Está prohibido escribir sobre cierta violencia, así que voy a hablar de la violencia permitida.
El violento autorizado asiste comprensivo y curioso a tus cartas de amor,
acaricia contigo los muslos de tu novia,
escucha tus murmullos, tus desfallecimientos.
Duro e infeliz, se introduce doméstico en tu casa
pobre gendarme de repente promovido al horror manoseador
de secretos y mayólicas, a veces ladroncito sin vocación
ni melancolía, recién llegado al crimen rico del miedo,
el violento autorizado ve con preocupación el camello
que pasa por el ojo de la aguja, y ordena un silencio sin fisuras,
para poder vociferarte en el oído,
su higiénico entusiasmo por la libertad
Deja el corazón en el hogar junto a los menos,
o en el apartamento de su hembrita tercera,
a fin de no comprometerlo cuando ultima
a los heridos de ojos abiertos.
El violento autorizado, poro a poro te odia, pero sobre todo
se aborrece a sí mismo, y como todavía no puede reconocerlo
sabe que en el espejo ha de encontrar, puntual,
su arcada indivisible su minifundio de vergüenza.
Tortura así, con la boca seca, malbaratando de ese modo
sus insomnios, y sabiendo, muy en el fondo, que todo
es una gran postergación inútil, porque la historia no es impaciente, pero mantiene sus ficheros al día.
El violento autorizado tiene una descomunal tijera
para cortar las orejas de la verdad, pero después,
no sabe qué hacer con ellas.
No entiende de símbolos, y lo bien que hace,
porque todo, las calles, las ventanas, los ojos, las paredes,
el cielo, los puños, los dientes, son mercados de símbolos,
son ferias donde el futuro se ofrece como pichincha inesperada.
El violento autorizado se mete en sus metales,
en sus fortalezas semovientes, en su noche expugnable,
pero como deja un huequito para respirar,
por ahí se cuela no la bala perdida, sino el guijarro.
Tiene miedo, y lo bien que hace…!!
El violento autorizado posee una formidable
computadora electrónica, capaz de informarle
qué violencia es buena y qué violencia es mala
y por eso prohíbe nombrar la violencia execrable.
La computadora por ejemplo advirtió que este poema
trataba de la violencia buena.
NUEVO ESPACIO PARA COMPARTIR
En esta foto se ven las montañas "abriendo sus puertas" para que entre la ruta y el río juntos al pueblo, quizás el más lindo de la Argentina, colgado al pie de esa piedra impresionante que es el cerro Fitz Roy.
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)
Ese pueblo que nos invita a pasar es El Chaltén, en la patagónica Santa Cruz.
Esta página, es como esa puerta, que permite mirar en el lugar en que subo algunas de las cosas de mi archivo personal, que me acompaña a todas partes. La mayor parte de ellas, pertenecen a otra gente; otras, las menos, son propias.
Algunas, a algunos cercanos a mi vida, a mis afectos. A una parte de ellas, algunos hábiles talentosos les han puesto música.
Otras no la precisan.
Seguiré buscando y subiendo otras cosas por allí, nuevas y no tanto, las que de a poco se irán haciendo mías también.
Espero que las disfruten tanto como las disfruto yo.
Y si quieren subir algún comentario, será bienvenido..!
(rt)
miércoles, enero 12, 2011
QUE ME PALPEN DE ARMAS, de Oscar Martínez (con música de Lito Vitale)
Creo en el amor como en la experiencia más maravillosa de la existencia, como generador de toda clase de alegrías. Y en el amor correspondido como la felicidad misma.
Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer, porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.
Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto.
La vida, por tanto, no me ha endurecido. Ese sea, tal vez, mi mayor logro.
Que me palpen de armas.
Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera...
Pero no me es fácil: me cuesta vivir a contratiempo con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo.
Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet.
Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo, y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida, el pavoneo de la insensatez, el triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda".
La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva, la idealización de lo superfluo, el asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.
Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio, desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: "Besen a sus hijos..!”
Escuchemos a esos hombres; sigámoslos.
Leamos a los poetas. No permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo: al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol, y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad.
Siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida.
Que la ferocidad no nos pueda el alma.
Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.
Besemos a los que amamos.
Amémonos..!!
Pero no fui educado para él, ni para la felicidad, ni para el placer, porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone.
Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una transgresión, una desobediencia debida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se es muerto.
La vida, por tanto, no me ha endurecido. Ese sea, tal vez, mi mayor logro.
Que me palpen de armas.
Dejo a un lado, si es que alguna vez tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito.
No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la necedad o la ceguera...
Pero no me es fácil: me cuesta vivir a contratiempo con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones.
No entiendo al mundo.
Me parece, como dice Serrat, que ha caído en manos de unos locos con carnet.
Me siento ajeno a la debacle, pero en el medio de ella. Mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo, y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo en el medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar.
Me desazona la banalización de la vida, el pavoneo de la insensatez, el triunfo de la prepotencia y de la ostentación. La deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del "sálvese quien pueda".
La práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva, la idealización de lo superfluo, el asesinato de la inocencia. El descuido suicida de lo poco que merecía nuestro mayor esmero. El desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición.
Me conmovió, no hace tanto, que el cosmólogo Sagan, en un artículo extenso escrito como desde un punto perdido en el infinito del espacio, desde el cual el mundo se observa como una bolita cachuza, terminara diciéndonos: "Besen a sus hijos..!”
Escuchemos a esos hombres; sigámoslos.
Leamos a los poetas. No permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia.
La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo: al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol, y arrullados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad.
Siempre y cuando seamos capaces de apreciar esa gloria, mientras nos sea posible de reconocer en ella nuestra mayor riqueza.
Que la muerte no nos hiera en vida.
Que la ferocidad no nos pueda el alma.
Que nada troque nuestra dicha de estar despiertos.
Que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante.
Besemos a los que amamos.
Amémonos..!!
martes, diciembre 28, 2010
UN INMIGRANTE GALLEGO, NUESTRO ABUELO, de Héctor Alfredo Tellechea y Varela - 2/2001
Para un hombre que navega sus "sesenta y pico" en este 2000, resulta muy difícil imaginar seria e inteligentemente, el año 2016 o el 2032, es decir: el futuro más o menos cercano pero, el futuro mediato. Ello lo obliga a marchar hacia un horizonte más impredecible. A su edad, casi imposible de imaginar siquiera. Es así que, como en la letra del tango podremos decirle : " Estás desorientado y no sabés, qué trole hay que tomar para seguir…"
En cambio, a lo vivido se puede retornar cuantas veces uno se lo proponga, y recorrerlo minuciosamente cuantas veces uno quiera.
Además, en cada viaje hacia atrás se puede profundizar más y ver mejor.
Uno puede hacerlo apoyándose en una percepción enriquecida por la experiencia, y por otra parte, la sola y precaria virtud de haber ido recorriendo la vida, le habrá arrimado, seguramente, conocimientos que hoy le permiten volver a instancias del pasado, y comprender mejor cada hecho, cada circunstancia del mismo.
En nuestro caso y como casi todos los argentinos, somos descendientes de inmigrantes.
Esos inmigrantes que "apuntalaron el crecimiento del país " y por su parte, "se hicieron la América".
Algunos se la hicieron. A otros no les fue tan bien.
A ninguno le regalaron nada. A muchos los maltrataron meticulosamente. Aún, sus propios paisanos mejor posicionados socialmente. Algunos se hicieron argentinos. . . . . .
En su mayoría, lo fueron a través de su descendencia. Pero ninguno olvidó su ascendencia europea.
Algunos trajeron sus dramas, sus miedos, sus terrores a la persecución. A ellos les costó mucho más integrarse. Lucharon desesperadamente por conservar, en sus imaginarios e innecesarios "ghetos", su nacionalidad, su religión, sus costumbres, su sentimiento tribal.
Nuestro abuelo gallego llegó de muy chico, creo que con 14 años, y cuando mis hijos alcanzaron esa edad, al mirarlos, imaginaba la posibilidad de que esta humanidad de mierda nos obligara ahora a nosotros, a decidir como mejor alternativa, enviarlos a ellos lejos de nuestra casa, de nuestro medio, de nuestro amor, de su único e indivisible entorno conocido !
Allí comencé a medir la epopeya del inmigrante en general, y del "abuelo Varela" en particular.
Allí comencé a entender por qué trabajaba tanto. Y también, por qué ni me entendía él a mí, ni yo a él.
Claro, él no había tenido escuela. Había aprendido a leer en una imprenta, donde aterrizó por la comida y un colchón bajo el mostrador.
Si hasta debe haber aprendido primero a leer de atrás para adelante, porque el linotipista armaba las planchas con los tipos en ese sentido.
En mi época del secundario ¿cómo íbamos a entendernos ambos si yo no había trabajado nunca ? Sólo había ayudado poco y a regañadientes.
Si yo creía que les hacía un favor a mis padres al estudiar !!!
En cambio, para él, no importaba si yo hubiera cumplido bien o no con mi tarea: de todos modos, siempre decía: "tú sí que la pasas bien !!!"
Esos dichos ocasionaban en mí mucha bronca. Pensaba que era injusto. Y en alguna medida lo era. Pero lo cierto es que desde su dura experiencia personal, él sabía, y con razón, que se podía hacer más. Se debía hacer mucho más, y también que yo podía hacerlo, que debía hacerlo.
En los días en que pude estar cerca de él (que fueron pocos), viéndolo trabajar, no apreciaba cabalmente cuánto era su esfuerzo. Hoy, en mi recuerdo lejano y un tanto borroso, tengo sin embargo una mejor valoración de su labor y de su disposición natural al esfuerzo.
Por otra parte creo que él tampoco creyó nunca que realizaba algo excepcional.
En algún momento se encontró con un paisano de apellido Rey, que tenía una empresa de camiones con la que hacía mudanzas y transporte en general. Allí el abuelo puso el hombro.
Pero no literalmente: lo puso de verdad..!
Recuerdo que alguna vez me dijo que llevar una pesada carga en los hombros no era cuestión de fuerza: que antes que nada, era necesaria mucha habilidad.
Los chicos de hoy no saben qué tan grandes eran aquellos antiguos roperos de tres puertas, ni saben que para subir a un primer piso había que ascender dos tramos de casi treinta escalones cada uno, y con un descanso intermedio.
¡Ah, me olvidaba: muchas escaleras eran curvas, y los tramos volvían a girar enrollándose sobre sí mismos.
Cuando pudo instaló una despensa, y con la ayuda de su segunda esposa aumentó sus ingresos, pero él seguía en la mudadora, conduciendo los camiones, y en otros pesados menesteres.
No se cómo ni en qué momento, alquiló un puesto del mercado de la calle Australia, en Barracas. Desde allí en adelante comienzan mis recuerdos.
Con su hermana Manuela, trabajaban de lunes a sábado vendiendo cerdo, en largas jornadas que finalizaban a las 22 ó 23 horas.
El domingo, su día de descanso, muy temprano marchaba, con un albañil, a los terrenos comprados en loteos recientes y promisorios del Gran Buenos Aires. Villa Adelina era entonces, un descampado. La primera casa que construyó allí era la única de la manzana y estaba a unas seis cuadras de la estación del FFCC Belgrano, y a 15 del actual Acceso Norte, en el límite entre Vicente López y San Isidro. Desde ella, a través de los muchos baldíos, se veía la estación
Allí era simultáneamente director de obra, empresario y peón de aquél albañil.
Ese, era su día de descanso semanal..!!
También ése sería un día especialmente feliz, si en su corto recreo del almuerzo, entre pastones de mezcla y ladrillos llenos de esperanza, sentaba alrededor de una mesa de tablones en medio de la obra, a alguno de sus hijos o de sus nietos.
A la noche, demolido por el cansancio físico, pero vivo, muy vivo de valores espirituales y morales, recordaría Vilagarcía de Arousa, en las hermosas rías bajas de su Galicia natal, y la angustia de aquella separación irreversible.
Hay más cosas que van reapareciendo poco a poco.
Recién decía que trabajaba con su hermana, la tía Manuela, de la que ahora recién entiendo por qué decía mi vieja que había sido “su madre”.
Juntos habían llegado de España, juntos trabajaban hombro con hombro. Juntos siguieron cuando ella quedó sola con sus cuatro hijos, luego del fracaso de su matrimonio con un madrileño indolente, vividor y otras cosas.
Juntos siguieron cuando murió mi abuela María y el abuelo José volvió a casarse.
Criaron los chicos alambre de por medio en casas contiguas, “bancándose” entre otras cosas, las frecuentes inundaciones del río generador del trabajo portuario, y sus consecuencias “no deseadas”, como dirían en aquélla época, igual que ahora, los políticos “abuelos” de los actuales.
Juntos afrontaron otra vez la angustia. No la de la partida, sino la del desarraigo.
Esa puta angustia que es como un puño apretando en la boca del estómago, y que sólo puede entender quien la haya padecido.
Esa angustia, impulsora inquebrantable de los hombres y mujeres fuertes, pero demoledora impiadosa de los débiles.
Había otro hermano. Otro Varela: el tío Benito.
¿Cómo había llegado el tío Benito?
Él salió como marinero recorriendo el mundo, y cuando pasó por Buenos Aires allí se quedó.
Se quedó seguramente aferrado a sus hermanos. Aquí construyó su familia.
Trabajó en la Condal, una fábrica de cigarrillos, hasta su jubilación.
Aquél marinero de juventud aventurera echó tan fuertes raíces en su casa de la calle Patagones, que allí viven ahora sus nietos con sus bisnietos.
Allí, en ese mismo lugar que casi no se modificó, por más que el entorno ahora sea tan distinto.
De él no recuerdo casi nada, solamente que el tío Benito llegaba con sus hijos y nietos a las fiestas de la familia, y tenía una forma muy particular de retirarse: en cuanto la reunión decaía para su interés, pues “¿ya los había visto a todos, coño!”, buscaba silenciosamente la puerta de calle y se perdía en la noche, regresando a su casa.
Creo que casi nunca alguien recibió su saludo de despedida.
Esa despedida “a lo Benito”, fue siempre muy natural para todos los demás.
Volviendo atrás, a los primeros años del exilio, imagino aquellos inmigrantes, aquellos desarraigados. Imagino la ansiedad de esperar el barco que podría traer a los suyos. Y ante el milagro del reencuentro, el abrazo interminable, atenazando simultáneamente a su casa natal, a su paisaje entrañable, a su asumida y decente pobreza, a sus escaceses y al gallego amor de sus padres.
Ese amor gallego de los gestos mínimos, de los ojos brillantes y penetrantes, profundamente apuntados a los ojos del ser querido.
Explícito como el verbo de una obra de Casona.
Implícito y mudo como un cuadro de Goya.
En cambio, no necesito imaginar porque fui testigo, del escenario espectacular de una larga mesa en el patio de la calle Irala, con toda la familia, compuesta de corajudos inmigrantes, y sus hijos porteños y los nietos, y la esperanza de su ascenso social, (mi nieto el doctor), y el truco, y el mus, y la cerveza y el naranjín, y la algarabía y el respeto, y el cariño y los ausentes que quedaron en Galicia, y la tremenda duda de reencontrarlos vivos alguna vez…
Y el odio visceral al franquismo nazi, y su miedo al terror fascista encarnado en Perón, para los viejos.
Y la esperanza legítima de una mejor vida para los jóvenes, puesta justificadamente por “algunos muchos”, en el mismo hijo tipo.
Y Fioravanti en la radio con el fútbol.
Y River y Boca, los cuadros del barrio pobre y querido.
Querido a pesar de las inundaciones y el olor nauseabundo del Riachuelo y las curtiembres, y los chicos jugando a la pelota en la calle del empedrado desparejo, y los hijos más grandes con el tango.
Tango que recogió en la mesa familiar las nostalgias de los padres: nostalgia en las fotos de los abuelos que no conocieron, y alegría en las canciones gallegas, en sus bailes de los pies tan ágiles, y en las manos sujetando el vuelo de las polleras, y los dedos haciendo castañuelas y los ojos tan llenos de lágrimas.
Esas lágrimas con la policromía de la nostalgia – alegría - esperanza del incierto retorno.
Cada día más incierto y quizás, menos dramático.
Menos dramático porque iban echando raíces.
Débiles al comienzo, pero raíces: esas raíces eran los hijos argentinos, sus parejas y los primeros nietos.
El esperado regreso, cada día recuenta más cosas para abandonar acá…
El deseado regreso se transforma: pasa de “definitivo” a “regreso para verlos”, y retornar.
Pero retornar era ahora volver a América, no a Vilagarcía de Arousa...
La vida les cambió el centro de gravedad sin que se dieran cuenta..!!
Es que en Buenos Aires están los hijos, las nueras, los yernos, sus familias, los nietos...
Y ¡chau!
¡Chau Galicia, chau!
Esos gallegos me enseñaron, sin palabras casi, el deber y la felicidad infinita de hacer todo, todo lo que está a nuestro alcance por la familia, por cada uno de los integrantes de la familia. Y eso me prendió fuerte.
El eje y propulsor de ese conjunto de almas, inseparable e indestructible, fue ese gallego cazurro, buen jugador de mus, hábil para sobrevivir, inteligente para progresar, firme para decidir, responsable para asumir sus obligaciones y ejercer el poder indelegable de jefe indiscutido de su familia.
Porque él fue el claro ejemplo de algo que la vida me enseñó después: no se es jefe de familia y respetado como tal, por el mero hecho de sentarse en la cabecera de una mesa.
Donde él se sentaba, en cualquier lugar de la mesa familiar en que se ubicara, estaba la cabecera.
Otro rasgo importante de su personalidad lo percibí en el repaso de mis recuerdos, recién cuando entendí que poder reírse de uno mismo, es un claro rasgo de inteligencia y salud psicológica.
De él recuerdo algo que hoy, medio siglo después, sigue siendo el más inteligente y fino chiste de gallegos que escuché en mi vida.
El abuelo José decía que Dios creó a los gallegos, porque los burros no sabían subir escaleras.
Y por si todo esto fuera poco para mí, ya de muy grande, mi muy querido tío Juan, su hijo tan parecido, me refirió algo prolijamente guardado por toda aquella familia, en el cofre inviolable de sus conceptos tan férreos, tan férreos que…¡bueno!
Para explicarlo bien quisiera que nos ubiquemos en Buenos Aires de comienzos de siglo.
Nos costará imaginar aquella sociedad. Las relaciones entre la gente, las reuniones de las distintas etnias en sus distintos estratos sociales.
¿Cómo se juntaban los italianos, los turcos, los judíos, los gallegos, asturianos, catalanes, vascos, con su enorme necesidad de abrazarse a cualquier paisano, de encontrar en sus ojos o en sus recuerdos algún retazo de sus campiñas, de sus montañas, de sus poblados, de sus circunstancias anteriores a la emigración forzada por la miseria primero, y el franquismo – fascismo - nazismo después ?
Pero si la epopeya de aquéllos hombres es admirable, la de las mujeres es increíble…!
Despiadada para con ellas, la sociedad de la época era mucho más prejuiciosa y machista que hoy. ¡¡ Vaya descubrimiento!!
¿Qué hacía una mujer sola en el torbellino inmigratorio?
¡Cuánta fragilidad! ¡Qué enorme necesidad de protección!
¿Pero de quién? ¿Quién no se aprovecharía de la angustia de una mujer sola y desarraigada?
“Mi abuelo Varela" fue el hombre que se casó con una paisana de su pueblo, inmigrante como él, desamparada como él: mi abuela María.
María Sanchoyarto era madre soltera de mi madre, y él se casó con ella y le dió a mi vieja su apellido.
Como dije antes, mi abuela murió, y mi madre tenía sólo cuatro años, su hermano Juan tan sólo dos, y el abuelo José volvió a casarse con otra paisana del mismo pueblo, tuvo otro hijo que no tiene ningún lazo sanguíneo con mi madre (y por lo tanto ni conmigo ni con mis hermanos hijos y nietos, y no lo lamento)
Mi madre quedó muy marcada por todo aquello, pero lo sobrellevó porque Dios le dio un buen marido como mi padre, e hijos que la quieren mucho.
Ella tuvo una infancia muy conflictuada que la marcó para siempre, y no fue peor gracias a la tía Manuela, que reemplazó a su madre con el mismo amor que prodigó a sus hijos.
Mi vieja recién a los ochenta años pudo conocer, en una vieja foto que estuvo cruel y prolijamente escondida, el rostro, la figura de su mamá.
Hubo desencuentros que se superaron felizmente: la familia sigue siéndolo más que nunca, y Juan es, desde hace mucho, el eje maravilloso y ejemplar, a quién mi madre adora y nosotros también.
Gracias a todo esto yo también soy Varela. Soy nieto de José Varela.
Que no es poca cosa. . . . . ¡coño!
En cambio, a lo vivido se puede retornar cuantas veces uno se lo proponga, y recorrerlo minuciosamente cuantas veces uno quiera.
Además, en cada viaje hacia atrás se puede profundizar más y ver mejor.
Uno puede hacerlo apoyándose en una percepción enriquecida por la experiencia, y por otra parte, la sola y precaria virtud de haber ido recorriendo la vida, le habrá arrimado, seguramente, conocimientos que hoy le permiten volver a instancias del pasado, y comprender mejor cada hecho, cada circunstancia del mismo.
En nuestro caso y como casi todos los argentinos, somos descendientes de inmigrantes.
Esos inmigrantes que "apuntalaron el crecimiento del país " y por su parte, "se hicieron la América".
Algunos se la hicieron. A otros no les fue tan bien.
A ninguno le regalaron nada. A muchos los maltrataron meticulosamente. Aún, sus propios paisanos mejor posicionados socialmente. Algunos se hicieron argentinos. . . . . .
En su mayoría, lo fueron a través de su descendencia. Pero ninguno olvidó su ascendencia europea.
Algunos trajeron sus dramas, sus miedos, sus terrores a la persecución. A ellos les costó mucho más integrarse. Lucharon desesperadamente por conservar, en sus imaginarios e innecesarios "ghetos", su nacionalidad, su religión, sus costumbres, su sentimiento tribal.
Nuestro abuelo gallego llegó de muy chico, creo que con 14 años, y cuando mis hijos alcanzaron esa edad, al mirarlos, imaginaba la posibilidad de que esta humanidad de mierda nos obligara ahora a nosotros, a decidir como mejor alternativa, enviarlos a ellos lejos de nuestra casa, de nuestro medio, de nuestro amor, de su único e indivisible entorno conocido !
Allí comencé a medir la epopeya del inmigrante en general, y del "abuelo Varela" en particular.
Allí comencé a entender por qué trabajaba tanto. Y también, por qué ni me entendía él a mí, ni yo a él.
Claro, él no había tenido escuela. Había aprendido a leer en una imprenta, donde aterrizó por la comida y un colchón bajo el mostrador.
Si hasta debe haber aprendido primero a leer de atrás para adelante, porque el linotipista armaba las planchas con los tipos en ese sentido.
En mi época del secundario ¿cómo íbamos a entendernos ambos si yo no había trabajado nunca ? Sólo había ayudado poco y a regañadientes.
Si yo creía que les hacía un favor a mis padres al estudiar !!!
En cambio, para él, no importaba si yo hubiera cumplido bien o no con mi tarea: de todos modos, siempre decía: "tú sí que la pasas bien !!!"
Esos dichos ocasionaban en mí mucha bronca. Pensaba que era injusto. Y en alguna medida lo era. Pero lo cierto es que desde su dura experiencia personal, él sabía, y con razón, que se podía hacer más. Se debía hacer mucho más, y también que yo podía hacerlo, que debía hacerlo.
En los días en que pude estar cerca de él (que fueron pocos), viéndolo trabajar, no apreciaba cabalmente cuánto era su esfuerzo. Hoy, en mi recuerdo lejano y un tanto borroso, tengo sin embargo una mejor valoración de su labor y de su disposición natural al esfuerzo.
Por otra parte creo que él tampoco creyó nunca que realizaba algo excepcional.
En algún momento se encontró con un paisano de apellido Rey, que tenía una empresa de camiones con la que hacía mudanzas y transporte en general. Allí el abuelo puso el hombro.
Pero no literalmente: lo puso de verdad..!
Recuerdo que alguna vez me dijo que llevar una pesada carga en los hombros no era cuestión de fuerza: que antes que nada, era necesaria mucha habilidad.
Los chicos de hoy no saben qué tan grandes eran aquellos antiguos roperos de tres puertas, ni saben que para subir a un primer piso había que ascender dos tramos de casi treinta escalones cada uno, y con un descanso intermedio.
¡Ah, me olvidaba: muchas escaleras eran curvas, y los tramos volvían a girar enrollándose sobre sí mismos.
Cuando pudo instaló una despensa, y con la ayuda de su segunda esposa aumentó sus ingresos, pero él seguía en la mudadora, conduciendo los camiones, y en otros pesados menesteres.
No se cómo ni en qué momento, alquiló un puesto del mercado de la calle Australia, en Barracas. Desde allí en adelante comienzan mis recuerdos.
Con su hermana Manuela, trabajaban de lunes a sábado vendiendo cerdo, en largas jornadas que finalizaban a las 22 ó 23 horas.
El domingo, su día de descanso, muy temprano marchaba, con un albañil, a los terrenos comprados en loteos recientes y promisorios del Gran Buenos Aires. Villa Adelina era entonces, un descampado. La primera casa que construyó allí era la única de la manzana y estaba a unas seis cuadras de la estación del FFCC Belgrano, y a 15 del actual Acceso Norte, en el límite entre Vicente López y San Isidro. Desde ella, a través de los muchos baldíos, se veía la estación
Allí era simultáneamente director de obra, empresario y peón de aquél albañil.
Ese, era su día de descanso semanal..!!
También ése sería un día especialmente feliz, si en su corto recreo del almuerzo, entre pastones de mezcla y ladrillos llenos de esperanza, sentaba alrededor de una mesa de tablones en medio de la obra, a alguno de sus hijos o de sus nietos.
A la noche, demolido por el cansancio físico, pero vivo, muy vivo de valores espirituales y morales, recordaría Vilagarcía de Arousa, en las hermosas rías bajas de su Galicia natal, y la angustia de aquella separación irreversible.
Hay más cosas que van reapareciendo poco a poco.
Recién decía que trabajaba con su hermana, la tía Manuela, de la que ahora recién entiendo por qué decía mi vieja que había sido “su madre”.
Juntos habían llegado de España, juntos trabajaban hombro con hombro. Juntos siguieron cuando ella quedó sola con sus cuatro hijos, luego del fracaso de su matrimonio con un madrileño indolente, vividor y otras cosas.
Juntos siguieron cuando murió mi abuela María y el abuelo José volvió a casarse.
Criaron los chicos alambre de por medio en casas contiguas, “bancándose” entre otras cosas, las frecuentes inundaciones del río generador del trabajo portuario, y sus consecuencias “no deseadas”, como dirían en aquélla época, igual que ahora, los políticos “abuelos” de los actuales.
Juntos afrontaron otra vez la angustia. No la de la partida, sino la del desarraigo.
Esa puta angustia que es como un puño apretando en la boca del estómago, y que sólo puede entender quien la haya padecido.
Esa angustia, impulsora inquebrantable de los hombres y mujeres fuertes, pero demoledora impiadosa de los débiles.
Había otro hermano. Otro Varela: el tío Benito.
¿Cómo había llegado el tío Benito?
Él salió como marinero recorriendo el mundo, y cuando pasó por Buenos Aires allí se quedó.
Se quedó seguramente aferrado a sus hermanos. Aquí construyó su familia.
Trabajó en la Condal, una fábrica de cigarrillos, hasta su jubilación.
Aquél marinero de juventud aventurera echó tan fuertes raíces en su casa de la calle Patagones, que allí viven ahora sus nietos con sus bisnietos.
Allí, en ese mismo lugar que casi no se modificó, por más que el entorno ahora sea tan distinto.
De él no recuerdo casi nada, solamente que el tío Benito llegaba con sus hijos y nietos a las fiestas de la familia, y tenía una forma muy particular de retirarse: en cuanto la reunión decaía para su interés, pues “¿ya los había visto a todos, coño!”, buscaba silenciosamente la puerta de calle y se perdía en la noche, regresando a su casa.
Creo que casi nunca alguien recibió su saludo de despedida.
Esa despedida “a lo Benito”, fue siempre muy natural para todos los demás.
Volviendo atrás, a los primeros años del exilio, imagino aquellos inmigrantes, aquellos desarraigados. Imagino la ansiedad de esperar el barco que podría traer a los suyos. Y ante el milagro del reencuentro, el abrazo interminable, atenazando simultáneamente a su casa natal, a su paisaje entrañable, a su asumida y decente pobreza, a sus escaceses y al gallego amor de sus padres.
Ese amor gallego de los gestos mínimos, de los ojos brillantes y penetrantes, profundamente apuntados a los ojos del ser querido.
Explícito como el verbo de una obra de Casona.
Implícito y mudo como un cuadro de Goya.
En cambio, no necesito imaginar porque fui testigo, del escenario espectacular de una larga mesa en el patio de la calle Irala, con toda la familia, compuesta de corajudos inmigrantes, y sus hijos porteños y los nietos, y la esperanza de su ascenso social, (mi nieto el doctor), y el truco, y el mus, y la cerveza y el naranjín, y la algarabía y el respeto, y el cariño y los ausentes que quedaron en Galicia, y la tremenda duda de reencontrarlos vivos alguna vez…
Y el odio visceral al franquismo nazi, y su miedo al terror fascista encarnado en Perón, para los viejos.
Y la esperanza legítima de una mejor vida para los jóvenes, puesta justificadamente por “algunos muchos”, en el mismo hijo tipo.
Y Fioravanti en la radio con el fútbol.
Y River y Boca, los cuadros del barrio pobre y querido.
Querido a pesar de las inundaciones y el olor nauseabundo del Riachuelo y las curtiembres, y los chicos jugando a la pelota en la calle del empedrado desparejo, y los hijos más grandes con el tango.
Tango que recogió en la mesa familiar las nostalgias de los padres: nostalgia en las fotos de los abuelos que no conocieron, y alegría en las canciones gallegas, en sus bailes de los pies tan ágiles, y en las manos sujetando el vuelo de las polleras, y los dedos haciendo castañuelas y los ojos tan llenos de lágrimas.
Esas lágrimas con la policromía de la nostalgia – alegría - esperanza del incierto retorno.
Cada día más incierto y quizás, menos dramático.
Menos dramático porque iban echando raíces.
Débiles al comienzo, pero raíces: esas raíces eran los hijos argentinos, sus parejas y los primeros nietos.
El esperado regreso, cada día recuenta más cosas para abandonar acá…
El deseado regreso se transforma: pasa de “definitivo” a “regreso para verlos”, y retornar.
Pero retornar era ahora volver a América, no a Vilagarcía de Arousa...
La vida les cambió el centro de gravedad sin que se dieran cuenta..!!
Es que en Buenos Aires están los hijos, las nueras, los yernos, sus familias, los nietos...
Y ¡chau!
¡Chau Galicia, chau!
Esos gallegos me enseñaron, sin palabras casi, el deber y la felicidad infinita de hacer todo, todo lo que está a nuestro alcance por la familia, por cada uno de los integrantes de la familia. Y eso me prendió fuerte.
El eje y propulsor de ese conjunto de almas, inseparable e indestructible, fue ese gallego cazurro, buen jugador de mus, hábil para sobrevivir, inteligente para progresar, firme para decidir, responsable para asumir sus obligaciones y ejercer el poder indelegable de jefe indiscutido de su familia.
Porque él fue el claro ejemplo de algo que la vida me enseñó después: no se es jefe de familia y respetado como tal, por el mero hecho de sentarse en la cabecera de una mesa.
Donde él se sentaba, en cualquier lugar de la mesa familiar en que se ubicara, estaba la cabecera.
Otro rasgo importante de su personalidad lo percibí en el repaso de mis recuerdos, recién cuando entendí que poder reírse de uno mismo, es un claro rasgo de inteligencia y salud psicológica.
De él recuerdo algo que hoy, medio siglo después, sigue siendo el más inteligente y fino chiste de gallegos que escuché en mi vida.
El abuelo José decía que Dios creó a los gallegos, porque los burros no sabían subir escaleras.
Y por si todo esto fuera poco para mí, ya de muy grande, mi muy querido tío Juan, su hijo tan parecido, me refirió algo prolijamente guardado por toda aquella familia, en el cofre inviolable de sus conceptos tan férreos, tan férreos que…¡bueno!
Para explicarlo bien quisiera que nos ubiquemos en Buenos Aires de comienzos de siglo.
Nos costará imaginar aquella sociedad. Las relaciones entre la gente, las reuniones de las distintas etnias en sus distintos estratos sociales.
¿Cómo se juntaban los italianos, los turcos, los judíos, los gallegos, asturianos, catalanes, vascos, con su enorme necesidad de abrazarse a cualquier paisano, de encontrar en sus ojos o en sus recuerdos algún retazo de sus campiñas, de sus montañas, de sus poblados, de sus circunstancias anteriores a la emigración forzada por la miseria primero, y el franquismo – fascismo - nazismo después ?
Pero si la epopeya de aquéllos hombres es admirable, la de las mujeres es increíble…!
Despiadada para con ellas, la sociedad de la época era mucho más prejuiciosa y machista que hoy. ¡¡ Vaya descubrimiento!!
¿Qué hacía una mujer sola en el torbellino inmigratorio?
¡Cuánta fragilidad! ¡Qué enorme necesidad de protección!
¿Pero de quién? ¿Quién no se aprovecharía de la angustia de una mujer sola y desarraigada?
“Mi abuelo Varela" fue el hombre que se casó con una paisana de su pueblo, inmigrante como él, desamparada como él: mi abuela María.
María Sanchoyarto era madre soltera de mi madre, y él se casó con ella y le dió a mi vieja su apellido.
Como dije antes, mi abuela murió, y mi madre tenía sólo cuatro años, su hermano Juan tan sólo dos, y el abuelo José volvió a casarse con otra paisana del mismo pueblo, tuvo otro hijo que no tiene ningún lazo sanguíneo con mi madre (y por lo tanto ni conmigo ni con mis hermanos hijos y nietos, y no lo lamento)
Mi madre quedó muy marcada por todo aquello, pero lo sobrellevó porque Dios le dio un buen marido como mi padre, e hijos que la quieren mucho.
Ella tuvo una infancia muy conflictuada que la marcó para siempre, y no fue peor gracias a la tía Manuela, que reemplazó a su madre con el mismo amor que prodigó a sus hijos.
Mi vieja recién a los ochenta años pudo conocer, en una vieja foto que estuvo cruel y prolijamente escondida, el rostro, la figura de su mamá.
Hubo desencuentros que se superaron felizmente: la familia sigue siéndolo más que nunca, y Juan es, desde hace mucho, el eje maravilloso y ejemplar, a quién mi madre adora y nosotros también.
Gracias a todo esto yo también soy Varela. Soy nieto de José Varela.
Que no es poca cosa. . . . . ¡coño!
BOABDIL NO TENÍA MOTIVOS, de Arturo Pérez Reverte - 27/12/2010
No quiero que se vaya 2010, sin glosar un recorte de prensa que tengo sobre la mesa.
Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar, y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.
El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista, y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».
Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor, sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.
Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.
Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto.
Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo.
¿Motivos? ¿Reconquista de qué?
Más fácil para los chicos, imposible.
No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos.
Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna.
Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.
Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar, y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.
El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista, y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».
Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor, sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.
Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.
Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto.
Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo.
¿Motivos? ¿Reconquista de qué?
Más fácil para los chicos, imposible.
No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos.
Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna.
Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.
MIL DÍAS DE FUEGO Y OLVIDO, de Arturo Pérez Reverte - 20/12/2010
Acabo de leer un libro extraordinario. Un tocho enorme de tamaño folio y casi mil páginas. Requetés, se llama, y trata sobre la actuación de los voluntarios carlistas en la Guerra Civil. Lo abordé con reparos, pues los cruzados de la Causa nunca fueron santo de mi devoción. Cuando lees a Baroja y Valle Inclán de jovencito, hay fanatismos místico-castrenses que ya no te caen simpáticos nunca. Mucho menos cuando, mirando hacia atrás y hacia adelante, uno acaba comprendiendo el estrecho parentesco de aquellos curas de boina roja, que en el siglo XIX bendecían bayonetas antiliberales, con los curas vascos que, durante la última mitad del siglo XX, en otras sacristías que de algún modo son la misma, empollaron y siguen empollando el huevo asesino de la serpiente. Pastores de almas para los que, en el fondo, Josu Ternera y sus compadres, arrepentidos o sin arrepentir, no dejan de ser otra cosa que respetables generales carlistas.
Sin embargo, reconozco que Requetés ha sido una agradable sorpresa. Pese a los avales del prólogo de Stanley Payne y el epílogo de Hugh Thomas, lo abrí con cautela, esperando indigestión de rosario, escapulario y detente bala. Pero resulta que no. El libro, dotado de un despliegue fotográfico que por sí mismo lo convierte en documento extraordinario, es una minuciosa relación, con testimonios en primera persona, de cómo vivieron la guerra los combatientes de los tercios de requetés que en los más duros frentes de batalla lucharon contra la República. Testimonios, en su mayor parte -no mezclemos churras con merinas-, de gente que se partió la cara de igual a igual; no ratas de retaguardia, madrugada y tiro en la nuca. Que también los hubo.
No falta ideología en el libro, claro. Aquellos hombres y mujeres que vivieron la guerra en primera persona, tanto en los frentes como en los hospitales y en la retaguardia, añaden, a veces, su visión del mundo y de España. Pero eso suele ser secundario, y cede paso al caudal de hechos vividos, al relato de historias personales de trincheras, dolor y muerte, y también de solidaridad, compasión, camaradería y heroísmo. De 60.000 combatientes encuadrados en los tercios de requetés, 6.000 murieron en combate: uno de cada diez. Veteranos navarros, vascos, valencianos, catalanes, incluso andaluces, la mayor parte de los cuales no había cumplido entonces veinte años, cuentan con sobria naturalidad sus mil días de fuego, utilizados siempre como fuerzas de choque. Hombres al límite, en lugares donde todo se reducía a sobrevivir, matar o morir. Historias que en su mayor parte, motivos últimos al margen, podrían intercambiarse con las del otro bando: cuadrillas de amigos alistados en el mismo pueblo, muchachos de quince años que empuñaban el fusil junto a sus hermanos, padres y parientes. Desde la distancia del tiempo, abuelos que entonces fueron jóvenes vigorosos, a los que vemos en las fotos, todavía imberbes, pasando el brazo por encima del hombro de compañeros que se quedaron atrás para siempre, recuerdan con singular ecuanimidad sus peripecias entre amigos y enemigos. Y a menudo, el aliento de lo real estremece al lector-oyente como nunca podría hacerlo un relato ficticio de guerra o aventuras.
Lo que hace tan valioso Requetés es que Pablo Larraz y Víctor Sierra, sus autores, recogen esos testimonios y dejan el juicio último al lector. El libro plantea lo que, en mi opinión, es el único modo decente de alejar los fantasmas perversos de nuestra Guerra Civil: no juzgar a los protagonistas por sus ideas, sino por sus actos. En ese sentido, lo que hace aún más importante esta obra monumental es que casi todos los recuerdos provienen de hombres y mujeres muertos a poco de dar su testimonio. Eran los últimos carlistas supervivientes de la guerra, y habría sido una lástima que sus vidas se hubieran perdido para siempre en esta España analfabeta, oportunista, elemental, que confunde memoria histórica con rencor histórico.
Y es curioso: en Requetés no se reconoce a los vencedores, porque en realidad sus protagonistas no lo fueron. Tras utilizarlos como carne de cañón, el franquismo los relegó al olvido; y los ex combatientes carlistas ni siquiera se beneficiaron de los privilegios que la nueva casta nacional, dueña del cortijo, disfrutó sin límites. Quizá por eso, un aire triste, resignado, recorre las páginas del libro. Una melancolía encarnada a la perfección en la figura de ese pastor navarro que, mucho tiempo después, vuelto a sus ovejas tras jugarse la vida peleando durante tres años, no conserva otro privilegio que llevar en su pobre morral los prismáticos de un oficial del ejército rojo al que mató en la batalla del Ebro.
Sin embargo, reconozco que Requetés ha sido una agradable sorpresa. Pese a los avales del prólogo de Stanley Payne y el epílogo de Hugh Thomas, lo abrí con cautela, esperando indigestión de rosario, escapulario y detente bala. Pero resulta que no. El libro, dotado de un despliegue fotográfico que por sí mismo lo convierte en documento extraordinario, es una minuciosa relación, con testimonios en primera persona, de cómo vivieron la guerra los combatientes de los tercios de requetés que en los más duros frentes de batalla lucharon contra la República. Testimonios, en su mayor parte -no mezclemos churras con merinas-, de gente que se partió la cara de igual a igual; no ratas de retaguardia, madrugada y tiro en la nuca. Que también los hubo.
No falta ideología en el libro, claro. Aquellos hombres y mujeres que vivieron la guerra en primera persona, tanto en los frentes como en los hospitales y en la retaguardia, añaden, a veces, su visión del mundo y de España. Pero eso suele ser secundario, y cede paso al caudal de hechos vividos, al relato de historias personales de trincheras, dolor y muerte, y también de solidaridad, compasión, camaradería y heroísmo. De 60.000 combatientes encuadrados en los tercios de requetés, 6.000 murieron en combate: uno de cada diez. Veteranos navarros, vascos, valencianos, catalanes, incluso andaluces, la mayor parte de los cuales no había cumplido entonces veinte años, cuentan con sobria naturalidad sus mil días de fuego, utilizados siempre como fuerzas de choque. Hombres al límite, en lugares donde todo se reducía a sobrevivir, matar o morir. Historias que en su mayor parte, motivos últimos al margen, podrían intercambiarse con las del otro bando: cuadrillas de amigos alistados en el mismo pueblo, muchachos de quince años que empuñaban el fusil junto a sus hermanos, padres y parientes. Desde la distancia del tiempo, abuelos que entonces fueron jóvenes vigorosos, a los que vemos en las fotos, todavía imberbes, pasando el brazo por encima del hombro de compañeros que se quedaron atrás para siempre, recuerdan con singular ecuanimidad sus peripecias entre amigos y enemigos. Y a menudo, el aliento de lo real estremece al lector-oyente como nunca podría hacerlo un relato ficticio de guerra o aventuras.
Lo que hace tan valioso Requetés es que Pablo Larraz y Víctor Sierra, sus autores, recogen esos testimonios y dejan el juicio último al lector. El libro plantea lo que, en mi opinión, es el único modo decente de alejar los fantasmas perversos de nuestra Guerra Civil: no juzgar a los protagonistas por sus ideas, sino por sus actos. En ese sentido, lo que hace aún más importante esta obra monumental es que casi todos los recuerdos provienen de hombres y mujeres muertos a poco de dar su testimonio. Eran los últimos carlistas supervivientes de la guerra, y habría sido una lástima que sus vidas se hubieran perdido para siempre en esta España analfabeta, oportunista, elemental, que confunde memoria histórica con rencor histórico.
Y es curioso: en Requetés no se reconoce a los vencedores, porque en realidad sus protagonistas no lo fueron. Tras utilizarlos como carne de cañón, el franquismo los relegó al olvido; y los ex combatientes carlistas ni siquiera se beneficiaron de los privilegios que la nueva casta nacional, dueña del cortijo, disfrutó sin límites. Quizá por eso, un aire triste, resignado, recorre las páginas del libro. Una melancolía encarnada a la perfección en la figura de ese pastor navarro que, mucho tiempo después, vuelto a sus ovejas tras jugarse la vida peleando durante tres años, no conserva otro privilegio que llevar en su pobre morral los prismáticos de un oficial del ejército rojo al que mató en la batalla del Ebro.
FRASE HISTÓRICA, de L.A.Spinetta (gracias Goli..!!)
"Toda forma de belleza pretende reproducir los sentimientos de la vida en el paraíso. EL ROCK es justamente la sensación que representa aquellos sentimientos de los habitantes del paraíso en el momento preciso en que fueron condenados a abandonar la supuesta perfección. Gracias por venir de tan lejos. Recuerden que cada butaca tajeada y cada pucho que se quema en la alfombra es una sala más que se cierra a la música de rock."
(De un programa que anuncia un recital de "Pescada Rabioso" y pertenece a Luis Alberto Spinetta.)
"Me acuerdo de haber visto este programa en una revista Pelo, más o menos del año 1972, en esa época se estilaba esribir este tipo de frases en los programas o hacer un dibujo (Emilio del Guercio era un gran dibujante), o poner las letras de las canciones"
(De un programa que anuncia un recital de "Pescada Rabioso" y pertenece a Luis Alberto Spinetta.)
"Me acuerdo de haber visto este programa en una revista Pelo, más o menos del año 1972, en esa época se estilaba esribir este tipo de frases en los programas o hacer un dibujo (Emilio del Guercio era un gran dibujante), o poner las letras de las canciones"
jueves, diciembre 23, 2010
LA CASA DE MI PADRE, del libro Pueblo y piedra, de Gabriel Aresti (Harei eta herri)
Defenderé la casa de mi padre contra los lobos,
contra la sequía, contra la usura, contra la justicia.
Defenderé la casa de mi padre, perderé los ganados,
los huertos, los pinares.
Perderé los intereses, las rentas, los dividendos.
Defenderé la casa de mi padre, me quitarán las armas,
y con las manos defenderé la casa de mi padre.
Me cortarán las manos y con los brazos defenderé
la casa de mi padre.
Me dejarán sin brazos, sin hombros y sin pechos
y con el alma defenderé la casa de mi padre.
Me moriré, se perderá mi alma, se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre seguirá en pie.
( NERE AITAREN ETXEA DEFENDIKU DUT
OLSOEN KONTRA LUKUVURIAREN KONTRA
JUSTIZIAREN KONTRA DEFENDÍTU
EGINEN DUT NERE AITAREN ETXEA
GALDUKO DITUT AZIENDAK
DOLESK PINADIAN; GALDUKE DITUT KORRITUAK-,
EIRENTAK, INTEREZAK, BAINA NERE AITAREN ETXEA
DEFENDIKU DUT HARMAK KENDUKO DIZKIDATE,
ETA ESKUAREKIN DEFENDITUKO DUT
NERE AITAREN ETXEA;
ESKUAK EBALEIKO DIZKIDATE ETA BESCAREKIN DEFENDITUKO DUT
NERE AITAREN ETXEA; BESIRIK GABE BULARRIK GABE EITZIKONANTE,
ETA ARIMAREKIN DEFENDITUKO DUT NERE AITAREN ETXEA,
NI LULEN MAÍZ, NERE ARIMA GALDUKO DA, BAINA NERE AITAREN ETXEAK
IRAUNEN DU ZUTIK )
contra la sequía, contra la usura, contra la justicia.
Defenderé la casa de mi padre, perderé los ganados,
los huertos, los pinares.
Perderé los intereses, las rentas, los dividendos.
Defenderé la casa de mi padre, me quitarán las armas,
y con las manos defenderé la casa de mi padre.
Me cortarán las manos y con los brazos defenderé
la casa de mi padre.
Me dejarán sin brazos, sin hombros y sin pechos
y con el alma defenderé la casa de mi padre.
Me moriré, se perderá mi alma, se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre seguirá en pie.
( NERE AITAREN ETXEA DEFENDIKU DUT
OLSOEN KONTRA LUKUVURIAREN KONTRA
JUSTIZIAREN KONTRA DEFENDÍTU
EGINEN DUT NERE AITAREN ETXEA
GALDUKO DITUT AZIENDAK
DOLESK PINADIAN; GALDUKE DITUT KORRITUAK-,
EIRENTAK, INTEREZAK, BAINA NERE AITAREN ETXEA
DEFENDIKU DUT HARMAK KENDUKO DIZKIDATE,
ETA ESKUAREKIN DEFENDITUKO DUT
NERE AITAREN ETXEA;
ESKUAK EBALEIKO DIZKIDATE ETA BESCAREKIN DEFENDITUKO DUT
NERE AITAREN ETXEA; BESIRIK GABE BULARRIK GABE EITZIKONANTE,
ETA ARIMAREKIN DEFENDITUKO DUT NERE AITAREN ETXEA,
NI LULEN MAÍZ, NERE ARIMA GALDUKO DA, BAINA NERE AITAREN ETXEAK
IRAUNEN DU ZUTIK )
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