto era su esfuerzo. Hoy, en mi recuerdo lejano y un tanto borroso, tengo sin embargo una mejor valoración de su labor y de su disposición natural al esfuerzo.
Por otra parte creo que él tampoco creyó nunca que realizaba algo excepcional.
En algún momento se encontró con un paisano de apellido Rey, que tenía una empresa de camiones con la que hacía mudanzas y transporte en general. Allí el abuelo puso el hombro.
Pero no literalmente: lo puso de verdad..!
Recuerdo que alguna vez me dijo que llevar una pesada carga en los hombros no era cuestión de fuerza: que antes que nada, era necesaria mucha habilidad.
Los chicos de hoy no saben qué tan grandes eran aquellos antiguos roperos de tres puertas, ni saben que para subir a un primer piso había que ascender dos tramos de casi treinta escalones cada uno, y con un descanso intermedio.
¡Ah, me olvidaba: muchas escaleras eran curvas, y los tramos volvían a girar enrollándose sobre sí mismos.
Cuando pudo instaló una despensa, y con la ayuda de su segunda esposa aumentó sus ingresos, pero él seguía en la mudadora, conduciendo los camiones, y en otros pesados menesteres.
No se cómo ni en qué momento, alquiló un puesto del mercado de la calle Australia, en Barracas. Desde allí en adelante comienzan mis recuerdos.
Con su hermana Manuela, trabajaban de lunes a sábado vendiendo cerdo, en largas jornadas que finalizaban a las 22 ó 23 horas.
El domingo, su día de descanso, muy temprano marchaba, con un albañil, a los terrenos comprados en loteos recientes y promisorios del Gran Buenos Aires. Villa Adelina era entonces, un descampado. La primera casa que construyó allí era la única de la manzana y estaba a unas seis cuadras de la estación del FFCC Belgrano, y a 15 del actual Acceso Norte, en el límite entre Vicente López y San Isidro. Desde ella, a través de los muchos baldíos, se veía la estación
Allí era simultáneamente director de obra, empresario y peón de aquél albañil.
Ese, era su día de descanso semanal..!!
También ése sería un día especialmente feliz, si en su corto recreo del almuerzo, entre pastones de mezcla y ladrillos llenos de esperanza, sentaba alrededor de una mesa de tablones en medio de la obra, a alguno de sus hijos o de sus nietos.
A la noche, demolido por el cansancio físico, pero vivo, muy vivo de valores espirituales y morales, recordaría Vilagarcía de Arousa, en las hermosas rías bajas de su Galicia natal, y la angustia de aquella separación irreversible.
Hay más cosas que van reapareciendo poco a poco.
Recién decía que trabajaba con su hermana, la tía Manuela, de la que ahora recién entiendo por qué decía mi vieja que había sido “su madre”.
Juntos habían llegado de España, juntos trabajaban hombro con hombro. Juntos siguieron cuando ella quedó sola con sus cuatro hijos, luego del fracaso de su matrimonio con un madrileño indolente, vividor y otras cosas.
Juntos siguieron cuando murió mi abuela María y el abuelo José volvió a casarse.
Criaron los chicos alambre de por medio en casas contiguas, “bancándose” entre otras cosas, las frecuentes inundaciones del río generador del trabajo portuario, y sus consecuencias “no deseadas”, como dirían en aquélla época, igual que ahora, los políticos “abuelos” de los actuales.
Juntos afrontaron otra vez la angustia. No la de la partida, sino la del desarraigo.
Esa puta angustia que es como un puño apretando en la boca del estómago, y que sólo puede entender quien la haya padecido.
Esa angustia, impulsora inquebrantable de los hombres y mujeres fuertes, pero demoledora impiadosa de los débiles.
Había otro hermano. Otro Varela: el tío Benito.
¿Cómo había llegado el tío Benito?
Él salió como marinero recorriendo el mundo, y cuando pasó por Buenos Aires allí se quedó.
Se quedó seguramente aferrado a sus hermanos. Aquí construyó su familia.
Trabajó en la Condal, una fábrica de cigarrillos, hasta su jubilación.
Aquél marinero de juventud aventurera echó tan fuertes raíces en su casa de la calle Patagones, que allí viven ahora sus nietos con sus bisnietos.
Allí, en ese mismo lugar que casi no se modificó, por más que el entorno ahora sea tan distinto.
De él no recuerdo casi nada, solamente que el tío Benito llegaba con sus hijos y nietos a las fiestas de la familia, y tenía una forma muy particular de retirarse: en cuanto la reunión decaía para su interés, pues “¿ya los había visto a todos, coño!”, buscaba silenciosamente la puerta de calle y se perdía en la noche, regresando a su casa.
Creo que casi nunca alguien recibió su saludo de despedida.
Esa despedida “a lo Benito”, fue siempre muy natural para todos los demás.
Volviendo atrás, a los primeros años del exilio, imagino aquellos inmigrantes, aquellos desarraigados. Imagino la ansiedad de esperar el barco que podría traer a los suyos. Y ante el milagro del reencuentro, el abrazo interminable, atenazando simultáneamente a su casa natal, a su paisaje entrañable, a su asumida y decente pobreza, a sus escaceses y al gallego amor de sus padres.
Ese amor gallego de los gestos mínimos, de los ojos brillantes y penetrantes, profundamente apuntados a los ojos del ser querido.
Explícito como el verbo de una obra de Casona.
Implícito y mudo como un cuadro de Goya.
En cambio, no necesito imaginar porque fui testigo, del escenario espectacular de una larga mesa en el patio de la calle Irala, con toda la familia, compuesta de corajudos inmigrantes, y sus hijos porteños y los nietos, y la esperanza de su ascenso social, (mi nieto el doctor), y el truco, y el mus, y la cerveza y el naranjín, y la algarabía y el respeto, y el cariño y los ausentes que quedaron en Galicia, y la tremenda duda de reencontrarlos vivos alguna vez…
Y el odio visceral al franquismo nazi, y su miedo al terror fascista encarnado en Perón, para los viejos.
Y la esperanza legítima de una mejor vida para los jóvenes, puesta justificadamente por “algunos muchos”, en el mismo hijo tipo.
Y Fioravanti en la radio con el fútbol.
Y River y Boca, los cuadros del barrio pobre y querido.
Querido a pesar de las inundaciones y el olor nauseabundo del Riachuelo y las curtiembres, y los chicos jugando a la pelota en la calle del empedrado desparejo, y los hijos más grandes con el tango.
Tango que recogió en la mesa familiar las nostalgias de los padres: nostalgia en las fotos de los abuelos que no conocieron, y alegría en las canciones gallegas, en sus bailes de los pies tan ágiles, y en las manos sujetando el vuelo de las polleras, y los dedos haciendo castañuelas y los ojos tan llenos de lágrimas.
Esas lágrimas con la policromía de la nostalgia – alegría - esperanza del incierto retorno.
Cada día más incierto y quizás, menos dramático.
Menos dramático porque iban echando raíces.
Débiles al comienzo, pero raíces: esas raíces eran los hijos argentinos, sus parejas y los primeros nietos.
El esperado regreso, cada día recuenta más cosas para abandonar acá…
El deseado regreso se transforma: pasa de “definitivo” a “regreso para verlos”, y retornar.
Pero retornar era ahora volver a América, no a Vilagarcía de Arousa...
La vida les cambió el centro de gravedad sin que se dieran cuenta..!!
Es que en Buenos Aires están los hijos, las nueras, los yernos, sus familias, los nietos...
Y ¡chau!
¡Chau Galicia, chau!
Esos gallegos me enseñaron, sin palabras casi, el deber y la felicidad infinita de hacer todo, todo lo que está a nuestro alcance por la familia, por cada uno de los integrantes de la familia. Y eso me prendió fuerte.
El eje y propulsor de ese conjunto de almas, inseparable e indestructible, fue ese gallego cazurro, buen jugador de mus, hábil para sobrevivir, inteligente para progresar, firme para decidir, responsable para asumir sus obligaciones y ejercer el poder indelegable de jefe indiscutido de su familia.
Porque él fue el claro ejemplo de algo que la vida me enseñó después: no se es jefe de familia y respetado como tal, por el mero hecho de sentarse en la cabecera de una mesa.
Donde él se sentaba, en cualquier lugar de la mesa familiar en que se ubicara, estaba la cabecera.
Otro rasgo importante de su personalidad lo percibí en el repaso de mis recuerdos, recién cuando entendí que poder reírse de uno mismo, es un claro rasgo de inteligencia y salud psicológica.
De él recuerdo algo que hoy, medio siglo después, sigue siendo el más inteligente y fino chiste de gallegos que escuché en mi vida.
El abuelo José decía que Dios creó a los gallegos, porque los burros no sabían subir escaleras.
Y por si todo esto fuera poco para mí, ya de muy grande, mi muy querido tío Juan, su hijo tan parecido, me refirió algo prolijamente guardado por toda aquella familia, en el cofre inviolable de sus conceptos tan férreos, tan férreos que…¡bueno!
Para explicarlo bien quisiera que nos ubiquemos en Buenos Aires de comienzos de siglo.
Nos costará imaginar aquella sociedad. Las relaciones entre la gente, las reuniones de las distintas etnias en sus distintos estratos sociales.
¿Cómo se juntaban los italianos, los turcos, los judíos, los gallegos, asturianos, catalanes, vascos, con su enorme necesidad de abrazarse a cualquier paisano, de encontrar en sus ojos o en sus recuerdos algún retazo de sus campiñas, de sus montañas, de sus poblados, de sus circunstancias anteriores a la emigración forzada por la miseria primero, y el franquismo – fascismo - nazismo después ?
Pero si la epopeya de aquéllos hombres es admirable, la de las mujeres es increíble…!
Despiadada para con ellas, la sociedad de la época era mucho más prejuiciosa y machista que hoy. ¡¡ Vaya descubrimiento!!
¿Qué hacía una mujer sola en el torbellino inmigratorio?
¡Cuánta fragilidad! ¡Qué enorme necesidad de protección!
¿Pero de quién? ¿Quién no se aprovecharía de la angustia de una mujer sola y desarraigada?
“Mi abuelo Varela" fue el hombre que se casó con una paisana de su pueblo, inmigrante como él, desamparada como él: mi abuela María.
María Sanchoyarto era madre soltera de mi madre, y él se casó con ella y le dió a mi vieja su apellido.
Como dije antes, mi abuela murió, y mi madre tenía sólo cuatro años, su hermano Juan tan sólo dos, y el abuelo José volvió a casarse con otra paisana del mismo pueblo, tuvo otro hijo que no tiene ningún lazo sanguíneo con mi madre (y por lo tanto ni conmigo ni con mis hermanos hijos y nietos, y no lo lamento)
Mi madre quedó muy marcada por todo aquello, pero lo sobrellevó porque Dios le dio un buen marido como mi padre, e hijos que la quieren mucho.
Ella tuvo una infancia muy conflictuada que la marcó para siempre, y no fue peor gracias a la tía Manuela, que reemplazó a su madre con el mismo amor que prodigó a sus hijos.
Mi vieja recién a los ochenta años pudo conocer, en una vieja foto que estuvo cruel y prolijamente escondida, el rostro, la figura de su mamá.
Hubo desencuentros que se superaron felizmente: la familia sigue siéndolo más que nunca, y Juan es, desde hace mucho, el eje maravilloso y ejemplar, a quién mi madre adora y nosotros también.
Gracias a todo esto yo también soy Varela. Soy nieto de José Varela.
Que no es poca cosa. . . . . ¡coño!
BOABDIL NO TENÍA MOTIVOS, de Arturo Pérez Reverte - 27/12/2010
No quiero que se vaya 2010, sin glosar un recorte de prensa que tengo sobre la mesa.
Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar, y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.
El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista, y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».
Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor, sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.
Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.
Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto.
Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo.
¿Motivos? ¿Reconquista de qué?
Más fácil para los chicos, imposible.
No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos.
Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna.
Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.
Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar, y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.
El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista, y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».
Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor, sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.
Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.
Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto.
Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo.
¿Motivos? ¿Reconquista de qué?
Más fácil para los chicos, imposible.
No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos.
Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna.
Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.
MIL DÍAS DE FUEGO Y OLVIDO, de Arturo Pérez Reverte - 20/12/2010
Acabo de leer un libro extraordinario. Un tocho enorme de tamaño folio y casi mil páginas. Requetés, se llama, y trata sobre la actuación de los voluntarios carlistas en la Guerra Civil. Lo abordé con reparos, pues los cruzados de la Causa nunca fueron santo de mi devoción. Cuando lees a Baroja y Valle Inclán de jovencito, hay fanatismos místico-castrenses que ya no te caen simpáticos nunca. Mucho menos cuando, mirando hacia atrás y hacia adelante, uno acaba comprendiendo el estrecho parentesco de aquellos curas de boina roja, que en el siglo XIX bendecían bayonetas antiliberales, con los curas vascos que, durante la última mitad del siglo XX, en otras sacristías que de algún modo son la misma, empollaron y siguen empollando el huevo asesino de la serpiente. Pastores de almas para los que, en el fondo, Josu Ternera y sus compadres, arrepentidos o sin arrepentir, no dejan de ser otra cosa que respetables generales carlistas.
Sin embargo, reconozco que Requetés ha sido una agradable sorpresa. Pese a los avales del prólogo de Stanley Payne y el epílogo de Hugh Thomas, lo abrí con cautela, esperando indigestión de rosario, escapulario y detente bala. Pero resulta que no. El libro, dotado de un despliegue fotográfico que por sí mismo lo convierte en documento extraordinario, es una minuciosa relación, con testimonios en primera persona, de cómo vivieron la guerra los combatientes de los tercios de requetés que en los más duros frentes de batalla lucharon contra la República. Testimonios, en su mayor parte -no mezclemos churras con merinas-, de gente que se partió la cara de igual a igual; no ratas de retaguardia, madrugada y tiro en la nuca. Que también los hubo.
No falta ideología en el libro, claro. Aquellos hombres y mujeres que vivieron la guerra en primera persona, tanto en los frentes como en los hospitales y en la retaguardia, añaden, a veces, su visión del mundo y de España. Pero eso suele ser secundario, y cede paso al caudal de hechos vividos, al relato de historias personales de trincheras, dolor y muerte, y también de solidaridad, compasión, camaradería y heroísmo. De 60.000 combatientes encuadrados en los tercios de requetés, 6.000 murieron en combate: uno de cada diez. Veteranos navarros, vascos, valencianos, catalanes, incluso andaluces, la mayor parte de los cuales no había cumplido entonces veinte años, cuentan con sobria naturalidad sus mil días de fuego, utilizados siempre como fuerzas de choque. Hombres al límite, en lugares donde todo se reducía a sobrevivir, matar o morir. Historias que en su mayor parte, motivos últimos al margen, podrían intercambiarse con las del otro bando: cuadrillas de amigos alistados en el mismo pueblo, muchachos de quince años que empuñaban el fusil junto a sus hermanos, padres y parientes. Desde la distancia del tiempo, abuelos que entonces fueron jóvenes vigorosos, a los que vemos en las fotos, todavía imberbes, pasando el brazo por encima del hombro de compañeros que se quedaron atrás para siempre, recuerdan con singular ecuanimidad sus peripecias entre amigos y enemigos. Y a menudo, el aliento de lo real estremece al lector-oyente como nunca podría hacerlo un relato ficticio de guerra o aventuras.
Lo que hace tan valioso Requetés es que Pablo Larraz y Víctor Sierra, sus autores, recogen esos testimonios y dejan el juicio último al lector. El libro plantea lo que, en mi opinión, es el único modo decente de alejar los fantasmas perversos de nuestra Guerra Civil: no juzgar a los protagonistas por sus ideas, sino por sus actos. En ese sentido, lo que hace aún más importante esta obra monumental es que casi todos los recuerdos provienen de hombres y mujeres muertos a poco de dar su testimonio. Eran los últimos carlistas supervivientes de la guerra, y habría sido una lástima que sus vidas se hubieran perdido para siempre en esta España analfabeta, oportunista, elemental, que confunde memoria histórica con rencor histórico.
Y es curioso: en Requetés no se reconoce a los vencedores, porque en realidad sus protagonistas no lo fueron. Tras utilizarlos como carne de cañón, el franquismo los relegó al olvido; y los ex combatientes carlistas ni siquiera se beneficiaron de los privilegios que la nueva casta nacional, dueña del cortijo, disfrutó sin límites. Quizá por eso, un aire triste, resignado, recorre las páginas del libro. Una melancolía encarnada a la perfección en la figura de ese pastor navarro que, mucho tiempo después, vuelto a sus ovejas tras jugarse la vida peleando durante tres años, no conserva otro privilegio que llevar en su pobre morral los prismáticos de un oficial del ejército rojo al que mató en la batalla del Ebro.
Sin embargo, reconozco que Requetés ha sido una agradable sorpresa. Pese a los avales del prólogo de Stanley Payne y el epílogo de Hugh Thomas, lo abrí con cautela, esperando indigestión de rosario, escapulario y detente bala. Pero resulta que no. El libro, dotado de un despliegue fotográfico que por sí mismo lo convierte en documento extraordinario, es una minuciosa relación, con testimonios en primera persona, de cómo vivieron la guerra los combatientes de los tercios de requetés que en los más duros frentes de batalla lucharon contra la República. Testimonios, en su mayor parte -no mezclemos churras con merinas-, de gente que se partió la cara de igual a igual; no ratas de retaguardia, madrugada y tiro en la nuca. Que también los hubo.
No falta ideología en el libro, claro. Aquellos hombres y mujeres que vivieron la guerra en primera persona, tanto en los frentes como en los hospitales y en la retaguardia, añaden, a veces, su visión del mundo y de España. Pero eso suele ser secundario, y cede paso al caudal de hechos vividos, al relato de historias personales de trincheras, dolor y muerte, y también de solidaridad, compasión, camaradería y heroísmo. De 60.000 combatientes encuadrados en los tercios de requetés, 6.000 murieron en combate: uno de cada diez. Veteranos navarros, vascos, valencianos, catalanes, incluso andaluces, la mayor parte de los cuales no había cumplido entonces veinte años, cuentan con sobria naturalidad sus mil días de fuego, utilizados siempre como fuerzas de choque. Hombres al límite, en lugares donde todo se reducía a sobrevivir, matar o morir. Historias que en su mayor parte, motivos últimos al margen, podrían intercambiarse con las del otro bando: cuadrillas de amigos alistados en el mismo pueblo, muchachos de quince años que empuñaban el fusil junto a sus hermanos, padres y parientes. Desde la distancia del tiempo, abuelos que entonces fueron jóvenes vigorosos, a los que vemos en las fotos, todavía imberbes, pasando el brazo por encima del hombro de compañeros que se quedaron atrás para siempre, recuerdan con singular ecuanimidad sus peripecias entre amigos y enemigos. Y a menudo, el aliento de lo real estremece al lector-oyente como nunca podría hacerlo un relato ficticio de guerra o aventuras.
Lo que hace tan valioso Requetés es que Pablo Larraz y Víctor Sierra, sus autores, recogen esos testimonios y dejan el juicio último al lector. El libro plantea lo que, en mi opinión, es el único modo decente de alejar los fantasmas perversos de nuestra Guerra Civil: no juzgar a los protagonistas por sus ideas, sino por sus actos. En ese sentido, lo que hace aún más importante esta obra monumental es que casi todos los recuerdos provienen de hombres y mujeres muertos a poco de dar su testimonio. Eran los últimos carlistas supervivientes de la guerra, y habría sido una lástima que sus vidas se hubieran perdido para siempre en esta España analfabeta, oportunista, elemental, que confunde memoria histórica con rencor histórico.
Y es curioso: en Requetés no se reconoce a los vencedores, porque en realidad sus protagonistas no lo fueron. Tras utilizarlos como carne de cañón, el franquismo los relegó al olvido; y los ex combatientes carlistas ni siquiera se beneficiaron de los privilegios que la nueva casta nacional, dueña del cortijo, disfrutó sin límites. Quizá por eso, un aire triste, resignado, recorre las páginas del libro. Una melancolía encarnada a la perfección en la figura de ese pastor navarro que, mucho tiempo después, vuelto a sus ovejas tras jugarse la vida peleando durante tres años, no conserva otro privilegio que llevar en su pobre morral los prismáticos de un oficial del ejército rojo al que mató en la batalla del Ebro.
FRASE HISTÓRICA, de L.A.Spinetta (gracias Goli..!!)
"Toda forma de belleza pretende reproducir los sentimientos de la vida en el paraíso. EL ROCK es justamente la sensación que representa aquellos sentimientos de los habitantes del paraíso en el momento preciso en que fueron condenados a abandonar la supuesta perfección. Gracias por venir de tan lejos. Recuerden que cada butaca tajeada y cada pucho que se quema en la alfombra es una sala más que se cierra a la música de rock."
(De un programa que anuncia un recital de "Pescada Rabioso" y pertenece a Luis Alberto Spinetta.)
"Me acuerdo de haber visto este programa en una revista Pelo, más o menos del año 1972, en esa época se estilaba esribir este tipo de frases en los programas o hacer un dibujo (Emilio del Guercio era un gran dibujante), o poner las letras de las canciones"
(De un programa que anuncia un recital de "Pescada Rabioso" y pertenece a Luis Alberto Spinetta.)
"Me acuerdo de haber visto este programa en una revista Pelo, más o menos del año 1972, en esa época se estilaba esribir este tipo de frases en los programas o hacer un dibujo (Emilio del Guercio era un gran dibujante), o poner las letras de las canciones"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)